GUANAHACABIBES, UN PARAÍSO ARQUEOLÓGICO CON AVES Y JEJENES

Una parte del área protegida correspondiente a la Península de Guanahacabibes, del municipio Sandino, provincia de Pinar del Río, resguarda una fauna significativa, varios sitios de interés arqueológico y es hogar de campesinos que mantienen vivas costumbres familiares.

Con la misma emoción de siempre cargué una vez más mi mochila con lo necesario y en la tarde salí rumbo a la ciudad de Pinar del Río.

Esta vez éramos 6 integrantes para una nueva aventura en la Terminal de Ómnibus de Pinar. Debíamos abordar un camión hasta Babineyes, para después continuar a pie hasta El Limón.

El recorrido fue largo, pero las vistas desde el transporte eran bien interesantes y variadas. Luego de atravesar un sin número de pueblos pinareños, nos bajamos en Babineyes. Ahí mostramos nuestros permisos, estaban en orden, por lo que pudimos continuar viaje hasta el área de campamento

Después de caminar unos kilómetros, llegamos a las casas de Miguel Canga (Pipo), Juan P. Mesa, Aida Fernández y Ana María Peralta, ubicadas alrededor de varios hornos de carbón en pleno proceso de quema.

Como es típico de la maravillosa gente de campo, nos recibieron con alegría, brindándonos de todo para hacer más placentera nuestra estancia. De hecho, nos acomodaron en un pequeño bohío con todo lo necesario para cocinar y dormir.

Además, ellos nos sirvieron de guías para ver algunas de las cuevas aledañas al campamento, las cuevas del Indio y del Hurón. Esta última con una estrecha entrada, que Yusnaviel García (El Chispa) atravesó sin mucho problema en busca de reptiles para estudiar.

En ambas solapas, sin una marcada trayectoria pero sí un entorno increíble, todo el suelo es cársico, con prominencia de diente de perro (roca caliza puntiaguda devastada por la acción de la lluvia), por esto la mayoría de los árboles no desarrollan un tronco muy grueso.

Pero algunos se salen de este rasero, como son los bien adaptados a estas condiciones, entre ellos el jagüey, la yagruma y el almácigo. De estos, se dejaron observar ejemplares considerables en tamaño y grosor.

Otra de las plantas muy fuera de lo común que nos sorprendió, fue un árbol de fruta bomba (papaya) que no suelen rebasar los tres metros de altura en general, pero éste, que nos brindó sus dulces y carnosos frutos durante los 5 días de estancia, andaba por los 8 metros de altura, mostrando varias ramificaciones y un tronco del grosor de un cocotero adulto. 

El siguiente día sería completo de exploración, nos acompañó el campesino Miguel Canga, conocedor de la intricada zona llena de senderos laberínticos, todos iguales para nosotros, pero bien reconocibles para él, que sin equivocarse nos llevó a cada una de las espeluncas prometidas.

Visitamos la cueva de El Motor, revisada por René Pagarizabal, con sumidero y resolladero del agua correspondiente al manto freático, La cueva de Juan Estrada, la cueva del Mono, de Lucía.

En esta última, Hilario Carmenate, presidente del grupo espeleológico Guaniguanico y quien se encontraba al frente de esta expedición, encontró, en torno a la entrada, un pendiente aborigen con la típica perforación bicónica, elaborado en el caracol de un molusco que se conoce como Oliva Sonora (Oliva fulgurator Roding, 1798).

En los breves descansos que hicimos Raudel del Llano, con su cámara, trataba de capturar la fauna de aves, que se oían cantar por todas partes.

El campesino nos contó que antes del triunfo revolucionario, esta zona fue explotada por hacendados residentes en La Habana, quienes pasaban largas temporadas en este lugar, luego de establecer sus fincas.

Este es el caso de Francisco Herrera (Paco) y Margarito Herrera, quienes cercano a la cueva de El Mono, construyeron un molino de viento y colocaron un depósito de agua para alimentar una vaquería que tenían por esa área.

Ellos compraron alrededor de 70 caballerías de tierra virgen para explotarla. Lo primero fue talar los árboles para plantar hierba y así alimentar al ganado vacuno instalado allí. También montaron una fábrica para producir queso, que funcionó como tal hasta los años 60.

La mayor cueva de todas en extensión, es La Pintura. Su nombre nos hizo creer que podían encontrarse representaciones de arte rupestre en algunas de sus formaciones secundarias, pero no fue así.

Hilario conocía una historia acerca de un petroglifo (figura incisa en piedra) avistado en una columna (formación secundaria, resultante de la unión de una estalagmita con una estalactita) descrita en 1938 por los investigadores Pedro García y García Castañeda, quienes afirmaron que en esta cueva existía un petroglifo de tipo antropomorfo (representación de figura humana) con huellas de corte como si hubieran tratado de retirarlo.

Ya para los años 1971 y 1973 esta columna con petroglifo no se encontró, pero sí un interesante residuario arqueológico, tanto dentro como fuera de la espelunca.

Solamente a la vista, se hallaron varios picos y gubias (raspadores) elaborados en conchas de moluscos tipo cobo (Estrombus sp) que por su dureza se utilizaban como instrumentos de trabajo, además platos elaborados en el mismo tipo de concha.

También un fragmento de Trevede, olla de tres apoyos, fundida con hierro, que la utilizaban los esclavos apalencados para cocinar, usada hoy en la religión afrocubana para diversos rituales.

La última cueva visitada en el día fue El Arabo. Su nombre se debe a un árbol muy común  utilizado por los moradores para espantar las plagas de mosquitos. Los cortan en trozos pequeños, que encienden a modo de sahumerios.

Para mí los mosquitos no son los insectos más molestos de por acá, realmente la plaga de jejenes nos maltrató mucho más, a cualquier hora del día. Pero conocedores exactos de la naturaleza y el entorno, nos explicaron que para espantar a este pequeño depredador de nuestra piel estaba el palo de Cuaba, utilizado de la misma manera que el Arabo.

La característica principal que comparten estas breves solapas visitadas, es que todas son cuevas freáticas, contienen agua casi potable, pero con mayor salinidad de la que normalmente se consume en pueblos y ciudades.

Terminó nuestro día espeleológico con un baño de mar en la playa nombrada La Furnia;  donde hay un pequeño asentamiento, con casitas de madera, para las personas que se dedican a la pesca. Estas son ocupadas de forma temporal.

En los siguientes días, visitamos la cueva  del Agua, del Canal, Dos Hermanos, Cueva Grande, Cueva Seca, Cueva Mirlo, el Abono y la Escalera. Conocimos la ubicación de estas, gracias al campesino más longevo de este lugar, Ossorio Miranda (el resbaloso).

Visitamos también otros lugares de interés como el Riíto, corriente subterránea que viene desde una cueva derrumbada a unirse con el mar, donde se puede ver con exactitud el efecto causado por la unión del agua dulce y salada.

La estancia en el campamento durante las noches era muy agradable, después de la comida nos sentábamos a conversar con los moradores, que tantas atenciones tenían con nosotros.

Hilario conocía una historia acerca de un petroglifo (figura incisa en piedra) avistado en una columna (formación secundaria, resultante de la unión de una estalagmita con una estalactita) descrita en 1938 por los investigadores Pedro García y García Castañeda, quienes afirmaron que en esta cueva existía un petroglifo de tipo antropomorfo (representación de figura humana) con huellas de corte como si hubieran tratado de retirarlo.

Ya para los años 1971 y 1973 esta columna con petroglifo no se encontró, pero sí un interesante residuario arqueológico, tanto dentro como fuera de la espelunca.

Solamente a la vista, se hallaron varios picos y gubias (raspadores) elaborados en conchas de moluscos tipo cobo (Estrombus sp) que por su dureza se utilizaban como instrumentos de trabajo, además platos elaborados en el mismo tipo de concha.

También un fragmento de Trevede, olla de tres apoyos, fundida con hierro, que la utilizaban los esclavos apalencados para cocinar, usada hoy en la religión afrocubana para diversos rituales.

La última cueva visitada en el día fue El Arabo. Su nombre se debe a un árbol muy común  utilizado por los moradores para espantar las plagas de mosquitos. Los cortan en trozos pequeños, que encienden a modo de sahumerios.

Para mí los mosquitos no son los insectos más molestos de por acá, realmente la plaga de jejenes nos maltrató mucho más, a cualquier hora del día. Pero conocedores exactos de la naturaleza y el entorno, nos explicaron que para espantar a este pequeño depredador de nuestra piel estaba el palo de Cuaba, utilizado de la misma manera que el Arabo.

La característica principal que comparten estas breves solapas visitadas, es que todas son cuevas freáticas, contienen agua casi potable, pero con mayor salinidad de la que normalmente se consume en pueblos y ciudades.

Terminó nuestro día espeleológico con un baño de mar en la playa nombrada La Furnia;  donde hay un pequeño asentamiento, con casitas de madera, para las personas que se dedican a la pesca. Estas son ocupadas de forma temporal.

En los siguientes días, visitamos la cueva  del Agua, del Canal, Dos Hermanos, Cueva Grande, Cueva Seca, Cueva Mirlo, el Abono y la Escalera. Conocimos la ubicación de estas, gracias al campesino más longevo de este lugar, Ossorio Miranda (el resbaloso).

Visitamos también otros lugares de interés como el Riíto, corriente subterránea que viene desde una cueva derrumbada a unirse con el mar, donde se puede ver con exactitud el efecto causado por la unión del agua dulce y salada.

La estancia en el campamento durante las noches era muy agradable, después de la comida nos sentábamos a conversar con los moradores, que tantas atenciones tenían con nosotros.

Los hornos se demoran en quemar en dependencia de la leña utilizada y el tamaño. Juan Pablo Mesa, ya un carbonero especializado y conocedor de este oficio, pese a su corta edad, le da entre 8 a 9 días para obtener un carbón de mayor calidad.

Ya para el noveno día se comienza a refrescar el horno, se limpia todo el borde inferior del mismo, se le retira toda la tierra quemada y la hierba y después se aterra con tierra fresca, para que se apague. Por último se comienza a sacar el carbón y cuando enfríe totalmente se envasa y apila en sacos.

Fuimos testigos de este proceso por varios días y de veras me pareció un trabajo arduo y complicado, que ellos vigilan muy de cerca todo el tiempo.

Como sucede siempre, muy en contra de la voluntad de los participantes, la expedición comenzó un jueves con mucho ánimo y terminó el siguiente lunes sin deseos de abandonar un sitio tan bello, cargado de valores humanos, naturales y arqueológicos.

Con una variedad de fauna increíble, entre las aves que se veían abundantes y a diario, observamos cartacubas, zunzunes, arrieros, zorzales, tomeguines, sinsontes, palomas, tocororos, carpinteros jabaos y verdes, gavilanes, totíes, judíos, garzas, lechuzas y aves marinas, entre otras.

Pipo, una vez más colaboró con nosotros y nos transportó las mochilas en su pequeño carro tirado por su caballo hasta la carretera.

Así, entre risas e historias, nos despedimos de tan carismáticas y amables personas, que colaboran y ayudan con nuestras expediciones, solamente por su forma de ser, familiar y amigable, brindándonos una gran y necesaria ayuda.

Una vez más nos quedaba solamente, un largo camino por recorrer de regreso a la ciudad, con la mente cargada de hermosas imágenes naturales y nuevas historias para contar. Ah y el deseo de regresar algún día.