NAVEGANDO POR EL RÍO TOA

Por: Yamilé Luguera González
Fotos: Marisse Merlo Ruiz

El río más caudaloso de Cuba, el Toa, regala a los expedicionarios que desean recorrerlo, paisajes inesperados, una exuberante flora, fauna típica cubana y la experiencia de navegar sus rápidos en una frágil balsa de cañambú, no hay otra aventura que se iguale.

La preparación de una expedición turística ambiental al río Toa, puede tomar mucho tiempo y esfuerzo; planeamiento de la comida y el cómo mantenerla seca, los cascos, chalecos, permisos, pasajes entre otros tantos requerimientos, para lograr una feliz travesía.
El recorrido por esta zona protegida de la cuenca del Toa, se puede iniciar desde distintos sitios, nosotros comenzamos en Tribilín, Bernardo de Yateras, con idea de llegar a la desembocadura en Baracoa.
La idea de navegarlo, en vez de caminar por sus orillas, era más atractiva, utilizando la transportación fluvial típica de la zona: balsas construidas de cañambú (bambú o caña brava), por los propios participantes en la excursión y los campesinos. Las varas se amarraron con cable de teléfono y encima se les ataron dos cámaras infladas de camión para sostener nuestro peso y el de las pesadas mochilas.

Balsas de cañambu

A estas travesías solo se lleva lo necesario para subsistir. Se carga hasta el final de la expedición con toda la basura generada en el trayecto. De los lugares recorridos solo se toman fotos, frutas, viandas y palos secos para la leña de la cocina, una vez en el día.

Todo lo que llevamos en las grandes mochilas va envuelto de forma hermética para evitar que se moje si alguno de los rápidos más fuertes viran las balsas, como casi siempre sucede; todo va guardado en bolsas plásticas de basura y cada bolsa se coloca una dentro de otra, así hasta 5 y cada una sellada herméticamente con tiras de goma.
La comida para la trayectoria es de fácil y rápida preparación e incluye pastas, enlatados, energéticos, carbohidratos y refrescos instantáneos. Los espaguetis, el azúcar, el arroz y otros, van guardados dentro de pomos plásticos bien tapados.
Navegamos desde la mañana hasta bien entrada la tarde y sólo abandonamos la corriente del río cuando aparece algún playazo seguro, con suficiente altura para que no nos sorprenda una crecida nocturna y con espacio apropiado para armar tiendas, colgar hamacas y cocinar.

Campamento en un playazo del río

Durante la travesía se vive una experiencia como pocas, estos lejanos parajes muestran un maravilloso paisaje natural que invita constantemente a la fotografía, pero esta no logra con el lente plasmar toda la belleza y variedad de cada tramo.

Las rocas, con una amplia gama de colores, parecen cobrar vida; la vegetación es espesa y variada, y entre las plantas que más resaltan por su talla insuperable, están los helechos arborescentes y el plátano indio. A lo largo del recorrido se observan bandadas de cotorras y caos escandalosos, aves acuáticas, como el zaramagullón, que se pierde ante la mirada, con una sorpresiva inmersión en el río.

Tras vencer dos cascadas de más de 10 metros de altura, una de ellas conocida como Salto del Toa, y de pasar la unión de los ríos Toa y Jaguaní,  donde aumenta el caudal, se ven patos con sus crías nadando tranquilamente en sus aguas.

Después de franquear esta unión, comienzan a verse los poblados con mayor frecuencia, se encuentran menos balsas en las orillas y más cayucas. Esas embarcaciones típicas de esta área, conformadas de una pieza, tienen el fondo plano y sin quilla, son de origen indígena y se gobiernan y mueven con canalete por diestros cayuqueros.

Novio en la unión del Toa y el Jaguani

Los habitantes de esta zona muestran bien delineados sus rasgos indígenas, sus bohíos son de puntal bajo, porque la estatura de ellos también lo es.

Con una gran alegría nos brindan ayuda y techo a los excursionistas a lo largo del recorrido, además de contar interesantes historias sobre el lugar y los lugareños.

Cuando se llevó a cabo nuestro viaje, el principal problema fue que el nivel del agua estaba muy bajo, con áreas completamente secas. Esto ocurrió en el mes de mayo, durante el cual normalmente caen precipitaciones diarias sobre esos parajes, pero en los ocho días de la travesía llovió una sola vez.

El bajo nivel del caudal se observaba con claridad en las dos estaciones de medición por las que pasamos. Las estacas colocadas para la comprobación estaban completamente fuera del agua. En algunos tramos fue necesario cargar las balsas y caminar por el cauce, lo que nos dificultó el avance al ritmo esperado.

Durante la navegación, desde el poblado de Tribilín, conocimos lugares como Vega del Toro, Aguacate, Salto del Toa, el Pozo del Buque o de Las Clarias –por la buena adaptación de esos peces al lugar–, Colunga, Quibiján y La Perrera, entre otros, hasta salir por La Planta, lugar donde concluimos el viaje.

El final del trayecto fue en la ciudad de Baracoa, donde el grupo se alojó en el museo situado en el fuerte Matachín. Allí nos acogió de manera hospitalaria su director, el historiador de la ciudad, Alejandro Hartmann, que habitualmente recibe a todos los integrantes de estas excursiones turístico-ecológicas, brindándoles un espacio confortable donde pernoctar.

A esa bella y antigua ciudad le dedicamos otra semana de caminata, para visitar el río Yumurí, con su impresionante Tibaracón, el río Miel, la iglesia que atesora la cruz de Parra, el museo arqueológico dentro de una cueva, la playa de los Alemanes, subimos al yunque, atravesamos el río Duaba, vimos las polímitas exhibiendo sus colores en las cercas vivas, comimos de la comida típica.
Solo nos faltó visitar Maisí y sí que lo intentamos, estuvimos toda una noche durmiendo en la agencia de pasajes para alcanzar puestos en la avioneta. Después que lo conseguimos llovió y como la pista es de tierra, se suspendió el vuelo.

A pesar de que han pasado algunos años de esta expedición, de mi mente no se borran las imágenes de la travesía, recuerdo muy claramente que durante la navegación, se avistaba un playazo parecido a islas tropicales sacadas de películas y otros lugares eran selvas intrincadas, a veces el agua rozaba los tobillos y en otras se veía el azul intenso por la profundidad, en fin tendría que inventar nuevas palabras para poder describirlo todo.