OTRA VEZ LA CARRETERA

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Humberto Vela Rodríguez

Humberto Vela Rodríguez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

Sábado 15

La medianoche nos sorprende desandando la carretera. Hemos vencido un largo tramo de duro ascenso y ahora bajamos. Después, otro similar que coronamos exhaustos. Ahora sí estamos verdaderamente agotados. No hemos encontrado alimento alguno. Todos vienen con los pies y piernas inflamados. Me doy cuenta que resulta imposible agacharme. Nos tiramos en la orilla de la carretera sobre el pavimento, con todo un cielo estrellado por encima.

Al parecer, la fatiga nos enervó el razonamiento. Lo más cuerdo hubiera sido quedarnos en Santo Domingo, descansando y a la espera del transporte que apareciera. La base de campismo distaba unos 12 Km, imposibles de vencer a pie por aquella implacable carretera que mayormente descendía, dada nuestras condiciones físicas, pero que también tenía algunas subidas del demonio; y, por otra parte, el argumento esgrimido por algunos de unirnos al grupo de religiosos en el punto donde el porteador debió recogerlos a las 5:00 de la tarde, carecía de validez.

Así, echados, estuvimos un buen rato. Jorge y Mario  deciden ir hasta una vivienda cercana para pedir ayuda. El campesino y su esposa acceden con lo poco que tienen: dos aguacates, algunos plátanos maduros, panes y un poco de raspa de arroz: “Andy, Andy, ven…”, gritaba Mario en tono amanerado. “Vengan, vengan muchachos…”, insistía  sin indicar de qué se trataba. Al fin, dijo: “Vengan a comer algo”. Nos negamos inicialmente por el cansancio. José Armando, ya agotadas sus buenas reservas de energía se levanta trabajosamente y nos dice colérico: “Voy a ir, pero si es una mentira del tipo este ¡le voy a meter un janazo…!”.

Antes, yendo hacia la casa del campesino, pasó veloz un camión hacia Santo Domingo y éste nos alerta que es muy común que estos vehículos lleven mercancías a un centro turístico allí situado y retornen enseguida.

Nos despedimos del buen hombre y continuamos carretera abajo. Llegamos a una escuela y el custodio nos autoriza a tirarnos en un área cercana. De nuevo el cielo con las estrellas. Como a la media hora nos pareció escuchar el ruido de un motor lejano. Paramos las orejas y, efectivamente, un vehículo se acercaba. Apresuradamente volvimos a la carretera. ¡Santo Dios, era el camión que venía! Le hicimos señales y paró, bajó el chofer  y solícitamente abrió el portón trasero y nos ayudó a subir.

El camión bajaba veloz y aceleraba aun más en las peligrosas curvas, Minerva rodaba como una pelota. Un poco antes de llegar al campismo nos esperaba un jeep con dos empleados muy preocupados por nuestra tardanza. Al llegar al lugar que da inicio al terraplén montamos en él.

El trayecto que habíamos hecho desde la escuela hasta acá llevó veinticinco minutos al camión y hubiera sido, efectivamente, imposible caminarlo como algunos pensaron. Nos llevaron directamente al comedor de la base y al poco rato nos sirvieron una necesaria y excelente comida: sopa de pollo, fricasé, arroz y croquetas. José Armando, que suele rechazar el pollo, esta vez por poco se zampa hasta los huesos.

Somos mofetas, pero nadie piensa en el baño, ni Martín, y nos lanzamos en las confortables literas con las mismas ropas del Turquino.

Adiós a la base

Nos levantamos a las 8:00 a.m. Baño y desayuno. José Armando conecta su cámara al televisor y vemos todas las fotos y el video de la cima que resultó muy bueno. Dentro de unos minutos almorzaremos y partiremos después en la guagua del campismo rumbo a Bayamo para enfrentarnos a la proeza del viaje de regreso. A las 2:15 p.m. daremos el adiós a la base y nos despedirán formalmente con amables palabras junto al grupo de religiosos.

Bayamo

Nos detenemos en la Oficina Provincial de Campismo Popular. Allí nos redactan una recomendación para adquirir los pasajes en el tren que ya conocemos que llegará procedente de Manzanillo con seis horas de atraso. Jorge decide retornar a esa ciudad y viajar en avión hasta La Habana. Los restantes religiosos han conseguido, por medio de un funcionario que atiende estos asuntos en el PCC provincial, que las mujeres y niños lo hagan en una confortable “Yutong”.

Para mayor seguridad Martín y José Armando deciden comunicarse con Lázaro Expósito Canto, primer secretario del PCC en Granma, el cual conoce al Grupo por ser oriundo de Caibarién. Lo logran y éste les asegura que los pasajes en el tren son ya un asunto personal suyo.

Pasado un rato llega un auto a la terminal de ferrocarril, del cual baja un hombre portando un teléfono celular. Nuestros amigos se acercan y preguntan, y él responde con otra interrogante: “¿Ustedes son los de Caibarién? Y quedó resuelto todo al instante.

Ya con los pasajes en las manos fuimos a visitar a un tío de José Armando. Nos esperaba con una botella de Ron Santiago. Un anciano de mucha vida nos saluda en la puerta de su casa. Conversador, atento y bebedor. Desde aquí llamamos otra vez a Lázaro para informarle que ya teníamos los pasajes.

Tío y sobrino, pasados de tragos, entablan el sabroso diálogo de los “curdas”, que todos disfrutamos de lo lindo. En compañía de él salimos a conocer el casco histórico de tan afamada ciudad, celosamente preservado, con óptimas luminarias y gente agradablemente insertada en su entorno centenario. Entramos a una hamburguesera a comer y cuando llega el momento de pagar José Armando nos detiene: “No no… cuidado, si alguien lo hace el viejo se berrea”.

El viaje de regreso

Domingo 16.

A las 3:45 de la madrugada salió el tren. Media hora antes nos habían instalado en el Coche 2 y asientos del 1 al 6, a oscuras, porque la locomotora aun estaba en camino. Pronto llegó, todo se normalizó y Martín guardó sus lámparas de leds.

A las 8:40 a.m. llegamos a Camagüey. Compramos refrescos gaseados fríos y lo tomamos con ron, y siento enseguida el bienestar que inicialmente produce el alcohol. Pero no se despliegan las alegrías del viaje de ida porque ahora van sedimentándose serenas el cúmulo de emociones vividas. En el recuerdo fresco está la montaña, la visión de la sugestiva geografía, la naturaleza en sus cosas pequeñas y grandes y siempre hermosas, y el río, y los nuevos amigos que se hicieron en circunstancias tan exclusivas, y la sensación de grupo –quizás lo más importante–, de un colectivo con un largo historial de viajes, cuevas, campamentos insólitos, estudios y jodederas sin fin. Otra vez seremos más amigos y otra vez volveremos a planear y emprender la aventura, como savia irrenunciable.

Hubieron otros sucesos ya menores durante el resto del viaje, los excluyo. A Caibarién llegamos al atardecer. Bajamos desde “El Cangrejo” a pié y, poco a poco, el grupo insólitamente se desmembró. Primero Andy, que quedó en el Reparto Van- Troi; después, José Armando, Minerva y Ramoncito en la calle Luz Caballero; Y Martín, por último, en Agramante. Anduve solo la última cuadra hasta mi casa, casi melancólico, luchando por negar el encontronazo con la realidad.

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