EL PRIMER ESPELEÓLOGO PINAREÑO

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Pedro Luis Hernández Pérez

Pedro Luis Hernández Pérez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

El nacimiento el 3 de septiembre de 1808 de Tranquilino Sandalio de Noda, en la hacienda Waterloo, entre Artemisa y Las Cañas, le dio la oportunidad a la Vueltabajo de contar con uno de los tres sabios cubanos. Entre los conocimientos que cultivó tan privilegiada mente, estuvo, el del mundo subterráneo.

Es complejo entender cómo fue posible que, en un lugar tan apartado de la geografía más occidental de Cuba, en pleno siglo XIX, cuando aún la isla apenas se conocía, y donde la información se movía con lentitud, este joven estudioso logró desarrollar en pocos años, tantos conocimientos en las más disímiles ciencias.

Cuatro elementos jugaron un papel primordial en este milagro: cultos padres, el que residiera cerca del eminente profesor francés, José María Dau, el tener un tío con vocación hacia la agrimensura como fue Marcial de Noda y haber nacido entre haciendas cafetaleras de emigrantes franceses, que trajeron consigo bibliotecas y un ambiente de ilustración que ni tan siquiera existía en San Cristóbal de la Habana.

Una buena parte de su juventud la pasó en la hacienda Limonar, cerca de Soroa; aquí fue donde desarrolló sus habilidades, guiado por su cercano vecino, y tutor, el paciente profesor José María Dau.

Gracias a este, quien escribió sus memorias, tenemos una versión directa de cómo fue la infancia y adolescencia de su discípulo; en ellas expuso como lo conoció y logró educarlo:

[…] A los 15 días de mi mudanza me visitó Baltazar Noda, acompañado de su hijo Tranquilino, niño gracioso que aún no había cumplido los 10 años de su edad, de ojos azules, pelo rubio, color muy blanco, algo grueso; mi esposa se admiró de la linda fisonomía y del aspecto modesto del niño; después tuvimos ocasión de ver que era el vivo retrato de su excelente madre, doña Isabel Martínez […] En sólo 3 años conoció la Gramática, Aritmética, Dibujo lineal, Geometría plana, Agrimensura, y comenzó los estudios de varios idiomas […].

Además, logró dominar, a lo largo de toda su vida las siguientes ciencias: filosofía, matemáticas, agronomía, historia, economía, pedagogía, literatura, taquigrafía, poesía, y múltiples idiomas como: latín, inglés, francés, portugués, italiano, griego, hebreo y dialectos como: maya, catalán, congo, mandinga y carabalí.

Una especialidad, de su vasto conocimiento, no han sido del todo estudiado, sus reportes acerca de las cavernas y el carso. Descubrimientos que comenzó a muy temprana edad, como demuestra la carta enviada a su profesor, cuando efectuaba un levantamiento de agrimensura junto a su tío Marcial de Noda en la hacienda La Jagua en el actual municipio de Bahía Honda, donde le expresaba:

En una cueva he encontrado osamentas humanas, mi señor padre entregará a usted. Una canilla que por su longitud parece haber pertenecido a un gigante, he querido reunir los demás huesos de que forma parte esta canilla, pero la fetidez de la cueva no me lo ha permitido. He encontrado algunos dientes enormes y algunos otros huesos que me parecen antediluvianos; en las láminas que conservo veremos a que clase de animales perteneció; dientes como estos, no los tienen los animales que hoy hay en el país.

Al parecer le correspondió a este estudioso, el primer hallazgo de algunos de los endentados gravigrados cubanos. Hasta hoy no han sido encontrados ninguno de los documentos que él refiere dibujado, tampoco sé conoce qué destino le dio José María Dau a esos huesos. La fecha del hallazgo es alrededor de 1823, es decir, cuando sólo contaba con 15 años. Y cuando hacía solo dos años había surgido la paleontología como ciencia de la mano del eminente Cuvier.

Lo interesante de este reporte es que no fue hasta 1860, cuando reportado el primer hallazgo de estas especies en Cuba; realizado en Ciego Montero, provincia de Cienfuegos. Estos restos fueron estudiados por el primer sabio cubano Felipe Poey Aloy y finalmente por varios especialistas extranjeros, correspondiéndole a Joseph Leidy el derecho de clasificación, al que denominó Megalocnus rodens.

Sólo 83 años después del descubrimiento de Noda, el tercer sabio cubano Carlos de la Torre y Huerta pudo reconstruir el esqueleto completo de esa especie.

En el año de 1823. Francisco Dionisio Vives, gobernador y capitán general de la Isla, solicitó a José María Dau que realizara una exploración geológica en el partido de Santa Cruz de los Pinos, siendo acompañado por nuestro biografiado. De esta investigación expresó el maestro:

Invité al joven Noda para que me ayudase en estos trabajos, hicimos veintidós excavaciones, hasta llegar a la base rocallosa de los diferentes terrenos, cuyas capas supuestamente analizábamos; durante esas operaciones, tuve ocasión bastante de admirar los conocimientos que en geología demostró Tranquilino. Hasta decir que el mismo extendió el informe pedido por la primera autoridad de la isla, mi firma era lo único que aparecía en ese bien redactado documento.

Una de las investigaciones que demuestran estar atraído por los misterios de las cavernas, fue la efectuada a las cuevas de Güira de Melena, conocidas como cuevas de Cajío. En correspondencia con Felipe Poey, revela los detalles de quizás el primer reporte de un tema científico efectuado a una espelunca en Cuba.

[…] por el año 1831 estaba yo en Güira de Melena. Supe que allá cerca en las cuevas del Cajío, había unos peces sin ojos, y procuré varios, […] Me convidaron a un bautizo, a un sitio en el potrero de Torres, al oriente del ingenio La Morenita, en el cual había cuevas y peces de los dichos […].

[…] antes de esperarlo me hallé a la puerta de una caverna. Descendimos bien y sin molestias. Un gran salón con troneras por el techo, cinco metros más bajo que el nivel del suelo, hacía de vestíbulo a la caverna, […] había que tirarse con el vientre por el suelo, pues apenas tenía la entrada medio metro de altura. […] Juanillo y otros dos fueron los únicos que me acompañaron.

Ya adentro escaseaba la luz. Encendimos velas de cera y adelantamos; pronto quedamos en tinieblas densísimas. Descendimos nuevamente por peñas húmedas y mohosas, sin precipicios. La caverna se ensanchaba, se abate, se subdivide; bóvedas negras como tintas nos cubrían. Ya es enorme la cueva, sobreviene el frío, el oxígeno escasea, la respiración se oprime, comienza un sudor frío.

Teníamos que ir juntos para no extraviarnos porque las luces, además de haberse vuelto pequeñitas como avellanas, no alumbraban a un metro de distancia; y teníamos que defenderlas para que no la apagasen millones de murciélagos, que, alborotados con nuestra invasión, revoloteaban y huían, soplándonos sin cesar en la cara con sus alas. Al fin Juanillo gritó ¡El Agua!

Llegamos sudando, pero con frío. Una enorme bóveda se aplastaba en el fondo como una decoración fantástica, hasta cerrar el agua. Creo que estábamos 20 0 30 m bajo el suelo superior pero no lo aseguro.

Allí a la difícil luz de nuestras casi extinguidas velas, columbré varios peces blancos entre aquellas aguas frígidas y purísima. Algunos bejucos acuáticos había adentro. ¿No les hacía falta luz?

Un pormenorizado análisis de este escrito permite analizar, lo que es quizá el primer reporte que con cierto carácter de estudio se hiciera a la espeleología cubana. Queda claro, en la descripción hecha por Noda, que es una clásica espelunca de las denominadas, cuevas de origen freático, con existencia de claraboyas en su entrada, presencia de bloques provenientes de desplomes, ubicada en la Llanura sur de La Habana-Matanzas.

Hay un elemento de lo que pudiera ser la primera descripción de una cueva de Calor. Entrada pequeña y baja, salón amplio a continuación, alta temperatura en su interior y elevada humedad relativa, dificultad para respirar y gran cantidad de murciélagos abalanzándose sobre ellos.

Continúa Noda en su carta a Felipe Poey:

[…] en la jícara teníamos un pez vivísimo, blanco, de un decímetro o más de largo, y sin ojos. ¿Era ilusión? […] se revolvía con facilidad, pues la jícara era capaz. Me parecía que la aleta dorsal se extendía hasta la cola, uniéndose a la anal.

El color general era blanco, ligeramente sombreado de violado. Veíase muy marcada en el costado la costura o línea de escamas. Estas eran imperceptibles a la vista. La inquietud del individuo no me permitía examinar el punto de los ojos, y resolví esperar a que se acostumbrara a la nueva morada […]

Esta acuciosa descripción es la primera descripción bioespeleológica del país. Un detalle de la sensibilidad del sabio ante las cosas de la naturaleza y provecho que de un error se puede hacer: el pez dentro de la jícara murió, y luego de lamentarse por el hecho, decide tratar de rescatar del mismo la mayor información posible para su posterior análisis por los especialistas, así pide un plato común, y colocando al pez, dibujó y analizó cada detalle externo del mismo:

[…] Al arreglar su posición observo que las aletas ventrales eran como dos hilos sueltos.
El cuerpo estaba cubierto de una capa de gelatina, como se nota en las anguilas. La cabeza ofrecía una piel granulosa; empecé a reconocerla con la punta de una aguja, buscando donde pudiera tener los ojos. Yo no tenía microscopio, pero mi vista era buena. Puedo afirmar que no tenía ojos […]

Para que quede demostrada la calidad de estas observaciones, leamos las respuestas ofrecidas por Felipe Poey:

[…] He recibido sus dos cartas instructivas y pintorescas sobre el pez ciego de las Cuevas de Cajío, su lectura me ha gustado mucho; no he leído con más interés “Los Misterios de París” … También aprendió usted a dibujar; es cosa muy importante en la vida.

No hay duda, por las señas, de que el dibujo del pez ciego que tengo a la vista sea de usted… Está bien hecho, con minuciosa exactitud, con la rigurosidad de la piel de la cabeza, y los dos hilitos casi imperceptibles que forman las dos aletas abdominales.

[…] en nada miente la descripción que usted hace; es mi pez. Próximo a la Brótula de nuestros mares, es género nuevo que llamo Lucífuga, sustantivo masculino en latín; la especie es Lucífuga subterraneus, así nombrado por mí.

Que el pez es ciego no hay duda; la observación externa, confirmada con la interna, lo demuestra; a lo menos, si no es ciego, no ve por medio de ojos. Falta examinar el encéfalo y ver si existen los lóbulos y nervios ópticos. […] Ya veo que debo a usted la primera noticia del pez ciego […]

Palabras como estas últimas ratifican el criterio de que Tranquilino Sandalio de Noda además de ser una estrella en el firmamento del conocimiento, que irradia su luz del saber, puede ser considerado como el primer espeleólogo de Pinar del Río.

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