CUBA PASAJE A LA NATURALEZA. GUANAHACABIBES VII

La noche en el sitio de Santa Bárbara ha sido muy agradable, hay una fiesta campesina por el cumpleaños de uno de los hijos de Armando, recio campesino, que comparte su vida entre las siembras de tabaco, y la cría de animales, entre ellos: cerdos, carneros y vacas.

La fiesta comenzó desde la tarde en la pequeña sala del bohío de madera, guano y piso de cemento, reunió a toda la familia quienes vestían sus mejores galas, muchos llegaron desde lejos, montados en arañas (carruajes pequeños sobre dos ruedas de gomas tirados por un caballo), con mujeres e hijos arriba.

Ellos, visten camisas a cuadro, rallas o la típica guayabera, pantalones de vaquero, botines y espuelas, en sus cabezas: sombreros típicos tejidos de yarey o gorras modernas, algún mayor viene con sombrero de paño.

Ellas, llevan blusas con o sin mangas, preferiblemente blancas, moradas y algunas con pullovers azules y rozados con lentejuelas al pecho, predominan las pitusas en azul con adornos y otros tejidos de color blanco; sus rostros con abundancia de coloretes y pinturas de labios, cargadas de pulsos, pulseras, aretes hasta más de dos en cada oreja, una que otra lleva un tatuaje en la rabadilla que se deja ver.

En la esquina del local tres músicos: uno con un tres, otro con guitarra española y el tercero como cantante-poeta, irrumpen el bullicio con una andanada de controversias, a veces las mujeres entran en la competencia de repentismo, en cuyos versos rimados destaca una elevada carga de erotismo sano y guapería jocosa, seguidos los acordes por todos los presentes, quienes apoyan con palmadas y aplausos a unos u otro contrincante; los gritos estimulan a ambos para que eleven sus disertaciones.

En el patio de tierra, sobre una mesa rústica abunda los calderos y platos con arroz moros y cristianos, carne de cerdo azada, chicharrones, plátano a puñetazo frito, yuca con mojo, tamales de harina de maíz con carne adentro y como postres buñuelos y dulce de coco casero. Al final, un potente café criollo puro procesado en casa con una fórmula muy personal que enorgullece a Dora, la dueña de la casa, acompañado de abundante ron blanco barato, de los embazados en los llamados Pepinos.

El efecto de la bebida va embriagando el cerebro de los asistentes, en la madrugada, uno de los músicos, aunque alegre, se nota agotado y su compañero le increpa: — cógelo Samuel, cógelo, —. A lo que este, un poco molesto y saliéndosele lo de isleño le exclama—. —¡Es que no me entra! —. Refiriéndose a sus dedos, muy inflamados de tocar el instrumento, apenas habían dejado de interpretar la música.

A las nueve de la mañana los gritos de Yolanda, la hija mayor de Armando y Dora, despierta a los adormecidos y dispersos invitados, que poco a poco habían ocupado el piso, los muebles, y cuartos para descansar algo; traía un humeante café, un plato con masas de cerdo frita y chicharrones como desayuno. Lo cual, bajo los efectos de la resaca, agradeció todo el mundo.

Los visitantes un poco apenados, a modo de disculpa preguntan: — ¿A qué hora se acabó la fiesta? —. Y la hermosa anfitriona respondió —. ¿Cómo que se acabó?, si ahora Papá esta preparando otro cerdo para continuar—. Lo que obligó a todos sin saber que decir a levantarse a ayudar.

Llega la hora de la despedida de los entusiastas anfitriones, el espectáculo era increíble, en la sala, los músicos recostados a los taburetes dormitaban con fuertes cabezazos, en el piso uno o dos más dormían plácidamente, los cuartos fueron ocupados por el resto de los invitados, algunas mujeres estaban en la cocina preparando otra buena cantidad de alimentos y Armando, contento, colgaba un enorme cerdo de la rama de una mata de guayaba para que escurriera, tal parecía que acababa de levantarse.

Con gran pesar y muchas disculpas, parten los viajeros, en estampidas y con risas de agradecimientos, ya que no los dejaban marcharse, se burlaban por rajados (haber abandonado la fiesta), a lo que la familia, llamaba muy temprano.

Así son la mayoría de los campesinos cubanos, humildes, sencillos, compartidores, gústale servir al prójimo, mucho más cuando de fiestas se trata. La vista puesta en Santa Bárbara, mientras se aleja el jeep. Una mezcla de alegría y tristeza le embargaba al viajero, pero siempre, con el eterno agradecimiento a esta tierra y los compatriotas por su hospitalidad.

Estaban a once kilómetros del poblado de Cortés, pero antes de llegar a él, decidieron visitar “Paso de las Piedras”, atravesaron un conjunto de vegas de tabaco rubio, al este de la carretera hasta la finca, “La Casualidad”; en su extremo noreste se encuentra un estrecho camino dentro del manglar, sobre troncos finos de yana y patabán, colocados sobre el fangoso camino avanzan los expedicionarios los 400 metros hasta un punto cerca de la desembocadura del río Cuyaguatejes.

Para pasar a la otra orilla existe un curioso artefacto, se trata de dos tanques metálicos flotando, amarrados con cables uno al otro y sobre ellos un entablado, con barandas, a través de un cable de acero, la persona que debe pasar el río, tira con la mano, a través de dicho cable, los 300 m de ancho del río.

La curiosidad fue mayor que la prudencia y algunos se lanzaron al agua, para intentar llegar al fondo del río, al que le calculó unos cuatro metros de profundidad. En conversación con los habitantes de la región, cuentan que este paso ha sido siempre así, y que son los habitantes de la zona quienes lo conservan en tan buenas condiciones, único paso existente para llegar a Cortés, es increíble que, a través de tan inestable cruce, se pasan caballos, vacas, cerdos, cosechas, bicicletas, todo lo que sea necesario; existe una foto de los años de 1950 en que sobre el “bongo”, nombre de este artefacto, subieron un camión Ford pequeño cargado, rumbo a Cortés, como si fuera una patana, que al parecer entonces era de mayor tamaño.

Al subir a la otra orilla, existe un pedazo de tierra bien cultivada de tabaco y viandas, rodeada de manglar, sobre el que se han construido varios caminos rústicos en diversas direcciones que sirven a los habitantes para trasladarse a la desembocadura del río conocido como: Boca del Cuyaguatejes, que forma un Delta a manera de pequeña barra de tierra baja, con zonas de playas y manglar, su extremo es conocido como: punta El Catre. Esta inusual península tiene 1 750 metros, con dirección norte, ubicada en los: (22o05´48´´) Latitud norte, (83o58´22´´) Longitud oeste, en la ensenada de Cortés.

Los cronistas del siglo XVI, refieren un lugar de la costa sur, al lado de un caudaloso río, donde se encontraba la hacienda Guaniguanico, propiedad de Diego Velásquez, sembrada de montones de yuca y se criaban animales para salar sus carnes y negociar con las pieles.

Servía de abastecimiento a las naves que transitaban por la costa sur. Una de las naves de Hernán Cortés se proveyó de carne salada y casabe en esta hacienda en su transito en 1519 hacia la conquista de México.

Hace algunos años, aparecieron fragmentos de barro burdo que fueron atribuidos a posible burén, este hallazgo realizado por Pedro Luis Serrano, del Grupo Espeleológico Antonio Tarafa, del municipio Guane; vino a profundizar las sospechas de los especialistas de que existen grandes posibilidades de que la hacienda se encuentra en esta zona.

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