EXPEDICIÓN A TRES ÍCONOS DE LA ESPELEOLOGÍA CUBANA

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Humberto Vela Rodríguez

Humberto Vela Rodríguez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

Recorra con los expedicionarios tres íconos del centro del país que todo espeleólogo debía conocer, el sistema de cuevas de Punta Judas, la típica cueva de calor La Chucha y el importante sistema cavernario de Caguanes.

Sistema cavernario de Punta Judas
Candelaria esperaba con su tractor y carreta cuando bajamos del camión de pasajeros en el poblado de Mayajigua procedentes de Caibarién, y se movió a parquear cerca para facilitarnos el trasbordo de los pesados bultos.

La prolongada sequía en la región se había obstinado hasta el día anterior, cuando los cielos se descuajaron en lodazales con los que batallaba la máquina en su embrague de fuerza, dejando atrás en su resbalar un rastro de hileras irregulares. A ambos lados, extensas praderas habían desplazado a los vastos cañaverales de antaño, con centenares de escuálidas reses pastando donde aparecían con frecuencia las  grotescas imágenes de otras que no resistieron el severo estiaje, infladas y coronadas de lozanas cuadrillas de auras tiñosas.

–Mira Diego, hasta se pueden comer –dijo Carlitos riendo.
–¿Las reses muertas? –preguntó Vladimir alarmado.
–No, hombre, las auras carroñeras.

La distancia disminuyendo hizo que las cuatro lomas que componen el sistema fueran separándose unas de otras para mostrar sus contornos y alturas relativas, induciéndome a evocar las pretéritas expediciones realizadas a este maravilloso lugar: la primera, en la década de los ochenta, cuando creía encontrarme en una región de acceso libre y fui expulsado con mis hijos adolescentes; la siguiente, cuando descubrimos la segunda colonia cavernícola del murciélago pescador; y las diez posteriores para escudriñar la quiropterofauna de las más importantes cuevas entre las cincuenta y cuatro descubiertas por Ángel Graña y Gerónimo Izquierdo en la década de los setenta. Miraba el terraplén y recordaba las tantas veces que lo había caminado con la pesada mochila a cuestas colmada del avituallamiento y equipo para varios días de trabajo. Otra vez respiraba la brisa salitrosa del mar que se acercaba.

El calor de los días finales de agosto resultaba agobiante cuando llegamos a la entrada de la cueva Grande casi siendo mediodía, pero nada más traspasar el umbral nos abrazó su bienhechora frescura. Anduvimos en la oscuridad a la luz de los frontales, hasta llegar a la dolina bajo la claridad que se tamizaba entre los árboles emergidos, donde cada cual buscó sitio para soltar la carga y extender los lechos de campaña.

La cueva del Abono se encontraba muy cerca del campamento recién instalado, pero Armando Longueira, el especialista senior de las cuevas calientes de Cuba, nunca la había pisado. Estaba tan ansioso por la inminencia del encuentro que me preguntó indeciso: “Vela, ¿te acordarás de su ubicación? A lo que respondí sin pensar: ¡Coño, Longueira, con los ojos cerrados…!”

Raudel, Yamilé, Diego, Carlitos, Pancha, Candelaria, Longueira y yo, caminamos flanqueando brevemente el bajo farallón hasta llegar hasta la sombreada dolina que daba acceso a la cueva. Un vasto salón nivelado con columnas a intervalos y techos de moderada altura se nos presentó al bajar la rampa. Siguiendo el muro de la derecha topamos pronto con lo buscado: un acceso bajo que daba a un salón de regular tamaño por donde salían a tropel bandadas de murciélagos sorprendidos en medio de su plácido reposo. Yamilé batía en el aire una de las redes manuales y yo otra para capturarlos y después verterlos en un depósito mayor. Adentro, nos recibió un colchón de blando guano y una nube de pavorosos murciélagos que bullían en el aire caliente y húmedo del recinto. Diego, de cinco años, pugnaba a gritos por sumarse a la pesquisa. Sudábamos copiosamente y se agitaba la respiración, pero Longueira se sentó sobre el laxo guano, extrajo y dispuso sobre el suelo un marco cuadrado de madera y con la prolijidad de un cirujano recogió con una paleta la capa superior del guano contenido en  su área. “¿Y eso, Longui…?”, preguntó Pancha. “Para después reconocer las especies y abundancia relativa de los argásidos (garrapatas) que viven en este guano”, respondió.

Carlitos atendía con ojos expertos a los invertebrados presentes en las paredes y pisos, mientras Yamilé y yo persistíamos en nuestras capturas. Raudel, por su parte, no detenía el clic de su cámara fotográfica. Medimos la temperatura y humedad relativa del salón y salimos al ambiente reconfortante de la dolina. Sentados sobre la hojarasca nos dimos a analizar los murciélagos colectados. Dos especies resultaron nuevas para la cueva y el sistema en general: Nyctiellus lepidus y Chilonatalus macer, además de los acostumbrados Phyllonycteris poeyi, Pteronotus quadridens y Mormoops blainvillei; todos los cuales, después de ser analizados, fueron liberados para que retornaran a sus gratas madrigueras.

El siguiente objetivo en Judas consistió en la revisión de la colonia de Noctilio leporinus (murciélago pescador). Revisé cuidadosamente parte de la cueva Grande a fin de observar las diseminadas campanas tubulares abiertas en los techos y verificar la ocupación o no por parte de los pescadores, y medir después la profundidad y diámetro de los conos de excretas, todo lo cual constató el buen estado del demo. Faltaba nada más realizar una colecta en la campana 5, nunca muestreada. Para esto até un jamo de tela al extremo de una larga vara que elevé hasta cubrir la entrada de la oquedad, mientras Omar hurgaba su interior con otra para incitarlos al abandono y consiguiente caída en mi jamo.

En total obtuvimos cuatro individuos machos. Yamilé Luguera, apasionada también a los murciélagos y contagiada del anterior frenesí de Longueira, no cabía de gozo en el salón. Los manipulaba sin guantes, les acariciaba el dorso, les hablaba quedo y se hacía fotografiar repetidamente con ellos. Había tenido la oportunidad este día de tener por primera vez  en sus manos los murciélagos de menor y mayor talla del país. Después, fueron medidos, pesados y registradas la temperatura corporal, para finalmente liberarlos y admirar sus vuelos de pausados y potentes aletazos.

Se hacía de noche y Raudel, el miembro más útil de la expedición, acopió la leña, armó el fogón y se concentró en la hechura de los ansiados espaguetis, mientras los reparadores buchitos de ron subían de tono los comentarios sobre la provechosa jornada. Entretanto, Diego se acercó a Raudel para preguntar:

–Papá, ¿falta mucho?
–Los espaguetis demoran, Diego.
–¿Espaguetis? Carlitos dijo en la carreta que comeríamos auras tiñosas…

Cueva La Chucha
Candelaria nos trasladó en su vehículo hasta donde el camino lo permitió, junto al arroyo Aguacate muy cerca de cueva La Chucha. Siguiendo el trillo paralelo a Lomas de la Canoa, caminamos hasta reconocer el sendero que en breve ascenso conduce hasta la caverna.

Tampoco aquí el acercamiento impidió que asomaran las añoranzas por el tiempo ido, cuando en compañía de Martín Núñez y de José M. Ramos la trabajamos durante los primeros y duros años del periodo especial: la cuidadosa cartografía, el clima, los murciélagos y la fauna colateral, comiendo viandas hervidas y viajando en bicicletas.

Ahora, pasado el mediodía e incorporados  Martín y Josué a esta parte de la expedición, nos adentramos en la cueva. Vestimos ropas ligeras y viejos zapatos para desecharlos después. Las tinieblas van disipándose al paso con la luz de los frontales. Se percibe con agrado la elevada humedad, el frescor y el olor típico de la caverna. Nuestros pasos resuenan sobre los embebidos guijarros acarreados por el río.

La topografía es irregular: se suben y bajan desniveles, se repta por oquedades, se evaden derrumbes rocosos… Vencemos la Galería Estrecha, de obligada fila india, y descendemos un pronunciado escalón para entrar en la de Los Guijarros, a mitad de la cual debían comenzar a aparecer los lagos residuales, ahora escurridos por completo. Con el avance se van imponiendo progresivamente los cambios: los murciélagos se hacen más numerosos, alborotando con sus chillidos y aleteos; el aire se calienta; aparecen enjambres de unos pequeños dípteros atraídos por los focos que molestan al introducirse en ojos y narices; se muestran manadas de repulsivas cucarachas caseras en pisos y paredes y se dificulta la respiración. Diego advierte: “Se está acabando el aire”. Y se generaliza la retirada.

Longueira, Carlitos, Omar y yo continuamos. A la altura de la Galería del Fango el aire se enrarece más aún y la respiración se torna jadeante, mientras el corazón galopa presuroso. Pero seguimos. Llegados a La Bifurcación, Longueira se detiene diciendo sentirse mal y retrocede un trecho en compañía de Carlitos para sentarse desfallecido en el fangoso piso. Omar y yo continuamos y subimos a los grandes gours, a sabiendas de que lo peor se encuentra en los siguientes treinta metros, donde debemos registrar los datos  meteorológicos.

Entonces reflexiono y advierto a mi amigo que hacíamos de héroes sin causa, pues los instrumentos habían quedado con Longueira. Volvemos con los otros y nos tumbamos en el piso a jadear, sufriendo ya el punzante dolor de cabeza. No obstante, como consuelo, decidimos medir en La Bifurcación, moviéndonos con la mayor lentitud posible a fin de demandar la menor cantidad de oxígeno. Sin embargo, los datos obtenidos sobre la temperatura y humedad no tuvieron mucho de extraordinario (32,2o C y 94% HR). El monstruo que nos agobiaba era etéreo y sutil, y consistía en la sobrecarga de bióxido de carbono presente en los bajos niveles de la caverna.

En el campamento comimos y bebimos abundante agua y descansamos hasta el atardecer, cuando comenzó el éxodo espectacular de los murciélagos en un caudal increíble e inagotable hacia el exterior, durante horas y horas hasta casi empatar con la inmersión contraria y solo cesar con las primeras luces del sol.

Cayo Caguanes
En la mañana siguiente, a las nueve en punto como estaba concertado, el tractor y carreta, ahora del Parque Nacional Caguanes, llegaron a la bodega de El Baño, donde esperábamos desde hacía un rato. Venían a nuestro encuentro mi gran amigo, el biólogo Armando Falcón Méndez, especialista de dicha área protegida, acompañado del espeleólogo Miguel A. Delgado y el paleontólogo Carlos Alemán. Despedimos a los cuatro integrantes que terminaban sus labores en la expedición y montamos en la carreta rumbo a Cayo Caguanes, distante veinte kilómetros al norte.

El alborozo durante el viaje estaba justificado. Íbamos en pos del más importante sistema cavernario del centro de Cuba y de un valioso patrimonio espeleológico del país. Primero, la bacheada carretera hasta el fenecido central Aracelio Iglesias; después, el deplorable terraplén; por último, los tres kilómetros adentrados en el manglar sobre la abandonada vía, ahora emergida gracias a la sequía y construida media centuria atrás para transportar el guano de murciélago extraído de la entonces bellísima Cueva de Humboldt. Pero el tiempo voló con la amena charla de Armando, la algarabía de Carlos Hernández identificando la avifauna y la cháchara de Diego y Yamilé, hasta que la máquina roncó violenta para vencer la suave cuesta y plantarnos en el firme del añorado cayo.

Pero tampoco aquí me libré de las evocaciones. La de los años transcurridos anhelando una visita hasta conseguir por fin la difícil autorización; el descubrimiento en una de sus cuevas de los restos fósiles más completos y mejor conservados de Ornimegalonix oteroi, un búho gigante extinguido a finales del pleistoceno; el monitoreo sistemático de la gran colonia de Nyctiellus lepidus en la cueva de las Tres Dolinas; la cueva de Colón…

La rampa descendía ondulante desde el sendero principal hasta la Cueva de los Chivos, de un pórtico espacioso que continuaba a un primer salón de piso limpio y nivelado con una bella columna central y una claraboya que permitía entrar un hilillo de luz celestial, donde montamos el tercer campamento con el único propósito de dormir al amparo de los jejenes y mosquitos.

Con todo listo partimos hacia el primer objetivo del día: la Cueva de Colón. Até la escala a un árbol y bajamos a la Dolina del Jagüey. Diego también, sin ayuda, pero bajo la segura vigilancia de su padre. Abajo, ordenamos el equipamiento de trabajo y nos adentramos después en la cueva. A gachas atravesamos la gatera y pasamos al Salón de los Murciélagos, antes colmada por una numerosa colonia de Erophylla sezekorni y ahora vacía. Después, los dos salones calientes con disminuidos demos de Pteronotus quadridens y Pteronotus macleayi y la sola presencia de individuos jóvenes de Phyllonycteris poeyi. Se realizaron los monitoreos de rigor y se liberaron todos los individuos.

El otro objetivo consistía en la revisión de la colonia de los murciélagos pescadores de la cueva Grande, la primera descubierta en una gruta del país. Accedimos a ella por su entrada principal que da paso al salón del León, así llamado por la existencia de una figura pétrea que recuerda a ese felino. Pasamos después al Salón del Campamento y al del Capitolio, donde torcimos a la izquierda para penetrar en el de Los Murciélagos  –también sin murciélagos– y comenzar a percibir la conocida fetidez típica emanada de los conos de excretas de los grandes quirópteros. Llegamos y allí estaban, en lo profundo de la mayor de las campanas abiertas en el techo. Con todos los frontales enfocados hacia ellos, comenzaron a moverse perezosamente  y a descender con lentitud por las paredes de la oquedad, sin intentar escapar en todo el tiempo que allí permanecimos, a contrapelo de lo que suelen hacer la mayoría de los murciélagos. Yamilé retornó a su gozo y Raudel a tomar magníficas fotos que después me permitieron corroborar los conteos visuales realizados in situ.

En retirada de la cueva y al pasar por las dolinas, se oía el retumbar de los truenos y se veía caer la lluvia, un espectáculo que siempre me ha complacido al amparo de las grutas. Hice un aparte, dejando por un momento a los queridos colegas, para disfrutar de aquel acto natural hasta que pronto cesó la tormenta. Salimos al sendero encharcado y de común acuerdo pasamos por los Chivos para cambiar a ropas ligeras y continuar bajo la despiadada plaga de jejenes rumbo a la playita, y meternos hasta el agua al cuello en compañía de Armando y los demás y hacer un ruedo y desatar la amena charla animada con los etílicos de Omar, hasta que la noche y la oscuridad nos obligaron a salir, ya sin jejenes, y derramarnos dos jarros de agua dulce por encima y degustar la exquisita cena en la casona de los guardabosque, y después sucumbir al profundo sueño en el “cinco estrellas” de la Cueva de los Chivos.

La mañana comenzó con la música de los Beatles en el móvil de Longueira y con la primera escaramuza entre él y Yamilé, y con el café humeante de Pancha repartido a todos, y con el aviso desde la casona de un desayuno preparado y la disputa de consumirlo o no por razones de tiempo, hasta que Raudel se decidió a buscarlo.

La primera labor consistiría en la revisión de la colonia de Nyctiellus lepidus en la cueva de las Tres Dolinas. Tomamos por el sendero principal y después por el trillo bajo la fronda del bien conservado bosque semideciduo hasta llegar a las dolinas verticales, una de las cuales permite el cauteloso descenso. En adelante, las incómodas gateras y después el vasto salón donde colmaban el techo los minúsculos murciélagos de Cuba. Las redes flamearon, chasquearon las cámaras, se activaron los termómetros y se escucharon las exclamaciones de admiración. Después, a la rueda y al círculo de luz permitido por una elevada claraboya, el examen y posterior liberación de la muestra.

A poca distancia teníamos el segundo trabajo. Un agujero tan estrecho como una persona normal, que se abría dando lugar a un desarrollo vertical acampanado de unos ocho metros. Dispuse la escala y Raudel, un experto en la prospección con cuerdas, descendió ligero; seguido, más pausado, por Longueira y finalmente por mí, que me trabé y rompí lastimosamente mi short. Afuera, Yamilé clamaba por descender pero Diego no se lo permitía y Pancha intercedió para convencerlo: “Mira, tu mamá va a bajar para traerte un murciélago”. A lo que respondió ofuscado: “¡A eso fue mi papá!”.

La cueva en cuestión, denominada del Casco, se había comportado en años anteriores como un centro de reproducción de Nyctiellus, concentrando hembras gestadas para formar una colonia de maternidad, mientras los machos permanecían en Tres Dolinas durante todo el periodo de la crianza. Ahora, las colectas realizadas en ambas cuevas resultaron de elevados porcientos de ellos, indicativo de la mudanza de las féminas a otra de las tantas cuevas de Caguanes.

Lo último, como brillante colofón de la expedición y con el agregado de los demás participantes, fue la visita al salón de las Maravillas en la cueva del Pirata: un bosque de inmaculadas estalactitas gruesas ornadas de infinidad de caprichosas helictitas cayendo como un torrente de la  elevada techumbre. Un regalo inapreciable de la madre naturaleza.

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Semanario CUBA SUBTERRANEA