LOS ANTECEDENTES DE ESTA HISTORIA

Traducir
Humberto Vela Rodríguez

Humberto Vela Rodríguez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

Quien haya visto, aunque sea una sola vez la íntima belleza de la naturaleza, no podrá alejarse de ella nunca más. Se convertirá en poeta o en naturalista, y si tiene buenos ojos y sus poderes de observación son suficientemente agudos, muy bien podría convertirse en ambos. Honrad Z. Lorenz

Aclaración: Las narraciones de este libro están basadas en hechos reales pero no constituyen una historia ni un tratado espeleológico: son vivencias, andanzas, impresiones… En ocasiones los sucesos aparecen transferidos en el tiempo y el narrador a veces cuenta como testigo y a veces como omnisciente.

La Cueva de Pozo- Lomas de Palenque, Camajuaní, Villa Clara- fue mi primera cueva. A su lado había una cantera y junto a ella algunas casas arrimadas al camino que nacía en la cercana carretera. Estaban prudencialmente separadas unas de otras y lucían  atractivos jardines en sus frentes. En una de ellas vivía mi tío que era obrero de la fábrica.

Ocasionalmente mi madre lo visitaba en compañía de sus dos hijos. En mi memoria quedaron para siempre la imagen de la campiña abierta que se extendía desde el patio trasero de la casita, y las matas de mango que se ramificaban desde bien abajo y a las que trepábamos mi hermano y yo una y otra vez, y la palma real que se elevaba al frente plena e impresionante y que me daba vértigo contemplar desde abajo. Tenía ocho años.

En una de aquellas visitas mi tío organizó una excursión a la cueva. No había ninguna clase de iluminación artificial, de modo que tuve que conformarme con contemplar una pequeña parte de su interior con la poca que entraba desde afuera. Lo visto llegaba hasta un cercano recodo pero mi imaginación de niño la extendía por galerías colmadas de inagotables misterios. En el recuerdo quedó también el grácil revoloteo de un murciélago cerca de mi rostro. Más que lo observado lo importante en verdad fue el descubrimiento de una incipiente y fuerte vocación.

Por cierto, cuarenta y dos años después volví en compañía de Martín Núñez, presidente de nuestro grupo. Mi tío vive, pero el patio perdió sus horizontes con interpuestos corrales para cerdos, y las casitas se amontonan multiplicadas y empolvadas por la crecida cantera, y la palma cayó abatida, y la cueva termina  ahí justamente en el recodo de mis sueños.

Una vez un periodista me preguntó porqué los murciélagos. Le respondí: “Mira, primero por las cuevas: cuando pasa algún tiempo sin ir comienzo a sentir un empuje interno y se impone el deseo de respirar en ellas, como el enfermo que le urge el fármaco y tú sabes, el primero y más relevante bicho que encuentras ahí son los murciélagos”. Era verdad, pero olvidé decirle que lo agradecía también a las lagartijas del patio de mi casa que cuando niño preservaba en alcohol de quemar y a un gato que encontré muerto en la calle que me lo llevé, sepulté y después armé su esqueleto.

Ya mayor, a los catorce años, fui Boy Scout. Sabíamos que a los muchachos de “Los Maristas” los llevaban en excursiones domingueras a las cuevas de Guajabana. Nos adelantábamos para ocupar sitios en la penumbra y cuando entraban nos alumbrábamos los rostros desde el cuello con las linternas, lo cual produce un efecto espantoso, y los colegiales retrocedían asustados a todo correr. Después, reagrupados y dados cuenta del asunto, emprendían la ofensiva y se invertían los papeles: éramos nosotros los que teníamos que echar pies en polvorosa. Más tarde nos uníamos para recorrer las cuevas como hermanos.

Después, y por siempre, en esa etapa inicial dulce y embriagadora de cada amorío, íbamos a ellas, como a un altar.

El primer descalabro.

Un día cayó en mis manos un interesante libro: Cuba, con la mochila al hombro, donde el Dr. Antonio Núñez Jiménez narraba sus primeras exploraciones espeleológicas.

El libro reanimó mi vocación por las cuevas. Todavía conservaba en el recuerdo aquel olor terroso y húmedo de sus interiores y el frescor que se percibe al llegar a un vestíbulo, que tantas veces experimentara en mis excursiones de niño; y más adentro el de las tinieblas violadas por la luz de las antorchas de querosén que hacíamos con los troncos huecos de las cañas de castilla que crecían junto al río; y el del chirriar y revolotear de los murciélagos molestados en sus seculares madrigueras; y el de las fantásticas formas de la caliza blanquísima y punteada de centellos de las paredes, techos y pisos. Y nació la idea.

En esa época mis hijos vivían lejos, pero contaban a diario los días que faltaban para las próximas vacaciones que pasaban acá conmigo. Los llevaba  a las playas, los campismos y a los moteles. Ahora también iríamos a las cuevas. Y fui amasando la idea hasta convertirla en plan verdadero.

Haríamos el viaje en bicicletas haciendo escala de un día en el cercano lomerío de Las Tasajeras, donde abundan, y después seguiríamos viaje hasta el balneario San José del Lago para otra escala y por último la meta: Punta Judas, donde abren sus fauces al exterior cincuenta y cuatro cuevas. Dormiríamos en sus interiores, nos bañaríamos en los riachuelos y cocinaríamos en campaña.

Días antes comencé los preparativos. Compré las hamacas y las mochilas, botas y ropas adecuadas, la agenda para el diario, medicinas y alimentos; reparé y engrasé los ciclos y redacté no sé cuántas listas que me parecían insuficientes. Al fin llegó el día en que comenzaban nuestras vacaciones.

Nos levantamos temprano. Con la interminable lista en manos procedí a la repartición del equipo y a las ocho y treinta salimos, y no por la puerta del corral trasero estos quijotes cueveros.

Casi al mediodía llegamos a La Vega, un pequeño caserío situado a unos 18 km de Caibarién. El lomerío se alzaba, abrupto y sorpresivo, a escasos metros. Con los ciclos de mano tomamos por un camino de tierra perpendicular a la loma y nos instalamos en un potrerito rodeado de setos vivos para almorzar.

Julio se presentaba bueno: llovía poco tras una primavera copiosa. La feraz vegetación de la loma se veía lujuriante y algodonosa. El sol estaba alto y se proyectaba a plomo sobre la ladera formando claroscuros y el aire limpio dejaba ver con claridad los centenarios árboles emergentes. En el pasto del prado, verde y parejo, pastaba el manso ganado. Un sinsonte, perchado en una palma, se desgañitaba agotando el repertorio de sus congéneres alados.

Casi enseguida llegó hasta nosotros un viejito de piernas gambadas, blanco en canas, pero de rostro jovial y sonriente donde se destacaban hermosos ojos azules. Entonces no lo sabía: se trataba del Nene Fumero, dueño de la finca y buen amigo de los espeleólogos que visitaban el lugar. De sus labios oí por primera vez los nombres de Adrián y de Martín, y cómo imaginar que se trataba de mis futuros y entrañables amigos y compañeros de cuevas. Me habló de la Cueva del Machete, situada a unos pasos, en la base de la loma, y de dos más con agua en su interior. Terminamos el almuerzo y fuimos en busca de la primera.

La yerba de guinea estaba alta y nos impidió encontrarla. Pasado el tiempo comprobé que, efectivamente, estaba ahí mismo y que habíamos merodeado su boca una y otra vez. De haberla hallado el viaje hubiera resultado exitoso pues en verdad era buena para vivaquear: un salón no muy grande pero suficiente para la instalación de varias personas, con un arroyo muy cerca de buena agua para el consumo humano y una poceta con chorrerón estupenda para el baño. El Nene estaba demasiado viejo y no recordaba con exactitud la ubicación de la cueva.

Tras este primer percance nos dirigimos a las otras cuevas que nos indicara. Había una casa cercana en la cual nos recibieron muy atentamente y donde se brindaron de inmediato para guiarnos. Dejamos la mayor parte del equipo en la casa y fuimos a echar un vistazo.

La primera de ellas, cueva del Agua, era una pequeña furnia de unos diez metros de profundidad, de acceso difícil y con un laguito en el fondo donde, tras detenida inspección, descubrimos una colonia de camarones ciegos del género Troglocubanus, los cuales nadaban con parsimonia luciendo sus largos apéndices tactiles. El práctico nos guió hasta la segunda cueva, muy similar a la primera. Afuera comenzó a llover y a soplar un fuerte viento.

La suerte no fue buena con nosotros aquel día. Después, durante años, exploré en compañía del Grupo Espeleológico “Cayo-Barién” el extenso lomerío de punta a cabo llegando a conocer cuarenta y ocho cuevas, pero ninguna tan inepta como aquellas para instalar un campamento.

La lluvia siguió. Confinados en el interior de la cueva llegó el embotamiento. El lugar era muy reducido y húmedo, el suelo inclinado, fangoso y lleno de rocas y el calor agobiante. No había manera alguna de colgar las hamacas.

Escampó al fin y salimos al exterior, pero el paisaje era igualmente opresivo: el campo se mostraba empapado e incoloro a la luz mortecina de un ocaso nublado; el viento había cesado dejando la pesadez de una calma total y la plaga de mosquitos fustigaba implacable. La insensibilidad del bisoño aun no había mutado hacia niveles sensoriales capaces de apreciar la naturaleza en todas sus dimensiones, entonces habríamos disfrutado del fragor de la vida que se levantaba febril de la hojarasca y de las grutas y del follaje para vivir de veras tras el aguacero bienhechor.

Nosotros, en cambio, con el sabor de la derrota, nos volvimos a casa. Don Quijote también hizo lo mismo tras un adelantado revés.

Login with your Social Account

Mantente Informado, Suscríbete

Semanario CUBA SUBTERRANEA