ASCENSO AL GUAJAIBÓN

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El amanecer empieza exactamente tras el Guajaibón y sierra Chiquita, momento propicio para los ejercicios matutinos de Hilario Carmenate, antes que el grupo se levante. Llegó temprano Felipe, el guardabosque.

Desayunamos mejunje con yuca y café, y a las 8:40 salimos rumbo al Pan. Ya el sol pintando de colores rojizos los ocres de los altos paredones del sur. El puente sobre el río Sagua ha provocado tal acumulación de cantos rodados y arena, que formó un tibaracón –como una isla- cubierta de caña de castilla, que abre al río en dos.

Una hilera de tamarindos acompaña al camino que se encuentra 1300 metros al este. Cruzamos el cauce seco del arroyo que brota intermitente de una cueva con un gran lago interior, al fondo de la ensenada, donde se construyó después de 1980 una minihidroeléctrica, por estudios hidrogeológicos de un proyecto cubano-polaco.

En la actualidad está inactiva no se utiliza por insuficiente caudal. En 1983 había unas 20 viviendas en la ensenada abierta entre los extremos occidentales del Pan de Guajaibón y sierra Chiquita; solo quedan 10, aisladas, las demás se han mudado al pueblito de Sagua.

Al bordear la falda occidental del Pan enriquecimos el desayuno con guayabas. En el río Canillas tomamos agua “como camellos” y llenamos las cantimploras para el día. Felipe nos llevó hacia el este por trillo que atraviesa un cafetal sembrado, dentro del follaje de altas tecas, huesos y cauchos, árboles exóticos “sembrados” por Mr. Jack, antiguo dueño de la zona. En su fronda algarabía de totíes.

Para comenzar el ascenso se tomó como referencia la nota de Núñez Jiménez de más de un kilómetro y medio después del río Canillas Allí entramos a una amplia boca subterránea que según Felipe es cueva la Lechuza: un primer salón de 20 m de ancho iluminado por la luz natural que le entra, con abundantes formaciones secundarias; todo el piso, de sedimentos terrígenos con huecos de excavaciones.

En la pared sur, ya borrosa la pintura, se observa la marca hecha por el Departamento de Arqueología de la ACC en Pinar del Río, señalando la cueva como sitio arqueológico con el número 286 de la provincia.

Pedro con un grupo exploró unos 110 m por galería hacia el este, de dos niveles y que termina en un sumidero. Sus características no coinciden con la descripción hecha por Núñez de cueva La Lechuza.

Ochenta metros más al este y a unos 30 sobre el nivel base 140 metros sobre el nivel medio del mar, nos encontramos una cuevita de minado lateral, de 12 m de longitud 8 de ancho máximo y 3 de puntal. Sobre el piso de tierra roja a la entrada hay unos palos quemados en hoguera; quizás por esclavos cimarrones. La nombramos cuevita del Guajaibón.

A 20 o 30 metros más arriba hay un abrigo rocoso de apenas seis metros de longitud, al que ni haríamos referencia, a no ser por un pequeño accidente ocurrido a Hilario Carmenate (sin casco con una gorra de tela) al apoyar la mano en una estalactita al salir, se desprendió, le rozó la cabeza y le abrió una pequeña herida que asustó a Alain al verlo sangrar. El propio herido se contuvo la sangre con un pañuelo, se limpió y explicó sin alarma a los compañeros lo sucedido.

Comenzamos el ascenso hacia la supuesta cumbre del Guajaibón. La misma es zigzagueante, según permitía u obligaba las condiciones del terreno –paredes verticales, derrumbes, grandes bloques, escalones, árboles, bejucos espinosos, con rumbo general sur-suroeste.

A unos 250 metros sobre el nivel de base el segundo susto lo recibió Leovaldo Rodríguez Maqueira (Valdín) al aguantar con su cuerpo al guía, que iba delante, le vino arriba con rocas a su alrededor: se le había partido un palo seco y cayó hacia atrás. Él cuenta que pudo giró en el aire y 3 metros más abajo se sujetó con las manos a un árbol y choco con el cuerpo de Valdín, ambos quedaron, ¡de frente y casi cabeza abajo en el abismo! Dice Felipe que él no se asustó, Valdín todavía temblaba al hacer el cuento.

Varios troncos de ébano carbonero pudriéndose con los años y la humedad, y raíces retorcidas de viejos guaos, como esculturas de un rojo oscuro, llamaron nuestra atención durante el ascenso.

Pedro Valdés (El Yeti) “se escapó”, dió un rodeo llegó el primero a la cima a las 11:45 de la mañana. A las 12:20 llegaron los últimos que se desviaron muy al oeste. Carlos Guanche llegó con el overol empapado de sudor, pero como siempre de buen ánimo y dispuesto a un chiste.

Algunos trepamos a la copa achatada de los sabicúes que coronan el pico y desde allí disfrutamos el aire, el sol y el paisaje que nos rodea: sin primeros planos por la inmediata pendiente abrupta, con abismos al sur y al noroeste, las auras tiñosas volando más debajo de nosotros.

Hacia el sur, primero las elevaciones de sierra Chiquita con su bosque de cerrado dosel –igualado por la red de bejucos que lo cubre- con jagüeyes, palmas reales y ceibas a las que no llega la bejuquera.

Después Mil Cumbres y 10 km más de serranías cársicas alternando con otras formaciones rocosas; mogotes y valles intramontanos, potreros y áreas de cultivo como parches más claros en el verde oscuro de los bosques primarios.

Verde alfombra interrumpida por el abra que separa el extremo suroccidental de Sierra del Rosario, del extremo suroriental de Sierra de los Órganos, en sierra de la Güira. Después la llanura sur con sus azules confunde el horizonte entre la tierra, el mar y el cielo.

Al norte alturas de pizarras con pinares reforestados, hasta la carretera que bordea la estrecha llanura donde alternan los cañaverales, cultivos varios y potreros hasta la faja de manglares con sus bahías, esteros y desembocaduras de los ríos que nacen en las montañas; y más al norte el mar con sus cayoscayo Levisa en desarrollo turístico, una rayita de espuma y arena blanca-. Después el horizonte difuso de azules.

Al oeste se destacan la altiplanicie de Cajálbana primero y sierra Guacamaya a lo lejos. Al este una pendiente abrupta nos separa de la cumbre más alta del Guajaibón y de la Cordillera de Guaniguanico, donde divisamos las siluetas del radar a más de 500 m de distancia y a mayor altura.

Tratamos de definir en el mapa: 1:50 000 de 1971 que llevábamos, en qué cima estábamos, pero discrepamos de su ubicación cartográfica. (Unos días después de la expedición, revisando otra vez el relato de Antonio Núñez Jiménez y hojas cartográficas de los mapas 1:10 000 y 1:25 000 actualizados en 1980-81 y 1983 respectivamente, nos percatamos de que por errores de apreciación el pico que escalamos fue el ubicado en coordenadas X: 255900, y: 330500, de 420 metros sobre el nivel medio del mar).

Por la descripción de Núñez Jiménez se infiere que ellos escalaron la cumbre situada en: X: 258870 Y: 330920, de 697 metros sobre el nivel medio del mar, aunque introduce dudas la afirmación de que vieron “muy cerca” de ellos hacia el oeste “a menos de un kilómetro… la cumbre occidental del Pan de Guajaibón, la más alta” –que se encuentra a 2 500 m al este de la cumbre de 700.1 m, hay otro mapa que señala 699 metros sobre el nivel medio del mar.

Esa es otra expedición pendiente, quizás en homenaje al sabio Tranquilino Sandalio de, Noda uno de los primeros en escalarlo.

Tiradas las fotos colectivas de rigor, a la 1:30 iniciamos el descenso con rumbo noroeste. Alexis va llenando de muestras florística su saco colector, mientras Felipe nos conduce por pendiente siempre tan abruptas que obliga a ir sujetándonos de tronco a tronco agarrados a bejucos resbalando de pie o de nalgas, frenando el impulso, a punto de perder el equilibrio a cada paso.

Pero como “para abajo todos los santos ayudan” resultó fácil: a las 2:30 estábamos ya en la base del macizo sorprendidos por la rapidez. Atravesamos el cafetal chupando el jugo dulce de sus granos rojos y tomamos agua en cueva Jordán, que funciona como Tor plein (cauce de inundación en época de lluvias). El arroyo Canillas se asoma al pie del paredón y penetra otra vez. Nos bañamos en la poceta de 10 metros de diámetro donde resurge, con ese azul misterioso de las aguas profundas.

Visitamos las cuevas que Núñez nombra en su exploración de 1944 como cueva Chica de Canillas y cueva de la Fuente. En la primera reportó el primer hallazgo arqueológico aborigen del Guajaibón, aunque desde 1855 había noticias imprecisas sobre huesos humanos encontrados allí. Está marcada con el número 285 por el Departamento de arqueología de la ACC de Pinar del Río, que realizó allí una pequeña excavación en 1983.

En la segunda también arqueológica, y de abundantes formaciones secundarias, se observan la huella de grandes excavaciones de extracción de guano de murciélagos que han eliminado todo vestigio de la habitación primitiva.

Nos indignamos al ver que “espeleistas, campistas o campesinos locales” inconscientes la han convertido en basurero; por ver sus nombres y fechas escritos en la pared. A las 5 de la tarde llegamos al comedor, directo a los calderos.

Después de la comida varios compañeros insistieron “muy preocupados”, en llevar a Hilario al consultorio a curarse la herida. La doctora le dio tres puntos, ayudada por Carlos Guanche, le costaba trabajo pasar la aguja por el cuero cabelludo –ya casi sin cabellos- del cabeciduro HC.

A Ernesto le curó un arañazo en el codo y a Orlandito un golpe en la canilla: todos querían tener algo que curarse. Ella, con amabilidad y una sonrisa que paraba a un muerto los curó a todos y consintió, además, a que fuésemos más tarde a su casa a ver “la primera película del sabado… la segunda no”, dijo con cierta picardía.

…Y enseguida volvimos llenándole la sala, sentados en cómodos butacones y sillones, en las sillas del comedor, y en el suelo: ofreció agua fría con hielitos redondeados en molde, y bebió nuestro mejunje

Ni el más soñador de aquellos cuatros jóvenes de 1943 imaginaría algo así. Sin embargo, a pesar de (y por) las profundas transformaciones locales después de 1959, permanece aquella hospitalidad campesina que siempre destacó Núñez Jiménez, encarnada también en la juventud de Mercedes, 50 años después.

Arriba la luna invita a soñar. Abajo otra vez la cama dura, ahora más silenciosos, para no despertar a los vecinos, en cansancio era general después del ascenso al Guajaibón.

Ernesto y Carlos pensaban, en la reina de los ojos verdes, sola en su consultorio…

Pedro Luis Hernández Pérez

Pedro Luis Hernández Pérez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba