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LA CUEVA DE LOS MURCIÉLAGOS

Juan J. Guarch Rodríguez

Juan J. Guarch Rodríguez

Formado el grupo René Herrera Fritot a principios de agosto de 1968. Después de muchos debates, se decidió hacer la primera exploración espeleológica. Se escogió la cueva de Los Murciélagos. Ubicada en el Bosque de la Habana, a dos kilómetros al sur del puente de la calle 23.

Esta espelunca la conocíamos porque cerca de ese lugar mi hermano había estado durante varios días en una acampada de Pioneros y visitaron dicha gruta. Por falta de luces solo penetraron en ella algunos metros.

De los posibles participantes, solo pudimos ir al viaje: Florentino Pérez, Carlos Peña, Fernando García, Esteban Cordero y Juan J. Guarch. Acopiamos “gran cantidad” de equipos para emprender la expedición. De acuerdo con la descripción que nos había hecho mi hermano, la cueva prometía ser bastante grande y peligrosa.

El término “gran cantidad”, es de acuerdo a la época y la poca experiencia que teníamos. Por aquel entonces, yo no había cumplido todavía los catorce años y los cinco teníamos más o menos esa misma edad.

Estos equipos se reducían a dos linternas de mano, dos faroles carreteros de keroseno, dos sogas de henequén de aproximadamente 10 m de largo, un casco para cada uno y mucho entusiasmo. Además, llevábamos cantimploras con agua y algo para merendar.

Carlos Peña en esa época vivía en Bauta, pueblo bastante distante de La Habana, y por tanto decidió dormir esa noche en mi casa, para poder salir temprano y reunirnos en el Parque Almendares, con el resto de los compañeros de aventuras.

Era domingo y el parque se hallaba colmatado de visitantes. Nos miraron pasar con nuestras sogas y faroles como quien ve a unos extraterrestres. No era usual que transitaran por ese sitio cinco jóvenes con cascos plásticos en sus cabezas y mochila al hombro rumbo al intrincado Bosque de La Habana. Seguro pensaron que éramos locos.

Tomamos por toda la calle que transcurre junto al río. Después de recorrer casi los dos kilómetros que, separan el puente de una glorieta que se halla casi al final de la vía, nos desviamos por un sendero, rumbo sur y hasta la rivera del río Almendares.

Seguimos el trayecto, esta vez junto a la corriente y en medio de unos farallones que se elevaban como a unos veinte o treinta metros de la orilla, apareció la oscura y tenebrosa cueva de los Murciélagos.

La entrada, como de unos tres metros de ancho, dejaba ver algunas rocas caídas del techo, con su color blanquecino característico de las calizas margosas de la zona. Preparamos los equipos y penetramos dentro del recinto, alumbrados por nuestras linternitas de dos pilas y las temblorosas luces de los faroles carreteros.

A medida que nos adentrábamos, el piso se iba haciendo cada vez más fangoso y nuestros zapatos-tenis de escuela al campo, se enterraban cada vez más en los sedimentos, quedándose en ocasiones pegados al lodo.

Al avanzar unos veinte metros y todavía envueltos en la penumbra, el techo de la cueva descendía un poco y esto nos obligó a inclinarnos. Después de pasar ese lugar, la bóveda se volvía a elevar, permitiéndonos de nuevo incorporarnos.

En ese mismo instante y para sorpresa nuestra, un enjambre de murciélagos se interpuso a nuestro paso, dando vueltas dentro de la galería y chillando a más no poder. Carlos que iba delante con Florentino, pararon en seco y nos convidaron a agacharnos para que pasaran los asustados quirópteros. Ellos salieron por la entrada de la cavidad.

El grupo continuó la marcha envueltos ya en la más absoluta oscuridad. Nuestros temerosos pasos penetraban en la tierra fangosa la cual se transformó en una ciénaga. Delante apareció el agua. Nos detuvimos ante el peligro.

Estábamos en medio de un pequeño salón, cuyas paredes y techos estaban cubiertas de lodo. En agudas aristas quedaban colgados de sus patas algún que otro murciélago. Al final del salón, se abría una estrecha y larga galería.

Peña, que era el más arriesgado de nosotros, se introdujo por el orificio unos cuantos metros. En breve volvió a salir al comprobar que el fango aumentaba haciéndose casi imposible el paso. Delante de él se extendía una sinuosa galería con agua. Especie de lago subterráneo que no daba paso alguno. Decidimos retroceder.

Nos habíamos adentrado en las entrañas de la tierra unos cincuenta o sesenta metros y para nosotros fue una aventura extraordinaria. Estuvimos acompañados por murciélagos, en una oscuridad total y con decenas de metros de rocas entre nuestras cabezas y la superficie. No podíamos pedir más.

Salimos del recinto y nos sentamos amparados por el techo de la entrada a hacerle honor a la merienda que habíamos llevado. Nos contamos entre nosotros mismos las anécdotas que habíamos vivido hacía unos minutos.

Después de consumir el refrigerio, decidimos escalar el farallón donde se hallaba enclavada la cueva. El objetivo era ver si encima de ella existía alguna otra entrada desconocida.

Transcurridos algunos minutos de infructuosa búsqueda, emprendimos nuestra retirada. Habíamos concluido nuestra primera expedición. Estábamos orgullosos del triunfo logrado. En el viaje de regreso, planeábamos la próxima salida.

Todos estábamos listos para al otro día hacer el cuento a los que no pudieron ir al viaje y a cuanto amigo nos tropezáramos. Quizás, aumentar algo la historia, por nuestra imaginación.

Sacamos en conclusión que esa cueva era de origen fluvial y que quizás fue en una época un afluente del río Almendares que llegaba hasta él subterráneamente, saliendo por el borde del farallón en forma de un manantial, por lo que habíamos explorado el cauce abandonado de ese antiguo arroyo.

Sobre las características de la cavidad podemos citar parte de las notas que tomamos en aquella oportunidad:

“Es una cueva pequeña, de unos 60 m de largo y que no presenta desniveles ni galerías laterales. Su origen es típicamente fluvial, producido posiblemente por un antiguo arroyo que desaguaba al Almendares, o quizás por el mismo río que antes pasaba por ese lugar”.

Con ese viaje quedaba consolidado nuestro grupo y los que tuvimos la suerte de emprender la primera aventura, ya teníamos a nuestro haber una pequeña prueba de fuego y sintiéndonos capaces de organizar futuras expediciones. La cueva de los Murciélagos, nos abrió la puerta.

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