EL CHORRO DE MAÍTA. UNA DE LAS PRIMERAS ENCOMIENDAS DEL NUEVO MUNDO

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Juan J. Guarch Rodríguez

Juan J. Guarch Rodríguez

A poco más de cuatro kilómetros al sureste de la playa de Guardalavaca y encima del majestuoso Cerro de Yaguajay, se halla uno de los residuarios aborígenes más interesantes, no solo de Cuba, sino de las Antillas: el Chorro de Maíta.

Ya desde 1930 el sitio arqueológico era conocido, numerosos coleccionistas y aficionados lo habían visitado a través del tiempo, entre ellos Orencio Miguel, José García Castañeda, Alejandro Romero, el grupo Guamá y el arqueólogo norteamericano Irving Rouse, los que hallaron numerosos artefactos y utensilios pertenecientes a los aborígenes agricultores–ceramistas que habitaron la zona.

No es hasta el año 1986 en que se acometen investigaciones sistemáticas en el Chorro de Maíta, dirigidas por el Dr. José M. Guarch Delmonte junto al Departamento de Arqueología de Holguín, que entre los meses de septiembre y noviembre de ese año realizan varias excavaciones.

En ningún momento se pensó encontrar entierros humanos durante esos trabajos, ya que anteriormente habían aparecido algunos y no era frecuente hallar un gran número de esqueletos en un residuario aborigen. Pero para sorpresa de los arqueólogos, en una de las unidades de excavación comenzaron a aparecer numerosos entierros. Se hallaron un total de 41 en un estado de conservación aceptable; había esqueletos pertenecientes a ambos sexos y sus edades se correspondían con niños, adultos y ancianos.

Pronto se emprendieron nuevas excavaciones, abriéndose una gran área de trabajo. De nuevo más esqueletos, llegándose a un total de 106, el cementerio más grande encontrado hasta ese momento en Cuba y uno de los más significativos en el área antillana.

Las posiciones que ocupaban los enterramientos eran disímiles, los había de costado, en posición fetal, boca arriba, extendidos y así una diversidad de formas que indudablemente se correspondía a diversas costumbres funerarias. También aparecían entierros alterados por otros enterramientos posteriores, estando las osamentas dispersas en los alrededores, muchas veces confundiéndose los huesos de ambos esqueletos.

Algunos fueron más sorprendentes que otros, pero sobre todo se destacó uno perteneciente a una mujer joven, que se hallaba acompañada por numerosos adornos personales, muy poco usuales dentro de las comunidades aborígenes aruacas. Los adornos estaban depositados sobre el pecho y consistían en varias cuentas de cuarzo, una de ellas de dimensiones extremadamente pequeñas, solo 1,6 mm de diámetro. Otras cuentas de conchas de color rosado (coral), una negra (azabache) y tres perlas. Además, se hallaron varios objetos fabricados con una aleación de oro, plata y cobre1, consistentes en cuatro láminas trapezoidales con un orificio en la parte superior, un cascabel, dos cuentas y un ídolo que representaba la cabeza de un ave.

La presencia del metal no solo se halló en este esqueleto. En otros se encontraron unos pequeños tubos fabricados con latón (cobre y zinc), que al parecer fueron usados como cuentas para collares. Este material no pertenecía a las culturas americanas, ya que este tipo de aleación no se fabricaba en el período prehispánico en el continente. De latón también, fue hallado en otro entierro una especie de medallón forrado con tela.

No solo fueron encontradas estas evidencias que sacaban del contexto precolombino al sitio arqueológico. En áreas aledañas también fueron rescatados fragmentos de cerámica europea, así como una vasija de cerámica decorada, posiblemente proveniente de Concepción de la Vega, el segundo poblado fundado por Cristóbal Colón en la actual República Dominicana, un cántaro con diseños florales y de follaje estilizado, entremezclado con círculos, líneas y grecas al estilo aborigen. El color: castaño sobre fondo amarillo claro.

A partir del año 2005 y hasta el 2011 se retomaron las labores en el Chorro de Maíta, esta vez dirigidas por el Dr. Roberto Valcárcel Rojas al frente de un grupo de investigadores del Departamento de Arqueología de Holguín. En esta ocasión también participaron y colaboraron investigadores de la Universidad de Alabama y la Universidad Estatal de Pensilvania, Estados Unidos; Universidad de Leiden, Países Bajos y el Instituto de Arqueología de la Universidad Colegio de Londres, llevándose a cabo nuevas excavaciones, además de una serie de estudios complementarios, aplicándose novedosas técnicas de trabajo y de investigación.

Esta vez las excavaciones arqueológicas se concentraron en las áreas aledañas al cementerio, la zona que ocuparon los habitantes de la aldea para poder reconstruir la vida de estos. Asimismo, se realizaron nuevos estudios a partir de los datos de las excavaciones anteriores, aplicándose tecnologías recientes a los restos humanos conservados en el Departamento de Arqueología holguinero.

Uno de los resultados más interesantes fueron los fechados que se lograron obtener. Estos indicaron que existía la aldea desde el siglo XIII DNE, y que se hallaba vigente en el momento del arribo de los europeos, correspondiéndose la mayoría al período posterior a la llegada de Colón a la Isla. La aldea debió de perdurar hasta mediados del siglo XVI.

Otro aspecto a tener en cuenta, es que todos los entierros que poseían entre sus adornos los tubos de latón, eran de fechas posteriores a la llegada de los conquistadores. Estos pequeños tubos eran posiblemente cabos de agujetas europeas y los aborígenes las tomaron y utilizaron los fragmentos como cuentas de collares. Los adornos de oro y cobre (guanines) fueron identificados como pertenecientes a las culturas colombianas.

Al realizarse nuevos estudios antropológicos, se pudo comprobar que entre los esqueletos existía un africano, un mestizo de blanco e indio y otro de blanco y negro. El resto eran mongoloides americanos. Una tecnología novedosa que fue utilizada fueron los estudios territoriales a partir de isótopos de estrocio. Estos indicaron que muchos de los aborígenes enterrados procedían del mismo lugar o de zonas aledañas, pero otros eran de territorios alejados, e incluso fuera de Cuba y de las Antillas. Uno de ellos al parecer procedía de Yucatán, actual México.

No era costumbre dentro de las comunidades cubanas realizar cementerios. Las costumbres funerarias eran diferentes: enterraban a algunos personajes en las aldeas, otros eran depositados en cavernas o lanzados desde las claraboyas y muchos fueron abandonados en los bosques. El cementerio como espacio, es una concepción del Viejo Mundo, muy ligado a las costumbres cristianas. Además, la posición boca arriba y extendida del cadáver, también se correspondía con una costumbre europea.

La dieta que consumieron, ya que fueron hallados grandes fogones durante las excavaciones, en muchos casos consistía en la misma que consumieron los aborígenes, pero con un espécimen incorporado perteneciente a Europa: el cerdo. Numerosos fueron los restos hallados de este mamífero, uno de los primeros que trajeron los españoles al Nuevo Mundo debido a su fácil crianza y a su reproducción rápida y efectiva.

También los restos de cerámica hallados indicaban una interacción con los conquistadores, además de los tiestos netamente aborígenes, había españoles e incluso mexicanos y dominicanos, toda una base material utilitaria fuera del contexto aborigen cubano.

¿Qué pasaba en el Chorro de Maíta? No cabe dudas de que era una aldea que existía antes de la llegada hispana. Su ubicación espacial, fechados precolombinos, así como la ausencia de elementos europeos en determinadas zonas así lo demuestran, pero esta comunidad transitó en el tiempo.

Con la llegada del nuevo sistema socio político pasó indudablemente a un proceso de convivencia con los conquistadores y se instaló lo que se conoce como una encomienda. Hasta el momento, y de acuerdo con los fechados obtenidos, esta es la primera identificada arqueológicamente en las Antillas.

Ellos, los aborígenes continuaron con muchas de sus costumbres, pero se fueron asimilando nuevos hábitos, así como herramientas, utensilios y la religión cristiana. Esta última como resultado de la evangelización por la que transitaron las comunidades aborígenes americanas.

Las encomiendas fueron uno de los primeros sistemas de vida implantados por los conquistadores, donde los aborígenes continuaban viviendo en sus aldeas, pero su producción pasaba a manos de los hispanos. También eran obligados a realizar trabajos dirigidos a los intereses de ellos, como por ejemplo la minería o la agricultura y fueron introducidas en esas aldeas mano de obra extra, es decir, esclavos provenientes de otras regiones de América y de África.

Muchas veces las aldeas eran dirigidas por una élite aborigen que respondía a los intereses de los conquistadores, y recibían determinados beneficios, obligando al resto de la comunidad a servir a la naciente colonia. La evangelización, las costumbres hispanas, la mezcla de etnias, así como los instrumentos de trabajo, dieta y demás elementos utilitarios y superestructurales, se fueron asimilando paulatinamente, dando como resultado un nuevo tipo de persona, los indios, con una cultura determinada por estas mezclas. Al mismo tiempo, se pueden nombrar a los que nacieron en ese sitio y bajo esas condiciones como los primeros criollos identificados por la arqueología, que dieron paso con posterioridad a la cultura cubana.

1- A este tipo de aleación se le llamó guanín.

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