CAMINO HECHO AL ANDAR

Traducir

Noble, flaco y de ojos avivados, Justo nos lleva en su caballo las mochilas más pesadas, y ascendimos la larga loma al salir de la Hoyada de la Catalina, La PalmaLos Palacios, Pinar del Río. Vamos rodeados de flores de muchas flores, tal parece que el campo es un colchón de flores silvestres grandes, pero en lo general pequeñas.

Camino empedrado nuevamente por los estratos calizos que afloran, como enrrajonado (fue construido antes del 59 y llegaba hasta las fincas de un hacendado que dejó su apellido en esa zona: Galván).

Arriba cerrado de monte, con zumbido de abejas y silencio de pájaros. El calor y la marcha sin parar hasta la cima de la Tasajera nos hace sudar abundantemente. –¡ “De p…!” –escribe Pedro Luis en su cuaderno. Allí cogimos un aire (240 metros sobre el nivel medio del mar). El camino desciende bordeado de cumbres que lo sobrepasan por el norte en más de 100 metros.

En loma La Paloma, en el alto de La Lechuza, a las 4:10, el paisaje obliga a otra parada: una profunda ensenada se extiende al sur, con potreros y cultivos variando el colorido de ciena, rojo y verde; hay casas junto al camino amarillo hasta el abra formada por los extremos de la sierra del Rosario y de la Güira (donde tantos sitios de cimarronería india y negra esperan por los también intrépidos rancheadores-investigadores modernos de nuestra historia).

Vemos la represa La Juventud y los edificios de Paso Quemado; después el horizonte difuso.

En el alto, hacia el este, entronca el camino de Seboruco, el cual pasa como vereda frente a cueva La Comandancia, campamento del Ejército Rebelde en 1958. Seguimos descendiendo hacia Las Yeguas y Corralitos entre bosques de pinos y encinos.

Justo señaló un encino viejo y maltrecho: “le dicen Encino de la Consulta, porque un médico de San Diego de los Baños venía y consultaba a los campesinos ahí, cuando los gobiernos no se ocupaban de la salud pública”.

Llegamos a la cuadra de burros donde hay una casa y agua que llega por gravedad, pero no nos gustó el lugar para acampar y aceptamos la invitación del buen Justo de que siguiéramos hasta su casa. “–aunque no se si habrá agua en el pozo, pues con la sequía escasea mucho por aquí”.

En un naranjal a orillas del camino chupamos y comimos naranjas ácidas, que nos parecen dulces. El alto de Corralitos es una loma de marabú atravesada por el camino con varias casitas de madera y guano o fibras negras de asfaltiti.

Una muchacha nos recibe alegre al llegar a casa de Justo, se abrazan y besan: es su hija, enfermera graduada, que trabaja en La Covadonga, Ciudad de La Habana. ¡Que agradable sorpresa también para nosotros!

Justo fue al pozo y avisó “muchachos hay agua”. Es un espacio de 3 m de longitud, 1.20 m de ancho y 3 m de profundidad, abierto en una cañada; por las paredes bien empedradas se filtra el agua que va acumulándose en el fondo, de donde se extrae con un cubo atado a una soga.

Agua turbia, con 6 o 7 renacuajos negros en cada cubo que se extrae. Tiene un brocal de cemento y bloques de 50 X 50 cm. Hay además tres tanques de 55 galones situados alrededor de la casa, bajo canaletas del techo para recoger agua de lluvia: en su fondo cientos de guarisapitos suben y bajan en una cuarta de agua.

Con facilidad establecimos una relación amistosa de ayuda mutua en las tareas de la cocina. Cuando los calderos humeaban los olores de los coditos con queso, yucas y plátanos con sardinas, ya éramos dueños del portal, del patio y de la cocinita.

Comimos una barbaridad (“quién a buen árbol se arrima…”). En la cocina dejamos la sal y el azúcar que nos quedaba, pues la familia no tiene. (¡Ach, período especial, 1993…! Cuanta escasez sumada –impuesta–, y esa idiosincrasia centenaria del cubano para reírse hasta sufriendo, ahora estimulada por una esperanza cierta y utopías construidas con sus manos y su inteligencia. ¡Cuánta resistencia humilde!

De sobremesa bebimos el mejunje de pimienta cimarrona y aprovechamos las cualidades de Olga la enfermera: cerró la herida de Hilario y la que se hizo Alexis en un dedo pelando yucas ¡Que escenas! De oler alcohol por la fatiga y “aguantar como un hombre” “Ni mi padre ni mis hermanos se curan conmigo” –confiesa ella. Pero mejor así que con lástima.

Sentados en y frente al portal conversamos: “Yo no había visto caminantes como ustedes” dice Justo. Los muchachos hacen cuentos y chistes, pero sin mucho entusiasmo: los pies adoloridos y el cuerpo todo pide descanso tras nueve horas y 20 km de caminata.

Dormimos unos en el piso, otros en hamacas, en el portal y en dos casitas, una de ellas sin techo. El cielo amenazando lluvia.

San Diego de los Baños. Lunes 27

 

Pero no llovió, por suerte. Unos niños que pasan por el camino hacia la escuela nos miran curiosos de vernos dormidos en el portal. “¡De pieee!” nos gritan jodedores, y siguen riéndose.

 

Justo había madrugado y estaría ya en La Hoyada. Salen la madre, el muchacho con Olga, que regresa a Ciudad de La Habana. Dueños de la casa nos desayunamos unos frijoles que no se habían ablandado para la comida y, sin apuro, a las 9:15 salimos para San Diego de los Baños, distante apenas algo más de un kilómetro.

 

Al pasar frente a la escuela primaria de Corralitos se oye al maestro explicando a los niños nuestros símbolos patrios. La bandera ondea libre, izada por pequeñas manos libres.

 

A la entrada del pueblo el camino está desbaratado, con rellenos de escombros y piedras. Hubo allí una antigua cantera. Las primeras casas, más humildes, son de madera con techos de guano, tejas de barro, de zinc, fibrocén o asfaltiti; alguna de mampostería ¡chiquitas y grandes, algunas pintadas, viejas y nuevas, con TV la mayoría, sin planificación urbana.

Hoy la mitad de las casas son de esas que son serruchadas por un divorcio. Después, un edificio de dos plantas, casas de mampostería la mayor parte, aunque hay viejas casas de madera del siglo XIX y principios del veinte.

Gente vestida de limpio o con huellas de trabajo; más mujeres que hombres; estudiantes de secundaria básica; del balneario suben familiares con viejitos en sillones de rueda; allá una calle llena de pioneros que juegan, bulliciosos. En la cafetería, solo café.

Núñez Jiménez cuenta que entraron a San Diego a las 11 de la noche del 28: “Las personas que nos ven tan famélicos y cansados, con las ropas hechas harapos y caminando tan despacio que parecemos semiparalíticos por tener los pies lacerados, nos preguntan de donde hemos venido, y les contestamos orgullosos: –¡nosotros escalamos el Pan de Guajaibón! –.

En el cuartel los acogieron amablemente, sorprendidos por aquellos jóvenes que habían andado más de 120 kilómetros en cuatro días por caminos montañosos. Nosotros caminamos 55 km en tres días y medios.

A las 9:50 llegamos al hotel Balneario de San Diego y al Mirador, donde se ejecutan obras de ampliación: se escuchan golpes de martillos y tablas, hay tubos, troncos de pinos, un silo de cemento, una retroexcavadora.

En un área con césped, pastan carneros y en un campo de voleibol y baloncesto jóvenes de secundaria practican con sus instructores deportivos.

El río San Diego corre turbio por lluvias en las montañas, pasa bajo grandes algarrobos y del viejo puente de hierro, sin reflejar en sus aguas rojizas los montones de caña brava y caña castilla que protegen la margen este con sus raíces fuertes, y que gustan –cuando el río fluye tranquilo y limpio– reflejarse en su espejo, como en los paisajes de Domingo Ramos.

Mientras esperábamos a que llegara el camión que debía recogernos allí al mediodía, nos bañamos en el río. El camión no llegó. Hicimos el viaje de regreso a Pinar del Río en “botella”, vía San Diego-Autopista-Pinar.

Molestos por el embarque, pero satisfechos como grupo por el homenaje rendido a Núñez Jiménez y sus compañeros y a la vez, honrados porque “honrar, honra”. Y en lo personal, además, por otras motivaciones que los compañeros escribieron en el cuaderno de campo de Hilario Carmenate, como mensajes de amistad:

“Una experiencia inolvidable en el sentido amplio de la palabra. Conocí nuevos lugares, subí al Pan por otro lugar que no conocía. Me sirvió de preparación para el futuro […] Gracias por haber sido uno de los diez que conmemoramos el cincuenta aniversario del ascenso al Pan de Guajaibón por Núñez Jiménez”.

Orlando

“Agradezco, con toda sinceridad, esta oportunidad de compartir con todos y de coger un poco de experiencia

Ernesto

“En esta expedición conocí a un nuevo colectivo de amigos, lo que más me sorprendió es su capacidad de trabajo y de tirarse p…”

Carlos

“Creo que esta expedición nos marcó para toda la vida […] para mí en particular creo que será inolvidable, porque fueron cuatro días con nueve compañeros magníficos, donde reinó un espíritu de sacrificio tremendo, todos nos ayudamos y compartimos lo poco y lo mucho como hermanos. Quisiera sinceramente que se repitiera”

Alexis

“En estos días aprendí a confiar más en mí, fui a un lugar que siempre quise ir, lo recordaré siempre, me di cuenta del buen grupo donde me había metido, se fastidia mucho, pero todos son como uno solo”.

Enrique

De esta forma concluía también mi primer encuentro con el Pan de Guajaibón y se abrían a su vez, un sinnúmero de reencuentros que, a partir de tomar caminos, hechos al andar, nos llevaría una y otra vez a su reencuentro.

Pedro Luis Hernández Pérez

Pedro Luis Hernández Pérez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba