ORGULLOSOS DE UNA CIUDAD A ORILLAS DE UN RÍO

Pedro Luis Hernández Pérez

Pedro Luis Hernández Pérez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

De Aldea al futuro

Existen muchas razones para que los habitantes de Pinar del Río se sientan orgullosos de una ciudad a orillas de un río. En algo más de un mes debiera conmemorarse los 321 años de los inicios de esa aldea, que en el tiempo alcanzó la categoría de ciudad capital de la Vueltabajo.

Este hecho está marcado por el primer bautismo recogido por el cura asentado en la localidad. En un lugar donde ya se le había dado categoría de Curato 99 años atrás.

Aunque en la práctica tuvo que esperar el tiempo de estructuración y consolidación hasta que se levantara una incipiente iglesia, que poco a poco se fue rodeando de escasos bohíos.

Asiento primario nacido de las emigraciones desde La Habana y otras regiones de la Isla e incluso, de un primer hijo de las Islas Canarias y otros países; que se sumaban a aquellos primitivos emigrados.

Población agropecuaria que ocupó algunas haciendas ganaderas (hatos y corrales) y luego, incipientes fundacionales vegas de tabaco. Todo ello marca los comienzos de la ocupación del espacio.

Todas ubicadas a orillas de tres arroyos y un río maestro, cuyas márgenes estaban rodeadas de enormes árboles de guamá, macurijes, algarrobos y otros…

A diferencia de lo escrito hasta hoy, es posible demostrar que los pinos hembras no se encontraban en las márgenes del río, sino se desarrollaron, a pocos pasos sobre extensas llanuras de suelos silicios sobre rocas calizas y pequeñas colinas relictas metamórficas, que marcan una cuenca fluvial (El Guamá), con suelos feraces.

Comenzaba a sembrarse las aromáticas hojas nicociana, la cual, con el tiempo, ganara la excelencia de la actualidad. Momento en que se iniciaba la transformación de la hacienda ganadera expansiva y trashumante en el pequeño cuadrilongo, donde se ha producido la hoja que lleva en sí, el color de una región histórica, que desde entonces ha sido marcada por una vida cíclica.

El próximo 2 de agosto, marca el paso de 321 primaveras espacio de tiempo que marca desde lo humano una larga y a su vez desde la historia una pequeña duración.

El acercamiento lo más posible a la verdad histórica es el fin del historiador que respete su profesión, aun cuando corra el riesgo de ser superado en el tiempo, o criticado en vida, como casi siempre ocurre, cuando no coincide sus tesis con otros colegas o estamentos.

Pero ante todo el historiador es un analista de la información disponible en sus circunstancias y su objetividad se sustenta en pruebas demostrables. La ciencia debe estar al servicio de los pueblos y sobre y, ante todo, en función de la verdad que arroje la investigación. Pasado el tiempo otros, con nuevas informaciones y circunstancias, tendrán sus propias tesis.

Elevar el sentido de pertenencia a un lugar. En este caso, a esta pequeña urbe, con olor al perfume inconfundible de las vegas de tabaco, que les rodean, es un objetivo que se desprende del resultado de la investigación histórica.

Llena y se hincha el alma de satisfacción. Excelente es reconocer, aun hoy, a pesar de lo bueno y lo malo, a pesar de las nuevas tecnologías, a pesar de los bodrios existenciales humanos, a pesar de la pandemia de la Covid, en la mayoría del pueblo, vueltabajero las esencias de sus mujeres y hombres. Los mismos que cada día, trabajan en favor de ellos y de la nueva sociedad que se intenta construir.

Cualquier observador medio puede apreciar cada mañana, bien temprano, como las paradas de ómnibus urbanos se llenan de sus habitantes, vestidos con ropa de labor para dirigirse a las vegas y fincas de los alrededores de la ciudad.

Al caer el sol, esas mismas personas retornan con rostros agotados de las largas faenas del tiempo, bajo un sol fuerte y una elevada humedad relativa. Sin embargo, sonríen. En sus bolsos viene el sustento familiar diario y el placer de ver prosperar su tierra. El gusto de haber hecho algo útil y desde su aporte, contribuir al desarrollo del país.

Esa es una estampa dinámica que se repite en este espacio, hoy citadino, desde hace más de 321 años. Antes a caballo, después en transportes y durante la Covid en bicicletas, motos o a pie, o en una piadosa y escasa botella.  Cada día el hombre vuelve a la vega.

Somos más que un título fundacional (que hasta hoy no ha aparecido), de villa, de provincia o de ciudad. Somos parte de un proceso de conformación de lo pinareño, de lo vueltabajero en un espacio geográfico o región histórica.

Eso es lo natural, para que ocurra una titulación tiene que existir una historia natural, humana. El orgullo de ser Vueltabajero se remonta más atrás aún. Vueltabajeros o Pinarindio, como les denominó el Maestro de generaciones Pedro García Valdés, nuestros aborígenes de más de 3500 años de antigüedad.

Hoyo del Guamá los inicios aborígenes

Entre las alturas de pizarra y la premontaña se desarrolla el Hoyo del Guamá. Escenario mágico, que algún día pudiera ser un gran parque metropolitano de esta Ciudad, que le necesita y está a su alcance.

Relieve entre valles y mogotes, con una variedad de paisajes impresionantes. Hoy se levantan humildes casas desperdigadas por el valle. Su centro se ubica alrededor de un batey cerca de su principal ascenso.

Aspecto que se acerca al batey aborigen, con plaza central, rodeada en forma de U por los bohíos, campesinos. Representación auténtica transculturada, cuyas casas pasaron de planta redonda a rectangular, pero mantiene los atributos fundamentales.

A su alrededor se plantan pequeñas arboledas de frutales y café. En el suelo pululan aves de corral, cerdos. El caballo acompaña a la yunta de bueyes y algunas vaquitas, las cuales garantiza la leche, el queso y la mantequilla.

A pesar de no dejar algo escrito los aborígenes dejaron en las cuevas de arte rupestre y estamparon su mensaje ancestral. Primera expresión gráfica de nuestra cultura, más arraigada.

Entre este tropicalizado ambiente, corre el curso medio del río Guamá. Agente constructor de algunas de las cavernas de la región que, en número de 54, va horadando los mogotes convirtiéndolos en “quesos”.

Dicha cuenca fluvial nace en las elevaciones de Pinalillo en la comunidad El Moncada, Viñales. corre en dirección al Hoyo del Guamá, donde en la llamada Vuelta de la U, posee un hermoso y limpio cangilón, casi desconocidos por buena parte de los moradores de la ciudad.

En sus hermosas tierras sus habitantes cultivan el tabaco, la malanga, el frijol y el maíz, las mujeres ensartan, despalillan y preparan la hoja que dará el habano cubano.

Este es el sitio más cercano a la ciudad de Pinar del Río, donde han aparecido evidencias arqueológicas en un número lo suficientemente elevado que permita aseverar que fue un espacio ocupado por aborígenes, el llamado siboney.

En el desarrollo actual de esos cinco kilómetros que incluye una extensa área ocupada por la presa Guamá y la ciudad, es muy difícil encontrar evidencias aborígenes lo suficientemente abundantes, como para decir hoy, que ese primer asiento cumplió el requisito de que inicialmente el asiento estuvo sobre una aldea aborigen.

Pero no es descartable, recientemente se han encontrado algunas evidencias, pero insuficientes aun para tal aseveración. Mientras siguen las investigaciones, si es posible asegurar que esta localidad fue a partir de la cuenca del río Guamá una zona de paso entre la premontaña y la costa.

Al atardecer, sobre una peña del río Guamá, el poeta le canta a su amada y ella moja sus pies pequeños y descalzos en las límpidas aguas. El sol se pone, el amor inunda el hermoso valle intramontano. Por todo ello, los vueltabajeros debemos estar orgullosos de una ciudad a orillas de un río.

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