FELIPE POEY: DOCTOR EN LEYES, NATURALISTA POR CONVICCIÓN

Luis Úbeda
Tomado de Cuba Ahora

Nacido el 26 de mayo de 1799 bajo los últimos resplandores de un siglo XVIII iluminado, don Felipe Poey y Aloy está considerado el ictiólogo latinoamericano más relevante de la historia, a pesar de haber incursionado en las ciencias naturales de forma puramente autodidacta.

En 1820 Poey se gradúa en La Habana de bachiller en Derecho; viaja a Madrid y allí, cinco años más tarde, se recibe de abogado. Sin embargo, desde tiempo atrás su verdadera vocación enfila al acopio de dibujos de peces y la conservación, en frascos contenedores de aguardiente, de otros tantos.

Con éste, por ahora, pequeño arsenal, viaja a París, donde es recibido por el primer naturalista de la época, Jorge Cuvier, quien valora favorablemente las empíricas investigaciones de su joven admirador –a la sazón Poey tiene 27 años de edad- y lo introduce en los más prestigiosos círculos naturalistas parisinos.

Seis años después, el cubano se convierte en uno de los 14 miembros fundadores de la Sociedad Entomológica de Francia, y en 1836, de la Real Sociedad Zoológica de Londres, considerada la primera de las siete entidades científicas extranjeras que lo distinguieron como asociado.

Poey fue un erudito nato. Su proyección intelectual numerosa y diversa, reflejo de un saber casi enciclopédico. Publica ensayos acerca de la abeja o el jején; de los insectos lepidópteros; de algunas especies de moluscos terrestres cubanos o bien de la circulación sanguínea del cocodrilo.

Pero incursiona en materia de Geografía Universal, Mineralogía y una geografía de la Isla de Cuba, así como también en innumerables descripciones de crustáceos y fósiles patrios, críticas poéticas, estudios filológicos, acentuación y prosodia castellanas, e incluso hasta sobre las deformaciones craneanas practicadas entre los taínos.

Nadie duda de su pasión por la ictiología, a la que le debemos más de 40 trabajos con el rigor científico que lo amerita y su monumental Ictiología Cubana, considerada una obra clásica por los entendidos, que atesora 782 especies descritas, con 1 300 ejemplares figurados a tamaño natural en un total de 1 040 láminas, originales todas del autor.

Un simpático detalle describe de cuerpo entero a este científico de carácter sencillo y afable: un discípulo quiso conocer el por qué siempre dibujaba los peces por su lado derecho, a lo que contestó: «Escojo el lado derecho, porque es ridículo enseñar el animal con la cabeza abajo, o con la cola al primer aspecto, al dar vuelta la hoja»… Así de simple.

ICTIOLOGÍA CUBANA

De las casi 800 especies válidas halladas en nuestras aguas, Poey describe en su admirable composición 465, de ellas 125 como nuevas –y que aún conservan su validez sistemática–, y también hoy se reconocen como admitidos 15 de los 27 géneros propuestos por él, de los cuales tres son la base para otras tantas familias de peces.

Su respeto por la ciencia resalta en este aserto: «He querido dar a conocer lo cierto por cierto y lo dudoso por dudoso, de modo que yo no aseguro que nada sea nuevo si no lo es realidad». En 1883 el ictiólogo norteamericano Davis S. Jordán destaca: «He podido tener la oportunidad especial de estar seguro sobre mis identificaciones de las especies de Poey, ya que casi todas las noches iba a la casa del Profesor y mi lista diaria era comentada y, en todos los casos, se discutía y comparaba directamente con las descripciones y los dibujos de su manuscrito Ictiología Cubana…

«En forma solitaria, sin auxilios y casi sin medios, trabajó este sabio; de su peculio enviaba los ejemplares tipos de las especies por él descritas a las colecciones de instituciones extranjeras, como por ejemplo a la Academia de Ciencias de Filadelfia, a la Institución Smithsoniana de Washington, al Museo de Berlín y al de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard, donde por cierto se encuentran 188 de los 389 tipos de Poey. (El paradero de los restantes tipos es desconocido en casi todos los casos y, a veces, como sucede con la especie Acanthurus sp. No. 667 –un «barbero»–, no existe información adecuada, ya que dice: «Envié esta especie al Sr. Agassiz, sin tener tiempo de dibujarla. Longitud 40 mm».)

Jordán explica este proceder de Poey: «Los duplicados raras veces se han conservado en La Habana, ya que el costo de mantenimiento de una colección permanente es muy elevado. No existe un laboratorio zoológico en Cuba, excepto el estudio privado del Profesor Poey, y en él, debido a falta de espacio y otras razones, los dibujos han sustituido, en gran medida, el lugar de los ejemplares».

El eminente científico dio término a su Ictiología cubana a los 84 años de edad; aún viviría siete más, pues falleció el 28 de enero de 1891. De esa época son estas consideraciones acerca de otros biólogos contemporáneos: «Hace algún tiempo que los ictiologistas de los Estados Unidos han convenido en no observar la ley de prioridad con respecto a los autores anteriores a Linneo, incluso los próceres Artedi y Gronovio; grande injusticia, a mi parecer…» Y con su escalpelo crítico, lapida la tan por entonces aclamada obra de Juan Federico Gmelin: «Obra indigesta, poco citada; tiene el inconveniente de confundir lo que es suyo con lo que es de Linneo…

«Su espíritu de justicia fue proverbial. En evitación de las confusiones propias de la sinonimia en el campo de las clasificaciones –»esa peste de la Historia Natural», como la tachaba Poey–, trató aisladamente las especies descritas por Cuvier y Aquiles Valenciennes, «…dando a cada uno lo que es suyo, por ser mejor y de justicia, contra la general costumbre». 

NO SOLO PARA CIENTÍFICOS

Quienes hemos echado una ojeada a la Ictiología cubana por mera curiosidad periodística, advertimos que a más de abundar en las descripciones sistemáticas con la seriedad y rigor exigidos, la obra no solo está abierta al naturalista, sino para quienes deseen conocer los más disímiles aspectos de las especies. Al final de cada descripción Poey introduce una «Historia del Pez», donde se nos presenta como ecólogo, estudioso del origen de los nombres vulgares, del pescador, gastronómicos, etcétera.

Encontramos detalles como estos: «Buena carne para caldo; desestimada de otra manera por sus muchas espinas; por lo que los pescadores procuran engañar con el nombre de Liza francesa…» (Se trata del Macabí, Albula conorhynchus, reflejada en el Tomo 1). O cuando describe al Mantejuelo Real (Elops saurus), Tomo 3: «Los pescadores le dan un nombre indecente, que se ha modificado en esta obra. En Matanzas, como en algunas Antillas Menores, está nombrado Banano». Y en el Tomo 6 acota sobre el particular: «Es bastante raro… En Galicia lo llaman Bonito».

Otras descripciones son jocosas, como la del Melichtys piceus, conocida también como negrito, galafate o calafate (Tomo 6), que reza: «Galafate significa, en español, ladrón astuto: nombre vulgar bien aplicado, porque el pez roba la carnada a pequeños bocados, sin embuchar el anzuelo». Sobre la tiñosa sorprende lo que acota en el Tomo 2: «Su aspecto es repugnante y la familia, sospechosa de portar la ciguatera, han contribuido a inscribirlo en la lista de los peces vedados… Lo he comido y lo he hallado muy bueno». Este cronista descubrió tiempo atrás que en los estados brasileños de Río Grande del Sur y en el norteño Ceará, se comercializa para el consumo humano y goza de gran demanda. ¡Maravillas de la ciencia!

Llama la atención su agudeza con respecto al pez Mariposa (Lampris guttata), Tomo 5, que le permite hacer una inferencia acertada y no empañada por las apariencias, a pesar de constituir una especie pelágica cuya captura se realiza en alta mar. Comenta Poey: «El pecho endurecido de este animal permite creer que se arrastra sobre la arena para encontrar un alimento que esté de acuerdo con la pequeña abertura de su boca, privada de dientes para sujetar una presa furtiva». Con posterioridad se comprobó que el pez Mariposa ingiere un pequeño bivalvo de concha frágil (Género Donax), que vive en fondos arenosos costeros. 

RECONOCIMIENTOS

Muchos merecieron su labor científica. Eminentes especialistas como Teodoro Gill en 1861, Steindachner en 1867, Tarleton H. Bean en 1885, Jordán en 1887, Jordán y Evermann en 1896 y Bigelow y Schroeder en 1948 –por solo citar algunos–, le dedican sendas especies aún válidas, pertenecientes a los géneros Dactyloscopus, Halichoeres, Pempheris, Synodus, Syngnathus y Cruriraja, respectivamente, todas con la designación específica correspondiente a poeyi.

No haber podido publicar en vida Ictiología cubana (de forma incompleta Sánchez y Gómez lo hicieron en 1955, y Duarte en 1962), provocó que tanto Poey como Cuba, perdieran la prioridad de varias especies entre las que sobresale un «lagarto» clasificado por él como Saurida occidentales, y que más tarde, en 1935, el ictiólogo Norman reportó como nueva para la ciencia bajo el nombre de Saurida brasiliensis.

No quiero concluir la semblanza de este «intruso profesional», que tanta gloria ha dado a Cuba sin transcribir su Testamento, donde hace su profesión de fe:

Habana, San Felipe Neri, 26 de mayo de 1889.
Mis queridos sobrinos Serafina y Joaquín: Suplico que a última hora me dejen morir tranquilo, conforme a mi Ley. Me hicieron cristiano sin consultármelo; la razón y la filosofía me han hecho materialista. No creo en Dios. La idea de Dios, con los atributos que le conceden, es inconcebible; su definición es negativa e impalpable. El Dios de los cristianos es egoísta y cruel. Sí, porque no hay reloj sin relojero, se infiere que no hay universo sin Dios, díganme: ¿quién hizo a Dios? ¿Salió de la nada? Si Dios existe, me juzgará por mis obras, no por mis creencias. Nadie es dueño de creer o no creer… La Sagrada Escritura trae una carta de San Pedro, que dice: El que tiene malas obras y tiene fe, Dios le debe la salvación por débito. No admito confesores, tan pecadores como yo, y rechazo los auxilios espirituales de la Iglesia. Rehúso especialmente a los jesuitas. Tengo mucha amistad con el Padre Viñes (notable meteorólogo de la época. N. del A.), pero a última hora no quiero verlo en mi cuarto, ni su sombra. Federico tiene el encargo de conseguir buenamente que mis amados sobrinos me dejen tranquilo, en cuyo caso quemará esta carta. De lo contrario la presentará a los dos, y si con esto no basta, si entran sacerdotes tan hombres como yo, a ponerse en comunicación con Dios, conseguirán desesperarme anticipando mi muerte, y oirán blasfemias que nunca han oído.
Quiero morir como Antonio Mestre: sin escándalo.
(A Federico Poey. Para entregar a su debido tiempo a Serafina y Güell).
Fdo. «Felipe Poey».