LA JAULA ENTRE FICUS Y FICO VARELA

Durante la República y en sólo 30 años, la compañía norteamericana, Finca San Rafael S.A., (1916-1946), realizó una tala indiscriminada y extrajo las principales riquezas maderables de la Península.

En esos cortes dejaron la vida muchos hombres por el trabajo inhumano de los hacheros, que vivían en iguales condiciones, que sus colegas carboneros.

La vida de los habitantes dispersos del Cabo era invivible y solitaria dentro del monte. El trabajo los obligaba a permanecer muchas jornadas alejados de las familias. Faena de gran rudeza a cambio de un mísero pago de la saca de carbón o del metro de madera.

Lo más triste es que no veía el dinero. El sistema de pago por vales era otra forma de explotación. Con ellos solo podían comprar productos imprescindibles para comer y vestir a su descendencia, dichos productos eran colocados en bodegas administrada por la propia compañía.

Siempre estaban endeudados con el bodeguero, quien además abusaba en los precios adulterándolos y como la mayoría eran analfabetos, las cuentas también.

Para entonces, a La Jaula arribaran nuevas familias, a cultivar pequeñas cantidades de tabaco negro, así como la producción de supervivencia, viandas, frutales y la cría de animales de corral. Se intensificó la práctica de la montería de ganado, cerdos y vacas salvajes.

En 1905 Charles Wright escribió un texto de su visita a esa localidad. Ese texto fue recogido por el escritor Lucien Marcus Underwood, en la obra: “Sumario de las exploraciones de Charles Wright”:

[…] Seguí el mismo camino desde San Julián hasta La Jaula, el término de mis viajes el año pasado”. “Mencioné haber querido ir al Cabo (Cabo Corrientes)”. Pero, como no había guía, me contenté con ir a un punto de la costa sur a 4 leguas a pie.

El 14 de abril de 1948, Daniel Fernández Pedrera, acompañado de Domingo Raúl Delgado y otros ocho amigos. Realizaron una excursión de cacería de cerdos jíbaros y jutías a este sitio. Cuya descripción con lujos y detalles que permiten valorar cómo era por entonces:

[…] vivía desde hacía más de doce años el gallego Santiago Varela -padre del legendario Fico Varela, quien en aquel momento era un niño. En una casa de tablas, techo de guano y piso de tierra. La familia estaba compuesta de diez personas, y poseían una rica huerta donde se destacaban: coles, pimientos, perejil, tomates, cebollas, ajo y otras muchas verduras y condimentos…

Uno de los tantos misterios del Cabo les ocurrió a estos cazadores. Ellos instalaron su campamento a solo unos metros de una casa de vivienda, en un barracón, al atardecer les atacó una fuerte plaga de molestos mosquitos y jejenes.

Dentro de la casa de vivienda de la familia Varela no había ninguno. Esto es típico de la zona, ocurre también en Caleta del Piojo, Las Tumbas y Los Cayuelos, entre otros lugares, para lo que no existe una explicación científica.

Antonio Núñez Jiménez expuso en su obra ya mencionada que en 1960 se desmontó parte de la zona para sembrar frijoles, malangas. Se talaron ocujes, dejándose algunas caobas y cedros.

Para 1967, existían unas siete casas y se había convertido en el centro apícola de Guanahacabibes. Luis Corrales, quien tenía entonces 53 años y toda su vida la había echado en el lugar, es ejemplo del pensamiento de aquellos hombres que habitaron la primera mitad del siglo XX en la región. Él le contaba a Antonio Núñez Jiménez en la obra descrita:

Usted sabe que la maja se come la gallina, por eso nosotros matamos los majases, aquí los hay hasta de 14 pies de largo. Una vez maté uno de un machetazo y tenía tres jutías dentro.

La manteca de maja sirve para curar el ahogo de los niños. A los niños les gusta comer el chicharrón de maja que se hace de la gordería blanca que se fríe y da buen chicharrón, la otra parte queda líquida y da una grasa buena para curar tumores.

Esa manteca desbarata los ‘nacíos’, esto se consigue frotando el ‘tumulto’ y a los dos días se va aquello.

Como en esta localidad desde la República habitó una pintoresca familia, los Varelas, familia ancestral de la cual salieron muchos monteros de Guanahacabibes. Fico Varela, quien fuera el guía de cuanto explorador y visitante llegará a esta localidad antes y después de la Revolución.

Hombre iletrado, alcanzó a ser alfabetizado con el advenimiento del primero de enero de 1959 y se convirtió en muy útil para el desarrollo de los planes agroforestales de la Península.

Hombre de grandes valores morales, tenía una frase que lo hizo famoso, cuando defendía el bosque que había visto recuperar y veía caer los grandes jagüeyes que habían sobrevivido a la explotación irracional norteamericana, por ello decía; “Mira mijo, cuidemos el bosque, porque al paso que vamos, no va a quedar ni ficus ni Varela”.

Sirva esta mención como reconocimiento a Fico Varela y a todos los hombres que dejaron su existencia en el trabajo muy duro y con gran amor en la recuperación de la naturaleza. cuyo resultado ha sido el maravillo Parque Nacional y la Reserva de la Biosfera de Guanahacabibes, con dos Reservas Naturales, El Veral y Cabo Corriente.

Cuba Pasaje a la Naturaleza.

Guanahacabibes. XXXVII.