GENESIS DE UN EXPLORADOR: EL BAUTISMO

MEMORIAS DE UN EXPLORADOR

Cuba subterránea abre una nueva sección que pretende compartir con el internauta las memorias de exploraciones vinculadas a la vida de los espeleólogos, una mirada donde se mezclan la aventura, la ciencia, los sentimientos humanos hacia la naturaleza y su vínculo con el hombre. Se inaugura con los relatos del explorador e investigador Dr. C. Jorge Freddy Ramírez, Miembro de la Sociedad Espeleológica de Cuba, quien durante 45 años ha realizado investigaciones a lo largo de la geografía cubana, así como en otras latitudes del planeta.    

GENESIS DE UN EXPLORADOR: EL BAUTISMO

Supongo que todos los exploradores tienen su simiente vinculada a personas o hechos que marcaron la génesis de una etapa en su vida, y que lo diferencia del hombre común, llegando a ser tildado en el peor de los casos de loco… este es mi caso.

El alma inspiradora de mis desenfrenos investigativos, de los que aun padezco a pesar de más de seis décadas de vida, fue la persona que me trajo al mundo en el año de 1958.

Aquella mujer de fuerte raigambre campesina, luchó a brazo partido por emanciparse de la ignorancia por la vía de los estudios, pero los imponderables de su condición humilde no le permitieron pasar más allá del 4o grado de la enseñanza primaria. No obstante, aprendió muy bien lo que estudió, dando muestra de inteligencia e inquietudes hacia las ciencias naturales.

En mis primeros acercamientos a los libros, con apenas unos cinco años, y sin comprender aún que significaban aquellos textos que se combinaban con hermosas fotografías de lugares y dibujos de animales de todo tipo, sentía que todo me llamaba poderosamente la atención.

En la medida que fui creciendo, aumentaba el interés por aquellas obras, hasta que llegó ese momento en que los signos incomprensibles se volvieron lecturas reveladoras que despertaron mayor interés.

Las enseñanzas de la escuela me permitieron saber de qué se trataba aquel texto sugerente… el que nunca he olvidado a pesar del paso de los años. Mi madre, al ver mi devoción por el libro, ya amarillento y gastado por el uso, me contó que se trataba de la “Geografía de Cuba”, escrito por ese grande las ciencias cubanas, Carlos de la Torre y Huerta, para la enseñanza primaria en Cuba.

Era una edición de inicios del siglo XX, texto básico del cual se sirvió mi progenitora en su paso por aquellos frustrados años de escolaridad.

A partir de esos primeros momentos, mi madre me trasmitía su interpretación de aquellas páginas de texto e imágenes que nunca aburrí, volvía una y otra vez a repasar las páginas, hasta que quedaron impregnadas en mí.

Así conocí las cuevas de Bellamar, el resolladero del carismático río Cuyaguateje, los diferentes paisajes cubanos, sus ríos, montañas, saltos de agua, la flora y la fauna. Ahora…al pasar de los años, me sorprende como un niño de aquella edad podía estar tan interesado en adentrarse en los laberintos de la naturaleza cubana.

Para colmar mi curiosidad infantil, tuve el privilegio de crecer en los primeros años en la cuenca del río Arimao, allí donde forma un hermoso valle entre los pueblos de Cumanayagua y Manicaragua, compartido por las actuales provincias de Villa Clara y Cienfuegos, encerrado entre dos cadenas montañosas, al norte la más bajas denominadas Alturas de Cubanacan, y al sur, la majestuosa Cordillera de Guamuhaya.

Hacia esa muralla natural fijé la mirada para siempre, era habitual en las mañanas y en las tardes, no sé por qué…, mirar al horizonte las azuladas y provocadoras elevaciones.

Durante la adolescencia, ya mi curiosidad hacia la naturaleza y a las aventuras protagonizadas por famosos exploradores, conocidas a través de lecturas de ficción como las del escritor Julio Verne, de quien me hice lector empedernido al igual que de otras obras, crearon en mi la necesidad de darle rienda suelta a todo aquel mundo de realidades y fantasías. Se mezclaban ciencia prematura con aventura, solo faltaba la oportunidad…la eclosión.

En 1975, a los 17 años, estudiaba becado el 9o grado en la Secundaria Básica en el Campo “Carlos Roloff”, en el municipio de Cumanayagua. En aquel lugar, me deleitaba con las clases de geografía física impartida por el profesor Tabío, pero… las que más me entusiasmaban eran las de Historia, ofrecidas por el pedagogo Raúl Rodríguez.

Por él supimos que era miembro del grupo de aficionados a las investigaciones arqueológicas “Arimao”, sus miembros desde hacía tiempo indagaban sobre los pobladores originarios del archipiélago cubano, cuya presencia en la región centro-sur de Cuba era evidente a partir de las evidencias estudiadas.

Algunos de los estudiantes de mi aula, nos quedábamos embelesados con los relatos de las exploraciones y hallazgos realizados por el grupo “Arimao”. Nos convertimos en admiradores de ese colectivo de investigadores, hasta que en el verano de 1975, recibimos la invitación del profesor Raúl a visitar una cueva con posible presencia de evidencias arqueológicas.

Con el propósito de explorar la cavidad subterránea, dirigidos por el profesor Raúl, salimos un pequeño grupo de estudiantes de mi aula. El recorrido de aproximación lo hicimos a pie desde la secundaria donde estábamos becados, pues la ubicación de la cueva era relativamente cerca.

Transitamos por el camino de Seibabos rumbo a la comunidad de La Mosca, allí unos vecinos nos indicaron como llegar a nuestra meta.

Para llegar a la cueva nos internarnos en las primeras estribaciones de la Cordillera de Guamuhaya, por caminos y trillos, hasta arribar a la cavidad que resultó ser una pequeña gruta sin huellas de la presencia de los primeros habitantes.

Para todos fue desconcertante pues llevábamos la ilusión de descubrir huellas de los aborígenes. A pesar de su pequeño tamaño tuve mi primera experiencia cavernícola, dejando una huella imperecedera en mi vida. Algo nuevo se habría ante mí, y que siempre me acompañaría, la pasión por el mundo subterráneo.

Sin nada más que hacer en aquel sitio, y con la frustración de no haber hallado evidencia arqueológica alguna, decidimos regresar. El profesor Raúl consideró que podíamos cortar camino, pero… para ello, teníamos que ascender por la pared del farallón donde se abría la cueva.

No lo pensamos más… comenzamos a subir el empinado muro rocoso, cubierto, en parte, por hierbas y arbustos a cuyos troncos nos asíamos. En la medida que trepábamos nos acercábamos a la cumbre, si saber lo que me esperaba antes.

El ascenso, bien pegado a la pared, me obligaba a mantener la vista al frente y próximo a esta, de pronto… escuché un zumbido fuerte cerca, hasta que… de súbito… cientos de abejas se enredaron en el cabello y cubrieron parte de la cara.

El terror se apoderó de mí, nunca antes había tenido esa experiencia, perdí el control y comencé a dar manotazos tratando de quitarme aquel enjambre endemoniado que aumentaba por instantes. La situación empeoraba con peligro para mi vida, pues podía caer al vacío.

Ante aquella circunstancia, y sin poder auxiliarme, el profesor trataba de controlarme, pero mis gritos de pavor ahogaban sus indicaciones. Asumí la resolución que primero vino a mi mente en ese momento de desesperación… no sé hasta hoy cómo fue ni cómo lo logré…pero subí lo que faltaba de farallón con una velocidad y agilidad más allá de mis capacidades físicas reales.

Pero las abejas seguían fustigándome y percibía la inflamación de las múltiples picadas que me había inferido, llegado a la cima corrí desesperadamente hasta enterrarme en un montón de hierba alta, allí estuve unos minutos y sentí como las abejas comenzaron a dejarme quieto.

Mis compañeros de exploración acudieron al lugar, riéndose de mi odisea, pero solo me quejaba de las picadas. Comentaron que nunca antes habían visto a alguien subir un farallón a esa velocidad.

Pasado aquellos instantes inolvidables, se reanudó el regreso a nuestra escuela. Para mí… sería el bautismo de un explorador, el comienzo de una vida vinculada a la naturaleza y a la huella que en ella el hombre ha dejado.

Hasta hoy… sigue viviendo en mí ser, la necesidad de continuar explorando e investigando, allí, donde aún la ciencia no ha dado la última respuesta…