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LA FURNIA DE CATALINA DE GÜINES. EL PRIMER DESCENSO VERTICAL.

Jorge Freddy

Jorge Freddy

Miembro de la Sociedad Espeleológica de Cuba, Doctor en Ciencias Geográficas, Profesor Asistente de la Universidad de Pinar del Río, Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Cuba (AHC), Miembro de Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), Miembro de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC) freddy1958ramírez@gmail.com

Imagen satelitar de la zona donde se halla la furnia de Catalina de Güines

En septiembre de 1975, mi vida tuvo un giro total, había decido ir a estudiar a la ciudad de La Habana una carrera técnica en el Instituto Politécnico “José Martí”, situado en Rancho Boyeros, muy cerca del Aeropuerto Internacional. Esta elección me alejó por tres años de mi tierra natal, la familia y los amigos, nuevas experiencias y emociones aparecerían en lo adelante.

Tuve la suerte de conocer en el Politécnico a un buen amigo, Amilkar Castañeda Arévalos, quien me abrió los caminos hacia la espeleología, ciencia que compensó mi obligado y temporal alejamiento de la arqueología, que practicaba en Cumanayagua como miembro de un círculo de interés, creado bajo la tutoría del Grupo de Arqueología “Arimao”.

Amilkar me motivó a integrarme al grupo de Espeleología “Marcel Loubens”, al cual pertenecía junto a su hermano Vladimir. Una noche, en una reunión ordinaria de dicho grupo, cuya cede estaba en la barriada de Centro Habana, me presentó ante los directivos y demás miembros, su Presidente era Antonio Barros, geólogo de formación.

Los allí congregados eran todos personas jóvenes, aunque mayores que yo, me agradó el ambiente y los temas que abordaban. Barros me leyó la “cartilla” del reglamento del grupo y me puso a prueba un tiempo, debía demostrar que reunía las condiciones morales, intelectuales y físicas para ingresar al mismo. Se iniciaría a partir de este momento, mi largo camino como explorador del mundo subterráneo, hasta hoy segunda casa y templo espiritual.

Con el tiempo, mi sentido de pertenecia hacia el grupo de investigaciones subterráneas fue creciendo, indentificándome mucho con la historia del espeleólogo cuyo nombre llevaba el mismo, y de quien les comparto una síntesis de su vida: Marcel Loubens fue un explorador del mundo subterráneo nacido en Francia en 1923, luchador contra el fascimo durante la Segunda Guerra Mundial.

Foto de Marcel Loubens descendiendo una sima, nombre que ostenta el grupo espeleológico cubano

Sus incios en la Espeleología estuvo bajos los auspicios de ese otro grande de la ciencias de las cavernas, Norbert Casteret, con quien exploró varias de las cavidades subterráneas de Francia, destacándose por su capacidad física y técnica. Entre las expediciones mas célebreses en las que participó, está la sima de la Henne Morte, en esos momentos la más profunda del mundo.

En 1950, fue descubierta la sima de la Piedra de San Martín, situada en la frontera de España y Francia, por el equipo en el cual estaba Loubens. Este avismo subterráneo fue explorado al año siguiente, lo que se convirtió en recor mundial de profundidad.

En 1952, solo seis años ante que yo naciera, descendiendo la espectacular sima de la Piedra de San Martín, tuvo un lamentable accidente al caer de una altura de 10 metros, que le produjo graves lesiones. En este estado permaneció dos días en el antro cavernario sin que se le pudiera extraer a pesar de los esfuerzos de sus compañeros, hasta que falleció. Contaba al morir 49 años de edad.

Si trágica fue aquella odisea, similar fue la extracción de su cadáver. Al principio se decidió enterrarle en el mismo sitio donde se produjo su caida, pues no existía las condiciones para subir a la superficie su cuerpo. Hasta que el 14 de agosto de 1954, tras duro batallar, se recuperaron los restos de Loubens. Siempre he llevado en mi mente este triste recuerdo, además, acicate para continuar las exploraciones.

Mi primera actividad con el Grupo de Espeleología “Marcel Loubens”, fue la expedición a la furnía de Catalina de Güines, incursión que se produjo un fin de semana del verano de 1976. Para llegar allí, nos desplasamos en ómnibus desde la ciudad de La Habana hasta el pueblo de Güines, para seguidmente enrumbar hacia nuestra meta.

Fue necesario caminar varios kiómetros para llegar cerca de la furnia, al sitio donde acampariamos, consistente en una escuela rural. En aquel sitio nos espera un miembro del grupo, Eduardo López, quien se había adelantado horas antes. El grupo lo integrabamos, además de Edy: Amilkar Castañeda, Ermógenes Rodríguez, Jorge Luís Pérez y yo.

Nuevamente, como me sucedió en la primera incursión arqueológica, la euforia me dominaba,  aunque de manera diferente. A juzgar por los comentarios de mis compañeros, tendría una experiencia donde la adrenalina sería mi principal acompañante. Al verlos a ellos calmados asumí una actitud apacible, esperando el  desenlace.

En la mañana, nos levantamos dispuestos a descender aquella sima, enclavada en las elevaciones carcáreas que se encuentran entre Catalina de Güines y Güines. El desarrollo cársico de aquella zona ha producido un desarrollo cavernario, donde se destacan otras cavidades, entre las cuales está la cueva de Diago o de García Robiu, célebre por sus pictografías, que tuve el privilegio de visitar tiempo después.

Después de adentranos en un bosque semicaducifolio de bajo porte, llegamos al borde la furnia, declaro que nunca antes había visto un accidente geográfico como aquel. Se trataba de un pozo vertical de origen totalmente natural, capricho de la naturaleza donde el agua, su principal agente agresor, disolvió la roca siguiendo la gravedad, hasta formar un avismo de 18 metros de profundidad, dicho de otra manera, la altura de un edificio de unas ocho pisos.

Me aproximé al borde de la sima, y, al mirar al fondo, sentí un escalofrío, ese que se siente en las alturas al echar un vistazo al vacío. Mis colegas comenzaron los preparativos para el descenso, como era novato solo me dediqué a observar lo que hacían. Todo aquello resultaba nuevo, las cuerdas, los cascos… en realidad no estaba preparado técnicamente para aquel momento, sin el apresto previo, pero con sobraba disposición.

Comenzó el descenso, dos de mis colegas bajaron hasta tocar fondo, el tercero sería yo; era un acto temerario de mi parte y un exceso de confianza de mis compañeros por todo lo que ya expresé. Pero…ya no había marcha atrás.

 Allí mismo, en el acto del descenso, y con las indicaciones de los espeleólogos mas ejercitados en estos quehaceres, me dispuse a bajar. Para ello, utilicé el sistema tradicional de Rápel Comichi, una técnica simple muy antigua y de uso tradicional de los alpinistas y espeleólogos para salvar pendientes fuertes, pero no apropiada para verticales absolutas como esta.

El no haber tenido una experiencia similar y mucho menos ser  advertido, me hizo pagar la osadía. Para este tipo de descenso era necesario usar ropa adecuada, y yo había ido con lo que tenía a mano, un pullover muy fino y avejentado por el intenso uso por el cariño que le tenía; por lo que la cuerda que pasaba sobre mi hombro y parte de la espalda debido al peso y la velocidad al bajar rápidamente me hizó sentir una fuerte dolor y quemadura por la parte del cuerpo por donde rosaba la cuerda, huellas que quedarían por largo tiempo sobre mi piel como recuerdo de aquel día.

Al fin… toque fondo, donde me esperaban los dos espeleólogos que  ya había descendido, había pasado la prueba de fuego de todo explorador subterráneo, los descensos verticales… sobre todo por su espectacularidad y el derroche de adrenalina. Miré hacia arriba y pensé…y ahora como subo…???

Aquella expedición era solo para practicar un poco la llamada espelología vertical, por ello la estancia en la sima no fue muy larga, al no haber otros intereses ni desarrollo cavernario, por lo que se dio la voz de subir.

El ascenso fue otra novedosa odisea para mi, la técnica para ascender era a través de una cuerda única, empleando los llamados nudos prusik, o sea, nudos corredisos confeccionados con cuerdas más finas atados a la cuerda principal por un extremo y por el otro terminado en un estribo en el cual se colocaba un pie. El desplasamiento era lento y había que hacerlo acompasado, pero como sucedió en el descenso, también logré vencer el nuevo reto.

Con la espalda surcada, pero con mucho orgullo por haber realizado una “hazaña”, regresamos  a la ciudad de La Habana.

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