HISTORIA DE LA ESPELEOLOGÍA EN CAMAGÜEY. (1)

Dispersas tumbas que nos hablan de historias cubiteras Foto: GEGEM
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Las primeras referencias, al menos de manera oficial, sobre la existencia de cuevas en el territorio del Camagüey, se remontan a los finales del siglo XVIII cuando en actas capitulares del Ayuntamiento de Santa María de Puerto del Príncipe, los tenientes gobernadores apuntan noticias de la existencia de negros apalencados e indios en las oquedades de la montaña. Se añade que la sierra de Cubitas es de muy peligroso tránsito defendidas la más de las veces.

Existen evidencias de asentamientos rebeldes ocupando cuevas en las sierras de Cubitas, Maraguán y Najasa e incluso es bien posible que en alguna forma hayan mantenido trato para el intercambio de productos con esclavos de ingenios y haciendas próximas. No resulta extraño esas relaciones en el territorio camagüeyano, donde los grandes corrales y haciendas eran apenas cuidadas por un puñado de peones que aun en calidad de esclavos, mantenían un ventajoso sistema de libertad en comparación con las dotaciones de los ingenios azucareros, ausentándose incluso por semanas del batey, haciendo vida rústica junto al ganado que trasladaban o cuidaban en las llanuras

En 1838, en una de las actas de la Real Sociedad Patriótica de La Habana, se inserta a manera de curiosidad, la existencia de pinturas en las paredes de la cueva conocida por María Teresa o Ña Teresa, en la sierra de Cubitas, añadiéndose que esas pinturas podrían ser obra de los indios y que mucho llamaban la atención a los visitantes ocasionales. Dos años más tarde la escritora camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda, (1814 – 1873) publicó en Madrid la novela Sab, obra que describe paisajes y costumbres de Santa María del Puerto del Príncipe en el curso de la época. En su obra la Avellaneda repudia la esclavitud y aunque muchos críticos consideran a Sab como la primera obra literaria abolicionista de América, lo cierto es que la trama no se inserta en la propaganda anti esclavista de la época, aunque sí da una visión dolorosa del ambiente.

Perdidos caminos hacia la sierra Foto: GEGEM

Pero si Sab alcanzó notoriedad en su época por las encontradas opiniones que originó y la historia la considera en su justo puesto en el orden político, ella tiene para nosotros otro mérito, y es que en sus páginas aparecen descritas por vez primera cuevas en Cuba.

En el contexto de la novela, cuyo escenario discurre en el ingenio azucarero propiedad de una adinerada familia criolla de Puerto Príncipe, se narra una excursión realizada por algunos de sus personajes a la cueva de María Teresa. La escritora ofrece detalles de los principales rasgos, incorporándole algo de fantasía y romanticismo, y lo hizo de tal forma que, como ya se verá oportunamente, esta cueva se convirtió para los espeleólogos un verdadero vellocino de oro.

En su libro dice la escritora que; “Las cuevas de Cubitas son ciertamente una obra admirable de la Naturaleza, que muchos viajeros han visitado con curiosidad e interés y los naturales del país admiran con una especie de fanatismo. Tres son las principales conocidas con los nombres de Cueva Grande o de los Negros Cimarrones, María Teresa y Cayetano. La primera está bajo la loma de Toabaquey; consta de varios salones, cada uno de los cuales se distingue por sus dimensiones particulares, comunicados entre sí por pasadizos estrechos y escabrosos. Son notables entre estos los salones de La Bóveda por su capacidad y la del Horno, cuya tronera es una entrada a flor de tierra, por la que no se puede pasar sino muy estrechamente y casi arrastrándose contra el sueloel alabastro no supera en blancura y belleza a las piedras admirables de aquella gruta……. Los naturales hacen notar en la cueva llamada María Teresa pinturas bizarras designadas en las paredes con tintes vivísimos e imborrables colores que aseguran ser obra de los indios……nadie ha osado penetrar mas allá de la undécima sala” porque explica que a partir de allí corre un río de sangre y finaliza las paredes están llenas de nombres de los visitantes de las grutas

En sus memorias, o en las numerosas biografías que a ella se han dedicado, no aparecen indicios que la escritora haya visitado la Sierra de Cubita, tampoco en su copiosa correspondencia hay datos que arrojen luz sobre el particular, aunque es muy posible que en algún momento de su juventud viajara al ingenio azucarero Limones, propiedad de su padre Don Manuel Gómez de Avellaneda.

Limones estuvo situado junto al arroyo de ese mismo nombre en la sabana inmediata al flanco del sur cubitero. Frente al ingenio se encuentra el cerro Mirador de Limones, que es la segunda altura de esta cordillera y a orillas del camino de Los Paredones, uno de los desfiladeros que permiten aun el tránsito y por donde se metía el camino principal de Puerto Príncipe rumbo al embarcadero costero de La Guanaja.

De todas formas, y a juzgar por las descripciones que hace la escritora de María Teresa, se presume que no la haya visitado personalmente, pues, aunque se refiere a los pictogramas que allí existen, el resto de la descripción de la espelunca no coincide con la realidad de esta, ni de ninguna otra cueva de la zona. Es de suponer que haya solicitado información a su tío Manuel Arteaga, hacendado puerto principeño y muy dado a largas excursiones por la Sierra de Cubitas.

Es válido consignar que los dibujos rupestres de la cueva de María Teresa fueron las primeras reportadas en el mundo, pues 39 años después, o sea, en 1878, se conocieren los dibujos de las cuevas de Altamira, en España, tenidas erróneamente hasta ahora como las primeras.

Eduardo Labrada Rodríguez

Eduardo Labrada Rodríguez