CUEVA GUEVARA, UNA VENTANA AL VALLE DE VIÑALES

Hay paisajes que son un regalo a la vista, ejemplo de esto, lo vi a no menos de 300 metros de altura sobre el nivel del mar, exactamente en uno de los mogotes más altos de Sierra Guasasa, en Viñales. Sin exagerar, las cavernas más bellas que mis ojos han visto, están ahí.

Una aventura más con el grupo GEDA

Hace algún tiempo conocí a varios integrantes del grupo GEDA (Grupo de Espeleología y Deportes de Aventura)  perteneciente al Comité Espeleológico de la provincia de Pinar del Río y a su vez, miembros de la Sociedad Espeleológica de Cuba.

Ellos nos invitaron a participar en una expedición –dedicada a tomar imágenes para un futuro documental–, para captar y luego mostrar la belleza que encierran estas oscuras maravillas, solo develadas por ahora ante los ojos de los espeleólogos.

Entre las espeluncas escogidas, una de las últimas que fue filmada, estaba cueva Guevara, situada a la mitad de un mogote, cercano a la carretera que atraviesa el abra de Ancón, a unos 5 km del centro de Viñales.

En aquella ocasión, cuando logramos alcanzar la entrada de la cueva, que nos parecía pequeña desde la base del mogote, y miramos atrás, en el rostro de cada uno de los participantes había una expresión de admiración ante el colosal paisaje.

Yo por mi parte opiné: “aquí hay que regresar con buenas cámaras y quedarse a ver un atardecer y luego esperar el amanecer, porque estoy segura que será un espectáculo sin igual”.

De vuelta a Guevara

Al cabo de algunos meses Raudel del Llano, el aquel entonces presidente del grupo GEDA, me avisó para repetir la visita a Guevara y hacer una estancia más larga que la anterior, para poder fotografiar con calma los más bellos momentos del día.

Me dijo que yo no podía faltar, porque la idea inicial de esta nueva aventura había sido mía.

Como en otras ocasiones preparé mi mochila y salí en la noche a buscar el tren, directo a Pinar del Río; sería un largo viaje que duraría toda la madrugada, pero llegaba justo al amanecer a la provincia más occidental de Cuba.

Desde Pinar nos fuimos en un taxi hasta Viñales; son exactamente 25 km de curvas peligrosas y hermosos paisajes. Primero sobre las pizarras del sur y ya en el valle, a la vista de los gigantescos mogotes.

Llegamos a buscar a Yarobi García, el presidente del Club de Escalada de Viñales, un escalador muy bien preparado y responsable que nos ayudaría en la subida del vertical y empinado mogote.  

Justo en el Club de Computación, cercano al parque principal del pueblo, nos reunimos todos los participantes en esta inusual expedición: Yarobi, Lisette Torres, Raudel, Ángel Martínez (Pupo), Víctor Manuel Fleitas, Jalioski Ajete y yo.

De los participantes, 4 eran fotógrafos equipados con buenas cámaras e inspirados y dedicados principalmente a la fotografía de naturaleza y emprendedores de buenos proyectos de esta temática.
 
Todos juntos abordamos un último transporte hasta el lugar indicado al pie del mogote, ahí nos cambiamos la ropa de viaje, a ropa de “espeleo”: overoles, arneses, luces y mochila nuevamente a la espalda.

La subida

El camino que nos esperaba era estrecho y empinado, cubierto de bejucos. Pero el deseo de ver nuevamente este panorama único, nos animaba a franquear las dificultades.

Ya en la loma, los caminos se perdían en un gran enredo de vegetación. En los overoles se clavaban las espinas de la uña de gato, que no te suelta fácilmente, también el palo bronco, cuyas espinas son diminutas, pero molestan bastante en la piel.

Las botas resbalaban en la tierra producto de la inclinación del terreno, y el peso de las mochilas nos frenaba constantemente el ascenso. Este primer tramo de vegetación enmarañada es muy molesto y nos llevó más de una hora rebasarlo.

Ya a pocos metros de la entrada, Yarobi se preparó para escalar el último tramo de caliza totalmente vertical e instalar una cuerda de seguridad para el resto del grupo, menos experto en la escalada en roca.

Con la cuerda de seguridad atada al arnés subimos uno a uno hasta el gran boquete de entrada. Una vez más disfrutaríamos de este incomparable panorama que tanto me impresionó en mi primera visita.

Un Paisaje sin par

Desde allá arriba se podían distinguir bien las elevaciones nombradas: Sierra Viñales, La Esmeralda, Las Puertecitas, Coco Solo, y el Mogote del Valle.

Pronto nos sorprendió el atardecer, pero este no prometía ser de los más pintorescos ni especiales, de todas formas cada uno, cámara en mano, hizo algunas fotos para inmortalizar el momento.

Luego decidimos recorrer la cueva, que aunque no es tan grande, tiene formaciones atractivas de pinolitos (formaciones cársicas semejantes a pequeños pinos) y unos gigantescos gours (tipo de formación  que almacena agua en las cuevas), totalmente secos pero de dimensiones impresionantes.

También cuenta con otra entrada que lleva al otro lado del mogote y una visible población de jutías.

Yo, ya conocía los detalles de la cueva, y decidí quedarme cocinando, pues ya comenzaba a “picar” el hambre.

Ya en la noche, el panorama cambió, se veía el reflejo de las bombillas de las casas, muy tenues, salpicando la parte del valle más cercana a la carretera.
 
En contraste, se podía observar todo el manto celeste azul añil, impregnado de pequeñas luces en forma de brillantes constelaciones.
    
Después de la comida, cada uno tendió su esterilla en lugares desde donde este inigualable paisaje se observara a plenitud. Reservé un espacio privilegiado, para que esta visión me permitiera relajar mí espíritu aventurero.

De pie, cámara en mano

Justo antes del amanecer ya estaban los fotógrafos en pie, para no perder un solo detalle de lo que prometía ser el mejor momento fotográfico de la expedición.

Y realmente cuando comenzó a aclarar, el paisaje se mostraba casi todo cubierto de una satinada niebla, que solo dejaba entrever con claridad la cima de los mogotes.

Rápido se armaron trípodes, y durante todo el tiempo que se tomó el sol para aclarar completamente el valle, se hicieron no menos de un centenar de fotografías. Cada momento que se dibujaba con cada rayito de luz solar, quedó plasmado en las cámaras.

Y ya para cerrar con broche de oro, toda la niebla se aglutinó formando una columna. En pocos instantes se levantó justo delante de nosotros, disipándose luego en menos de un minuto, como parte de un espectáculo de magia. Fue algo realmente indescriptible.

Después de este fantasmagórico amanecer, solo nos quedaba recoger el campamento y alistarnos para emprender el difícil descenso.

Cuidamos que no quedara nada olvidado, ni basura que pudiera contaminar un lugar tan bello, que acabábamos de disfrutar en toda su magnitud.

Instalamos la cuerda de seguridad y comenzamos el descenso uno a uno. Realmente fue mucho más fácil llegar a la carretera que acceder a la cueva el día anterior.

Ya en la base miramos desde abajo la entrada a Guevara. Con cariño y nostalgia, como tantas veces, nos costó retirarnos de vuelta a su ciudad, con el dulce recuerdo de una aventura más y la tristeza de la despedida.

Algunas de las fotos de ese día han sido presentadas en concursos y han obtenido premios merecidos por la calidad, el paisaje captado, el esfuerzo de llegar hasta ahí, pero el mayor premio es la divulgación, el poder mostrarle al mundo la belleza de estos lugares y la inminente necesidad de protegerlos y preservarlos.