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LUGARES MÁS DESCONOCIDOS DE GUANAHACABIBES

Por caminos del sur de Guanahacabibes

Retornamos al Valle de San Juan y volvimos a recorrer los 9,5 km hasta el Alto de la Peña, o Caleta del Humo. Pasamos frente a las cuevas: Contreras, Funche, La Ceiba y Guayacán.

El lugar de destino de este primer día, es un promontorio sobre un elevado farallón en la cota de 20 m sobre el nivel medio del mar. Es un punto de Guardabosques en un bohío típico de tablas y techo de hojas de palmas. Los montunos de estas tierras son excelentes anfitriones.

El atardecer en el sitio es fantástico. La puesta del sol es hermosa, porque la casa queda exactamente al oeste, el sol se pone por detrás del bohío. Aprovechamos con la caída del sol, para hacer fotos y terminar la espaguetada.

En el camino revisamos cueva Contreras. A la entrada de la espelunca encontramos un endémico de la Península, la ranita de Guanahacabibes (Eleutherodactylus guanacabibenses).

Bojeo de la costa sur. Comienza la ruta   

Al amanecer salimos en grupo hasta punta del Fraile, bordeando toda la costa, lugar singular de Cabo Corrientes:

 […] es afarallonada y hasta punta Fraile estas barras emergidas llegan alcanzar la máxima altura de 26 m sobre el nivel medio del mar, desde donde descienden ligeramente hacia el sur y en el litoral lo hacen abruptamente, mientras que tierra adentro bajan más suavemente hasta el centro de la Península que es de unos 10 m de altitud y siguen descendiendo hasta la ciénaga litoral de la costa norte donde se confunden con el nivel marino.

El fondo del mar se encuentra en este punto entre los 6 y 12 m de profundidad. El canto del veril está ubicado a solo 90 m de la costa, con profundidades superiores a los 310 m, el fondo es rocoso constituyendo una antigua terraza marina hoy sumergida.

Cueva La Ceiba

En 1970, los investigadores Hilario Carmenate y Enrique Alonso, acompañados por Jesús Ramos, reportaron un sitio de filiación preagroalfarera, conocido como cueva La Ceiba, ubicado en las coordenadas: 84o24´18´´ latitud norte, 21o48´20´´ longitud oeste, a 500 m de la costa afarallonada y a 6 km de playa Jaimanitas.

La espelunca contiene un amplio lago permanentemente lleno de agua y espacios secos con posibilidades para la habitación. En su techo se pueden apreciar tres claraboyas. En ella vivió durante un tiempo, por los años 1940, la familia de Luis y Olasco Izquierdo.

En el exterior, al este de la cavidad, se observa un gran montículo residual de unos 30 m de diámetro y no menos de 1 m de altura. En superficie afloran gran cantidad de restos de alimentos, aunque el montículo está alterado por la vereda de Palito Blanco, que cruza en dirección a la costa.

Otras afectaciones han sido causadas por los hornos de carbón, ya que se extrajo tierra del residuario para taparlos y se montaron sobre el mismo sitio. En el interior de la espelunca están alteradas las evidencias que pudieron existir.

En agosto de 1982 ambos arqueólogos, acompañados de un grupo de alumnos y profesores de la facultad de geografía de Ciudad de La Habana. El colectivo ejecutó excavaciones en el área.

En la cala uno, apenas extraídos los primeros 20 cm, aparecieron las primeras evidencias aborígenes. Eran huesos largos humanos, pertenecientes a dos tibias y un fragmento de fémur muy dañado. Quizás, representa un entierro en forma fetal.

Debajo de estos, ya en la capa de los 30 cm, apareció una gubia de concha de Strombus gigas, encontrándose el diente de perro a una profundidad de 2 m.

Durante todo el proceso de trabajo surgieron abundantes restos de alimentos. Entre ellos destacan, moluscos terrestres y marinos, jutías, quelonios, peces, cangrejos y jicoteas.

La cala dos se profundizó hasta 1 m. En una extensión que se hizo en dirección norte en la capa 50-60 cm, fue hallada una lasca de sílex y elementos contentivos de la dieta descrita en el párrafo anterior.

Para hacer la cala tres, se seleccionó el extremo sur del montículo, equidistante de la cala uno y en línea recta con la cala dos. Se obtuvieron iguales resultados en cuanto a restos alimenticios, distinguiéndose la presencia de langostas. Fue meritorio la ausencia de artefactos e instrumentos en las tres calas.

Quedó demostrado por las evidencias excavadas y luego analizadas por los arqueólogos, la importancia que tuvo para este grupo la recolección, la captura, la caza y la pesca desde el farallón, al aparecer, peces de grandes dimensiones.

Todo hace pensar que las evidencias más tempranas, se encuentran en el interior de los hoyos del diente de perro, a los cuales es difícil acceder.

Secretos del Tesoro de Mérida

Antonio Núñez Jiménez escribió cómo en esta cueva se ocultó el Tesoro de la Catedral de Mérida. Según Valerio Ceballos están implicados, Virgilio Peña y José Antonio Canga, antiguos vecinos del Valle de San Juan, cuyas muertes guardan relación con el maleficio del tesoro.

Cuenta Ceballos que, por caprichos del destino, el tesoro fue recogido y escondido por tres negros esclavos fugitivos (cimarrones) de las haciendas de la región, quienes se convirtieron en testigos del desembarco por Cabo Corrientes.

Desde el barco español donde se transportaban estas riquezas. Los españoles escondieron su contenido en la cueva de los Negros, pequeña gruta muy cerca de donde estuvo el faro de la zona, hoy desactivado.

Muchos atribuyen veracidad a la historia. En la espelunca existe en un basurero mezclados: restos de cerámica industrial de antiguas botijuelas españolas, en las que se transportaba el aceite para el alumbrado del punto de observación construido durante el siglo XIX.

Los esclavos, luego de que se marchara el barco, por miedo a ser descubiertos trasladaron el tesoro hacia el Conuco de los Negros y de ahí, hacia cueva de La Ceiba.

Retornaron a su antigua hacienda para comprar la libertad, con una muestra del tesoro, aceptado por el dueño. La ambición de su hijo mayor, hizo que comenzara la presión sobre los negros para que le revelaran el origen del mismo.

Ellos habían hecho un pacto de silencio, dos murieron a manos del hijo, pero uno, logró huir de la región y se refugió en Camagüey. Cuenta una de las tantas versiones de la leyenda, que antes de morir de viejo y por enfermedad, el negro contó a su mejor amigo esta historia.

Otra versión narra que no es precisamente en esta espelunca, sino en una cercana a ella y de ahí lo trasladaron para cueva la Ceiba.

Claro Lazo vecino del Valle de San Juan, playeando en busca de quelonios, se pinchó con un clavo el pie. Salió hacia su casa a curarse, en el camino se detuvo a descansar en cueva la Ceiba.

Fue el momento que encontró el tesoro, al regreso a casa, el vecino Canga y el Chino Camejo lo cuidaron, pero no pudieron evitar que muriera de tétanos. Antes de fallecer, Lazo, les contó el secreto.

Poco tiempo después, Canga también murió. Unos dicen que cuando buscaba ayuda para sacar lo encontrado, otros afirman que nunca dio con el tesoro. Lo cierto, es que falleció por accidente, aplastado por un tanque de 55 galones, lleno de gasolina o aceite, al caer de un camión.

Tiempo después también muere el Chino Camejo, sin haber llegado hasta el escurridizo botín.                                                             

Quizá las evidencias aborígenes y coloniales que han sido encontradas en las diferentes espeluncas mencionadas en la leyenda, hayan dado paso a la imaginación de los tesoros de la Península de Guanahacabibes.

De Cuba Pasaje a la Naturaleza. Guanahacabibes L

Pedro Luis Hernández Pérez

Pedro Luis Hernández Pérez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba
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