HISTORIAS DE MAJÁES

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Humberto Vela Rodríguez

Humberto Vela Rodríguez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

Chylabothrus (Epicrates) angulifer es el exótico nombrecito del majá de Santa María, nuestra mayor serpiente, la que puede alcanzar hasta 4-5 metros de longitud.

El protagonista

El Majá de Santamaría pertenece a la familia de las boas (Boidae), que cuenta con representantes de gran tamaño como la anaconda sudamericana, que suele llegar a los 10 metros de largo. El nuestro se alimenta esencialmente de aves, ratones y murciélagos, que captura con la boca y envuelve después en su musculoso cuerpo hasta que muere (constrictora).

Copulan entre los meses de marzo y abril. Los embriones se desarrollan en una primitiva placenta. La gestación dura unos cinco meses y los majasitos nacen activos y se mantienen cerca de la madre. Han sido reportados en toda la Isla, la Isla de la Juventud y en algunos cayos. Se refugian en los troncos huecos, oquedades rocosas, entre la vegetación y en las cuevas con grandes poblaciones de murciélagos.

Es una especie amenazada de extinción y listada como tal por la IUCN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza). Es considerado infundadamente malévolo y peligroso por la mayoría de las personas… y fundadamente comestible para muy pocos, afortunadamente.

El guajiro de los tres majáes
Entraba en mi bicicleta a la ciudad de Remedios cuando me junté a un conocido que arrastraba tres majáes atados por las cabezas a la parrilla trasera de la suya.

–¿Y eso, Guajiro? –le pregunté, señalando a los animales.
–¿Los descarados estos? Los encontré merodeándome la finca. Atrás de los pollos…
– ¿Y qué?… ¿Los llevas para el museo? –le dije en broma.
–Los quiero como medicina: la manteca, para el reumatismo. ¿Sabes de alguien que sepa hacerlo?
–Yo –me apresuré a responder.
–Bueno, paso más tarde por tu casa.

Era evidente que quería mostrar en el pueblo la hazaña de haber ultimado a los pobrecitos ofidios, pero cumplió su palabra llevándomelos poco después.
   
Eran momentos duros: franco periodo especial. Desembarqué los bichos que extendí sobre una mesa en el patio y afilé a fondo el cuchillo de cocina (mi mamá y mi mujer me miraban cejijuntas) y cercené la primera cabeza, corté después ventralmente a lo largo la piel y llamé a mi esposa para que me ayudara a desollarlo.

–Aguántalo para quitar la piel –indiqué.
–¡Qué peste! –dijo con una mueca.
–La misma de cuando abres un pollo.

Con ambas manos lo agarró por el troco mientras yo tiraba del pellejo hasta dejarlo en carnes. Separé las vísceras (el estómago permanecía repleto) y extraje las empellas para derretirlas al fuego y guardarlas al guajiro. Después lo trocé en numerosas postas. Todo lo cual repetí con los restantes animales.

Finalmente, lavé cada trozo bajo el grifo y los fui vertiendo en un cubo mediano hasta repletarlo. El aspecto de la carne era limpio y suculento. Mi mujer cambió la cara y se dio a preparar los elementos aditivos: ajos, cebollas, pimienta y tomate. Lo revolvió todo en el interior de una olla de presión sobre las brasas del carbón, agregó una parte de las postas, regó la sal y el zumo de limón y ajustó la tapa.

Mientras se cocinaba volví al patio para saciar mi curiosidad. A escondidas de la familia saqué los estómagos del recipiente del sancocho y los abrí con el cuchillo: estaban rellenos nada más por ratones de diferentes tamaños. Los envolví entre periódicos y los saqué a la calle en el latón de la basura.

El caldero, entre tanto, comenzó a difundir la fragancia del guiso que se escapaba por puertas y ventanas. A poco llegaron los vecinos más inmediatos:

–¡Eh! ¿Estamos de fiesta? –dijo uno y tomaron asiento. Eran como de la familia, así que los invitamos y nos pusimos a la espera con una botella de “salta pa´ tras”.

La mesa estuvo dispuesta y nos sentamos ansiosos. Alguien indagó por el tipo de carne haciendo halagos de su sabor y blandura. “Es un pescado de importación, Manuel. Me lo obsequiaron en Caibarién”, dije. “Así es, pues tiene unas espinas gruesas y ganchudas” comentó otro. El gato, mientras tanto, daba paseítos y maullidos restregando la cola contra todos, y se hubiera quedado en blanco si mi mujer no le hubiera guardado una prominente y jugosa porción de majá.

A los pocos días llegó el guajiro en busca de la manteca y aproveché para decirle:

–¿Cómo va la cría de pollos?
–Con los grandes no hay problemas, pero no logro los pollitos. Esos malditos me los comen.
–¿Quiénes?
–Quiénes van a ser: los majases.
–No, Guajiro. No es así. Los majáes acuden a tu finca a comerse los ratones que son a su vez los que se zampan tus pollitos.
–Así es la verdad. ¡Cómo tengo ratones en mi finca!…

Un salve en la carretera
Corrían los mismos tiempos cuando estudiamos cueva La Chucha, una caverna de 1352 metros de longitud formada por la acción de un arroyuelo, con extensas galerías calientes pobladas por grandes colonias de murciélagos. El trabajo era duro, pues en cada visita mensual –durante dos años– debimos recorrerla totalmente para cartografiarla, monitorear las veintitrés estaciones climáticas, reconocer las especies estacionales de quirópteros y recolectar la fauna colateral.

Todo ello a través de charcas, fangueros  y gateras; además de condiciones ambientales extremas. Sumándole a  esto “bicicletadas” de acercamiento de hasta cincuenta kilómetros ida y regreso. A todas estas la alimentación era muy pobre: plátano censa, boniatos, malanga (en el mejor de los casos), alguna calabaza y cero proteína; sazonados con lo aparecido. Más la bondadosa ayuda de los solidarios campesinos que nos daban luz verde en sus cercanos conucos para sumar algunas frutas y verduras.

En un amanecer del mes de abril, casi llegando a Yaguajay, vimos a un lado de la carretera un majá estropeado por algún vehículo. Bajamos de los ciclos con ánimo de socorrerlo, pero estaba muerto. En medio de la compunción se nos encendió una lucecita. Miré a Martín y encontré en su rostro la réplica de mi idea, y sin más, lo metimos en un saco. A poco, más adelante, ¡otro majá en la mismas condiciones!, que ipso facto le hizo compañía al anterior.

En la cueva nos esperaba el espirituano Ramos –tercero del equipo–. Rápidamente descueramos y troceamos los bichos que fueron a parar a una olla de presión, embebidos en el improvisado adobo; y descortezamos y lavamos las viandas. Todo listo para el festín de la noche.

Qué gigante
Los majáes suelen frecuentar las cuevas –a veces muchos– que contengan especies polinívoras de elevado gregarismo y buena masa corporal, que hagan en las noches éxodos nutridos y vuelen con lentitud, tales como Phyllonycteris poeyi, Erophylla sezekorni, Brachyphylla nana. Es todo un espectáculo situarse cerca de una estrechura en el interior de una cueva por donde salen a raudales los murciélagos, para ver la pandilla de reptiles lanzando dentelladas al aire, hasta casi por azar atrapar sus bocados. Puede uno hasta inmiscuirse en la cuadrilla sin que ellos se desconcentren de la cacería. Eso sí, todos han de ser de mediano tamaño –menos de dos metros– para contar con la suficiente agilidad para lograrlo. Los grandes estarán relegados al bosque y a otras presas menos fugaces.

Habíamos instalado la trampa de arpa cerca de la entrada de la cueva de Rodolfo para capturar los murciélagos en la noche, y también el campamento en la acogedora solapa que le antecede unos diez metros. Con todo listo faltaban como tres horas para la puesta del sol, de modo que nos echamos sobre el lecho a leer, conversar, escuchar música. En un momento, Panchita sintió deseos de orinar y salió al exterior. Enseguida oí sus apremiantes llamados:

–¡Oye, corre, ven para que veas esto! –. Supuse que se trataba de algo poco significativo y demoraba en salir.
–¡Hijo, dale, que se nos va!…

Salí y fui a su encuentro. Ella permanecía de pie a un lado del trillo que llevaba hasta la cueva, señalando con el brazo hacia un lugar del suelo. “¡Mira, allí…! ¡Si yo creía que era un tronco atravesado!” decía atropelladamente. Plácidamente tendido, transversal al sendero, se veía parte del cuerpo de un majá fuera de serie, oscurecida su piel debido a la avanzada edad que, ciertamente, lo semejaba a un palo caído.

–¡Busca la cámara, pronto! –le indiqué a gritos y corrí hacia él. Me agaché y lo tomé de la cola (sabía que ellos nunca se viran a morder) y sentí el empuje de un tren tirando hacia adelante, confundido entre una manigüita cerrada. Entonces era yo quien apuraba a mi mujer. Por fin, apareció y se dispuso a fotografiarlo.

La tracción del animal aumentaba y de qué manera. Intenté incorporarme para, con mayor firmeza, tratar de sacarlo de los matojos, pero me tiró de rodillas. Vociferaba a Pancha para que se le acercara más y diera fin a la jodida instantánea. “Lo estoy haciendo” me decía, pero yo la sentía nada más a mis espaldas. El majá forzó aún más el empuje y me llevaba de bruces cuando lo impidió un pie que tiré hacia delante y buscó apoyo en una roca estructural. Seguí imponiendo la pelea, pero sin causa, porque a mi mujer no hubo dios que la indujera a acercársele. Las fotos, vistas después, solo sirvieron para revelar la desigual escaramuza entre un viejo y un portentoso y admirable Majá de Santa María.

Entre el mito y la conservación
Mi hijo practica una religión de origen afro, como se sabe transculturada con elementos cristianos. Me asediaba desde hacía algún tiempo para que le consiguiera un animal rastrero. “Tú sabes dónde están a chorros” me decía. Yo le replicaba sobre mi amor por los animales silvestres, más aun tratándose de los majáes, que siendo predadores de los murciélagos contribuyen a mantener saludables sus poblaciones, pues eliminan los más débiles y enfermos evitando así que se reproduzcan. Él me decía que lo necesitaba para una ceremonia en la que el animalito no sufriría daño alguno, y que después me lo devolvería para reintegrarlo a la cueva. Finalmente, accedí tras esa inapelable condición.

La cueva de los Erophylla la encontré como siempre: portadora de la pandilla de majáes adormilados bajo el deleite de la digestión. Tomamos el nuestro como ladrones en casa ajena y salimos de regreso.
 
Mi hijo estaba encantado. Al siguiente día se realizaría el mencionado rito. Transcurridos otros llegó a mi casa. Lo recibí ceñudo. “¿Qué pasó?” pregunté. “Nada, viejo, el asunto es que tras la ceremonia había que alimentarlo y le di un pollito; ahora hay que esperar a que cague para recoger la mierda. Es lo más importante”, explicó. Le rebatí que eso no estaba en el acuerdo, pero arguyó que todo estaría bien, que la digestión era lenta y que más temprano que tarde tendría que defecar. Con cada visita le caía mi pregunta: “¿Cagó?”

Al fin llegó con la respuesta afirmativa. Tomé mi ciclo y arranqué contento. Llegué a la cueva y abrí el bolso donde permanecía. Cayó al suelo enrollado. Estuvo así unos segundos hasta que al parecer reconoció su casa después de varios días de cautiverio; y, como un rayo, se estiró y emprendió la huida a todo motor hacia lo profundo de la cueva.

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