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DESDE LA BASE HASTA EL ALTO DEL NARANJO

Humberto Vela Rodríguez

Humberto Vela Rodríguez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

Jueves 13.

El contrato con la base incluía nuestro traslado en camión desde allí hasta el Alto del Naranjo, distante unos veinte kilómetros. Después de la media noche llegó Isaac con la mala noticia de que el vehículo estaba roto e imposibilitado de dar el viaje. Lo escuché entre sueños. A las 2:10 a.m. volvió con otra información: habían contratado a un porteador privado para llevarnos hasta Santo Domingo por 300 pesos M.N.

A las 3:00 a.m., nos levantamos y pasadas las 5:00 llegó el camión. Durante la espera conocimos a Jorge Prim Bello, personaje excepcional, religioso también, pero católico.

El vehículo era grande, cubierto con un techo metálico y con bancos de madera. Sobraba mucho espacio pues éramos sólo trece. Del grupo de creyentes nada más que siete se dispusieron a acompañarnos y el resto quedó en la base.

A los pocos minutos de iniciado el viaje Isaac, con voz grave, anunció: “Ahora, oremos a Dios para que nos de fuerzas, para que nos proteja de todo peligro y podamos cumplir nuestro objetivo de llegar a la cima”. Y se sumieron en una silenciosa plegaria por unos instantes, mientras nosotros permanecíamos respetuosamente callados. Esto, después, fue motivo de jocosidad entre nosotros, por la paradoja de que sólo uno de ellos llegó a la cumbre (Jorge), mientras que nuestro grupo en su totalidad coronamos la montaña. Parece que Dios tuvo preferencias por los descarriados espeleólogos.

Isaac, después, tomó su armónica cromática e interpretó dulces tonadas religiosas que calmaron un tanto los nervios crispados debido al ronco trepar del camión por la carretera montañosa entre abismos y elevaciones. Tuve una positiva imagen de él en aquel momento.

El porteador no cumplió lo prometido. Paró su carro cuando aun faltaban unos cinco kilómetros para llegar a Santo Domingo, pretextando deficiencias técnicas en él. “Lo que queda es bajando”, indicó.

Ciertamente se bajaba, aunque tuvimos un par de subidas del carajo. Estábamos ya entre montañas, bien adentrados en la Sierra Maestra. Por un resquicio entre dos alturas se veía el llano y una presa bien abajo. A las 7:00 a.m. cruzamos el río Santo Domingo por un elevado puente desde donde lo vemos correr manso entre innumerables cantos, aunque el ancho cauce y otros vestigios indicaban a las claras sus furias ocasionales. Pronto estuvimos en el poblado y en las oficinas del Parque Nacional Turquino.

Transcurrido un rato nos invitaron a pasar a un salón. Un hombre ante un mapa desplegado en un trípode dijo: “Estamos aquí. Hasta el Alto del Naranjo hay seis kilómetros que pueden hacerse en una y media hora caminando por la carretera. Desde allí comienza el trillo que se extiende por ocho y medio kilómetros hasta el Campamento de Joaquín, calculado en cuatro horas. Hasta la cima del Turquino restan unos tres kilómetros que pueden vencerse en poco más de una hora”. Y se despide deseándonos un provechoso viaje.

Partimos a las 8:00 a.m. La carretera va todo el tiempo en ascenso y pronto sudamos copiosamente. Jorge toma la delantera. Es un hombre de modales refinados, pero de fuerte complexión física. Va en zig- zag,  de un borde a otro de la vía, porque dice haber sido aconsejado así por un viejo montañés. A tramos va dejando dibujos trazados con una tiza en el pavimento: símbolos religiosos, rostros y rótulos, animando a los demás.

José Armando también se adelanta y nos sorprende, tan flaco y en apariencia desvalido (nos comimos un pan con él). Vamos juntos Andy, Martín y yo, descansando a tramos y tomando sorbos de miel de abejas que reconfortan. A la vera hay guayabos cargados de frutos maduros que consumimos en abundancia. Durante el trayecto hemos sobrepasado a Isaac que descansaba exhausto y muy pálido. Dos jóvenes de su grupo nos seguían con ánimo de alcanzarnos, pero terminaban por acostarse frecuentemente a la larga en la carretera. En el tramo final se me ocurrió la estrategia de adelantar veinte pasos, detenerme para respirar hondo y repetir después lo mismo. Martín también lo hizo así y dio buenos resultados. La cuesta final fue la peor. Me dio por pensar que no habría vehículo alguno capaz de vencerla. Al fin llegamos al Alto del Naranjo, una hora después de lo previsto. Es una plazoleta de concreto donde confluyen un trío de senderos y hay un poste con rótulos indicando sus derroteros: “Comandancia de La Plata”, “Pico Turquino” y “Santo Domingo”. Descansamos un buen rato y merendamos. Incluyendo los primeros huevos de codorniz con cascarón y todo.

Desde el Alto del Naranjo hasta el Campamento de Joaquín

A las 10:55 a.m. dejamos el Alto del Naranjo. Comenzó un trillo bien definido, siempre en ascenso. En él los obreros del Parque han tallado escalones asegurados con maderos transversales que evitan el resbalón. El trillo está flanqueado por la espesura. Hay mucha humedad, ninguna brisa y sudamos a mares. Cada kilómetro vencido es señalado en un poste y a tramos prudenciales hay bancos y mesas rústicas para hacer un alto y preparar algo de comer. El grupo nuestro se dilata inicialmente con José Armando y Andy a la cabeza. Pronto dejamos atrás la comunidad ecológica de La Platica, bien abajo del sendero.

A las 2:26 p.m. hemos avanzado hasta el kilómetro cuatro. Increíblemente algunos de los nuestros han olvidado proveerse de agua para este trayecto, donde no la hay. Martín y yo compartimos la nuestra con los demás y pronto quedamos secos, y hay que acudir a la que almacenan los curujeyes.

El tiempo es muy favorable, sin nubes, y llevamos rato disfrutando de la presencia del Turquino y los gigantes que le acompañan. La vegetación ha ido cambiando con el avance y ahora los helechos son pródigos y variados.

A las 4:17 p.m. hacemos alto en un paraje singular: la loma de Los Leones. A ambos lados se desprenden abismos hacia los valles intramontanos. A la izquierda quedan los picos que hemos dejado atrás y a la derecha, espléndido, sin nubes interpuestas, ahí mismo, la mole del Pico Real del Turquino. Quedamos aquí los espeleólogos extasiados con el paisaje monumental, sentados sobre la hierba. El guía asignado por el Parque nos apremia para llegar temprano al campamento, pero lo despachamos con tacto. La brisa fresca llega reparadora y una botella de ron circula sin dilación. José Armando se banquetea con su cámara digital. Posamos en colectivo y en solitario, siempre con la montaña detrás. El tiempo vuela y pasada más de una hora decidimos continuar, pues aun resta bastante camino.

José Armando y Martín toman la delantera. Ramoncito, Andy y yo quedamos rezagados para acompañar a Minerva que se nota agotada, afectada por el esfuerzo y la falta de agua. El tramo final constituyó para ella el más difícil de la escalada, se detenía con mucha frecuencia y a veces se negaba a continuar, a pesar de que Ramoncito cargaba su mochila. Pasadas las 7:00 p.m. llegamos al campamento de Joaquín y nos lanzamos hacia un tanque con agua potable.

El Campamento de Joaquín

Situado a unos tres kilómetros de nuestra meta y a 1 492 m de altitud, el campamento de Joaquín es un oasis para los escaladores. Los muebles son rústicos, y el albergue de madera y techo de zinc. A un lado está la cocina y un salón de estar y a otro un dormitorio. Un panel solar permite la iluminación y otros beneficios. La temperatura por la noche es fresca, pero bastó a todos cubrirse ligeramente para dormir a piernas sueltas en las cómodas literas.

Continuará…

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