CAYO REDONDO

Amanece en la carretera Panamericana. José, viejo estudioso de las cavernas va al volante de un Jeep Waz color azul marino, no obstante, los años, está bien conservado. Mario a su lado, se concentra en la lectura de la última versión del Strarhler. Jorge de figura quijotesca, conversa animadamente con el gordo Pedro.

Han pasado tres horas desde que salieron de Pinar del Río.

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Hace ciento ochenta y un año, por esos mismos caminos, pero a caballo, el intrépido y grueso arqueólogo norteamericano Mark Harrington, llegaba a la hacienda de Juan López, en el extremo occidental de Cuba; latifundista arruinado en el oriente cubano, se había trasladado a este rincón de la vueltabajo y levantó su fortuna, gracias a la compraventa del tabaco local y el tratamiento para la exportación de la madera del Cabo de San Antonio.

Previamente avisado por correo, Juan López esperaba desde temprano el arribo de tan importante huésped. En la puerta de su casa, frente a la única “calle” que daba acceso al poblado, lo recibe con sonrisa de cortesía.

─         Buenos días-saludó el americano.

─         Buen día. ¿Que tal el viaje?

─         Bien, un poco la calor ¿Temprana eh…?

─         Sí, a volao usted. el camino.

─         No, salí muy temprana, aún la noche.

─         Pero hombre, desmonte y pasemos al portal, donde corre la brisa.

─         Ok.

Entran, mientras los peones de la casa cogen las bridas y llevan el caballo resoplando al establo.

Era una clara mañana que invitaba a la aventura.

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De pronto el jeep hace un brusco giro a la derecha, que sacan a Mario de la lectura e interroga:

─         ¿llegamos?

─         Sí -responde  José.

─         ¿Adónde? -pregunta Pedro- que se había quedado dormido.

─         A la Fe compadre, adonde si no -le replica Jorge.

─         Coñó,  que rápido. ¿Ésta es la única calle del pueblo?

─         Sí -refiere Mario.

 

Pedro observa con detenimiento lo que le permite la pequeña ventanilla trasera, pasan a golpe e vista, casas humildes de madera, muchas en mal estado constructivo, un caney con cobija deteriorada, la bodega de mampostería y fibra con el letrero decolorado “La Única”. Un consultorio del médico de la familia, que en algún momento fue blanco.

El todoterreno se detienen en el lugar donde el asfalto se funde con una escasa arena, casi fango, que precede al mar, bajan todos del carro y quedan frente a un edificio de mampostería pintado con color verde en sus dos plantas: es el Puesto de Guardafronteras.

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Harrington y López mantienen una animada charla, tomando a sorbos una refrescante bebida, ocupan el extremo del chalet de cara al mar, cuando el primero pregunta:

─         Y bien querida Juana ¿Conoce usted alguna lugar donde existan restas de indian?

─         Sí, estimado amigo, uno de mis peones me comentó acerca de un gran conchal, que no está muy lejos de aquí.-. Y acto seguido grita ─ Octavio ven acá.

Un hombre negro, semidesnudo de la cintura hacia arriba y pantalones de pescador, de fuerte musculatura, aguardaba a prudencial distancia, se acerca y de pie responde:

─         Sí sinor, aquí estoy.

─         Octavio cuéntale al americano, lo que me dijiste de ese cayo y las conchas antiguanas que viste.

─         Bueno señor… a resulta que hace unas semanas estaba recogiendo mejillones al sur de acá y al acercarme a un cayo de tierra encontré un montón de conchas de casi un metro de altura y…

─         Bueno, -interrumpe Harrington con un brillo particular en los ojos – ¿Dónde se encuentra ese conchal?

─         ¡Alabao! Ahí mismitico -Mientras señala con el brazo extendido hacia el sur.

─         Bien, si usted. lo permite Juana, me gusta salir ahora misma hacia allá.

─         No faltaba más, estimado amigo.

─         En marcha.

Harrington se despiden del dueño de la hacienda, se dirigen al rústico muelle donde varios peones cargan una goleta con maderas. Abordan una embarcación pequeña de remos, el arqueólogo ocupa la parte trasera, al centro se acomoda Octavio quien comienza con gran maestría a remar en la dirección señalada.

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Sale al encuentro de los recién llegados un joven recluta con fusil al pecho quién pregunta:

─         Buenos Días ¿Qué desean compañeros?

─         Venimos a ver al Jefe del puesto, somos de la Sociedad Espeleológica de Cuba.

─         Ah… ustedes son los que estamos esperando. Un momento por favor, enseguida los van atender. Permítanme el permiso de capitanía y sus identificaciones, la lancha ya está lista.

Se acerca a su encuentro un joven capitán. Intercambia unas palabras con el soldado y con paso seguro y cierto corte marcial se dirige a los recién llegados.

─         Buenos días, soy Daniel, jefe del puesto.

─         Buenos días -responden todos al unísono.

─         Ya los estábamos esperando, en cuanto se compruebe la documentación partimos.

─         De acuerdo -expresa Mario.

Aprovechan y se acercan a la orilla, donde antes hubo un muelle. Hacía la derecha en otro espigón, frente al edificio, una embarcación verde olivo con las siglas rojo y negra de la institución militar calienta los motores.

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Ha pasado media hora desde la llegada al cayo, el gringo está absorto en todo lo que ve, ha sacado una libreta de su cartera y escribe apresuradamente cuanto toca y observa. Por su parte, Octavio, se mantiene a la espera, su rostro muestra cierta interrogación o asombro ante el entusiasmo del investigador.

En el sitio hay dos montículos cubiertos de conchas, que se elevan a más de un metro, del terreno. Harrington ha estado colectando cuantas evidencias observa, por acá un mortero de hoyuelos, por allá un percutor de madrépora, todos de factura aborigen. Describe la existencia de abundante restos de dieta a base de moluscos bivalvos, de mejillones, ostras, ostiones y otros… ve cobos, quincontes, y muelas de cangrejos de costa.

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La patrullera surca el agua con rumbo sur, a bordo los marineros de tez bronceada por el sol, se mueven con agilidad en sus deberes rutinarios. A los visitantes se les presenta el teniente Gutiérrez como guía del cayo a visitar. En breve tiempo se recorre el kilómetro y medio que los separa de su destino. Desde el buque se lanza una balsa de desembarco y en minutos son conducidos por Gutiérrez, quién con habilidad marinera rema hacia la entrada del estero de Cayo Redondo.

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Octavio no entiende porque un americano se ha interesado en restos de conchas y piedras, este lugar durante muchos años, según le contaba su abuelo, ha sido misterioso por las leyendas e historias, acerca de aparecidos, de indios grandes e indios chicos que llegaron huyendo a este apartado lugar ante la persecución de los rancheadores en el Guaniguanico… Él mismo, en las largas noches de pesca, ha visto luces y sombras que se mueven en esa dirección, siempre se pregunta qué pudiera estar ocurriendo en este sitio. Pero la prudencia, no, el miedo del cará, que hace que uno quede paralizado y huya, hizo que el tiempo pasara sin averiguar nada; le contaba su amigo Julián (que en gloria este) que aquí se escondieron los negros que encontraron el tesoro de Mérida, antes de largarse para Camagüey, huyéndole al hijo del propietario de la hacienda de los Remates, quién quería apoderarse del hallazgo y que entraron cuatro y salieron tres, porque uno se lo llevó un ánima errante del indio grande, por la osadía de penetrar en sus dominios.

Siente un estremecimiento de su cuerpo, acaso será una ilusión óptica… no, no; no puede ser que alguien lo esté mirando… algo no anda bien…

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Gutiérrez da las últimas remadas y por inercia alcanzan la orilla. Todos saltan con ligereza y mientras el mulato asegura el bote. Pedro dirige la búsqueda de evidencias arqueológicas; José y Mario van en dirección norte penetrando entre el mangle y el agua con tanino, los otros dos, quedan en la porción sur. Al poco rato se les incorpora el marino.

Ya van más de dos horas de búsqueda, es poco lo que queda, la huella de los arqueólogos que le precedieron está reflejada en todos los sitios, el mar ha ido ocupando los antiguos huecos de las excavaciones, al parecer: desconocedoras manos de carboneros, han ido talando el manglar, muchas de las evidencias se encuentran debajo del agua, incluso algunas de las excavaciones. Los cangrejos han ido haciendo otra parte de la tarea, sacando a la superficie algunas de las piezas que no fueron excavadas. Aparecen percutores, majadores y muchos restos de alimentos, una de las piezas más interesantes son algunas cuentas de vértebras de pescado que sirvieron de adorno corporal.

El rostro feliz de todos, refleja la satisfacción por los resultados de los trabajos exploratorios. Si embargo, Gutiérrez no se ve con entusiasmo, él es la primera vez que se decide  bajar a este cayo, durante años ha estado muy cerca del mismo, pero nunca lo había visitado; se encontraba a la defensiva, con la mano cerca de un gastado machete que lo acompañaba desde que se bajó del barco…

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Harrington ha concluido sus exploraciones, aborda el bote donde ya se encuentra Octavio, el asustado negro se lanza al agua y empuja precipitadamente la chalana y con un salto leonino se incorpora al mismo, donde vuelve a ocupar el centro y comienza a remar, ahora con más fuerza. El bote se desliza con rapidez en dirección al pueblo de Juan López.

El arqueólogo va a la popa de espaldas al cayo, absorto en la contemplación de las evidencias arqueológicas encontradas. Octavio por su parte, lleva aún en su rostro el reflejo del miedo y atisba el horizonte. Ya se encuentran a medio camino cuando este se dirige de forma brusca y alocada al americano y le grita:

─         Mire, Mire allí ¿qué es aquello que se mueve?

Suavemente se gira y observa detenidamente hacia el horizonte, y con interrogación en la mirada, mueve la cabeza en señal negativa y pregunta ─ ¿Dónde?

─         Allí, allí –insiste y señala con desesperación hacia la orilla del cayo, donde el sol coloreaba de amarillo el agua con su maravillosa puesta ─ es una canoa con indios, ya me lo había contado Julián.

─         Imposible, Imposible, querida amiga, en Cuba ya no haber canoas…

─         Sí, sí es ella y su grito se lo trago la inmensa mar.

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  Gutiérrez vuelve sobre el gomón; el día envejecido da la bienvenida a jejenes y mosquitos, hacia el oeste se observa una maravillosa puesta de sol, hay que apurarse, pues pronto se hará de noche y cada vez la plaga es más insoportable. La marea ha subido y el cayo ha quedando prácticamente dentro del mar, ya nada más se puede hacer.

Los integrantes del equipo se encuentran agotados, pero en sus rostros se observa, la satisfacción de haber cumplido un sueño añorado, hacía más de 20 años nadie había vuelto a estos parajes, y aún, en su interior se esconden enterrados los misterios de sus antiguos habitantes.

En pocos minutos abordan la fragata que enciende los motores para la partida. Sobre cubierta una apetitosa mesa de mariscos y masas de pescado hacen recuperar el apetito perdido por la experiencia.

José aún excitado por lo visto come poco; va a la popa a contemplar la caída de la tarde, la silueta del cayo abandonado se dibuja de entre el crepúsculo. Absorto en su éxtasis, no se percata de la llegada de Mario y Pedro. Este último le expresa:

─         Llegamos tarde, pero algo quedó para nosotros ¿no crees?

Asiente con la cabeza y dice:

─         Quizás quede mucho aún, pero puede estar bajo el agua, es imposible que esas gentes no tuviesen otros utensilios e instrumentos de madera, por ejemplo, pero será necesario hacer exploraciones subacuáticas y para…

─         Claro -interrumpe Jorge, que se ha incorporado junto a Gutiérrez, quien está más relajado -. ─ Pero para eso tenemos que traer a nuestros buzos.

Todos quedan en silencio observando el horizonte, y pensando en una nueva expedición. Cuando José exclama:

─         Miren, miren hacia allá ¿Es aquello una canoa con personas encimas?

Los cuatros giran las cabezas, incrédulos hacia el cayo, donde el sol prácticamente no los dejaba ver.

─         ¿Dónde? ¿Dónde? -Responden a coro.

─         Allí, Allí, cerca del cayo -dice José.

─         No, No, No se ve nada por el sol.

Entonces Gutiérrez que ha permanecido callado expresa:

─         Sí, Sí es posible, mi abuelo me lo contó cuando…

Un grito se escucha desde el puesto de mando, es el mayor.

─ Octaviooo, ven acá un momento.            

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