PERDIDOS EN GUASASA

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Raudel Del Llano

Raudel Del Llano

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

Para quien nunca se ha adentrado en el corazón de un mogote y piensa hacerlo, le sugiero se siente debajo de un buen árbol a reflexionar si en realidad está dispuesto a ello. Si la meditación no le hace entrar en razones, pues adelante, aventúrese en ese mundo laberíntico y desconocido.

Pero tenga en cuenta que por lo general, usted siempre sabe por dónde entra, pero casi nunca por donde sale ni a qué hora ni en qué condiciones. Para los aventureros esta afirmación no será otra cosa que una incitación a la nueva empresa, para los menos atrevidos, una advertencia.

Los mogotes

Los mogotes son formaciones montañosas de rocas calizas, conformadas principalmente por cimas, hoyos, abras y paredes verticales, distribuidos sin ninguna organización racional que pueda desentrañar fácilmente la mente humana. A simple vista se distinguen por poseer cimas redondeadas y paredes verticales, estas últimas solo practicables por avezados escaladores, donde se utilicen todos los andamiajes necesarios que hacen algo más seguro a este deporte de alto riesgo.

Para el espeleólogo común es harto conocido que a un mogote hay que entrarle por las llamadas abras cársicas, quebrados accesos por lo general, llenos de rocas, vegetación enmarañada y con zigzagueante dirección. A través de ellos, lo mismo puedes atravesar de lado a lado un mogote, caer a un hoyo, o ir directamente a la cima.

La expedición

Corría el mes de febrero de 1999, cuando se realiza una de las tantas expediciones programadas por el grupo Geda para seguir explorando sierra Guasasa, en Viñales, Pinar del Río. A un año de haber comenzado las exploraciones en esta zona, ya habían sido descubiertas más de una veintena de espeluncas.

Cueva Geda, la más distinguida del sistema, tiene la característica de atravesar la sierra de lado a lado. La salida posterior, al hoyo de Jaruco aún no estaba topografiada, por lo que se decide darle esta tarea a una parte de los integrantes de dicha expedición.

La entrada más accesible de esta espelunca está orientada hacia el oeste, justo frente al centro turístico El Palenque. Con dos niveles de cavernamiento y un desarrollo total de unos 5 km de galerías.

El nivel inferior se obstruye en su medianía, por lo que para acceder a la parte posterior del mismo es necesario subir al nivel superior, avanzar hacia el fondo y penetrar hacia abajo por un conducto angosto que se abre justo en el techo del nivel de abajo. Esta actividad solo es posible con equipos de progresión vertical y por personas con un mínimo de conocimientos de los mismos.

Justo este nivel es el que sale al exterior, por la parte opuesta a la entrada de la cueva, en la zona del hoyo de Jaruco. Este hoyo intramontano de medianas dimensiones, lo utilizan los campesinos para cultivar maíz, tomate, malanga y yuca entre otras.

Otro grupo intentaría atravesar por primera vez un abra cársica, que según las hojas cartográficas divide el conjunto mogótico en dos partes. Dicha abra, tomada desde el Sur de la sierra y en dirección norte, desemboca justo en el mencionado hoyo.

Un tercer grupo haría otras acciones de exploración alejados de esta zona.

El primer equipo y el segundo debían unirse en la salida posterior de cueva Geda y para ambos el encuentro era indispensable, pues si el primero llevaba los utensilios de cocina, el segundo llevaría la comida y de esta forma quedaba distribuida la carga de forma equitativa.

En mi caso me correspondió dirigir el equipo que atravesaría la sierra, por el abra que llamaríamos posteriormente del Panal, esta estaba aún por encontrar, lo que sucedió poco tiempo después, la cueva homónima es hoy una de las más bellas del país; pero esta es otra historia.

El abra del Panal

Comenzamos la subida por lo que a simple vista se avizoraba como uno de los tantos trillos que forman los campesinos en su desandar por la zona. Por esta franja, la sierra presenta un tipo de formación rocosa conocida como Jagua, caracterizada por pendientes suaves de tierra y abundante vegetación, bastante accesible como para desviar tu ruta y desorientarte entre la enmarañada flora.

A golpe de orientación fuimos subiendo, sin puntos de referencia, pues arriba las laderas del abra ya no se divisaban. Era como tener justo al frente a la Osa Mayor en una noche nublada.

En uno de los entronques del estrecho camino torcimos un poco a la izquierda y seguimos subiendo, para al fin, un poco más adelante comenzar a escalar por entre la roca caliza y continuar el sendero elevado. Un pequeño hoyo lleno de plantas de plátanos nos ¿confirmó? que llevábamos la dirección correcta.

Después de pasar por esta plantación continuamos la subida por un área de derrumbes, llena de rocas inestables, que en una próxima expedición me provocaría un pequeño accidente; pero esta también es otra historia.

La vista al valle de Viñales se nos presentó preciosa. A nuestros pies se apreciaba hermosa la laguna de Piedra, el caserío, los sembrados. Era un día soleado y fresco, estábamos deslumbrados y contentos. Con la pequeña cámara de rollos que llevábamos inmortalizamos la mañana.

Cueva Amigos

Por fin comenzamos a bajar. Sin “dudas” estábamos ya en un abra bien marcada, aunque no de las dimensiones que esperábamos. Un poco más abajo, la vanguardia se fija en un pequeño orificio a la izquierda del abra. Rápidamente soltamos las mochilas y comenzamos a bajar uno a uno. Una vez dentro del pequeño pasadizo observamos que se podia avanzar en dos direcciones, y nos dividimos para agilizar el trabajo. Éramos 5, dos para cada lado y uno se quedaría en la entrada para garantizar la retaguardia.

La exploración dio como resultado una cueva estrecha pero transitable, de unos 200 o 300 metros, cerrada a ambos lados y con pocas formaciones secundarias. Nos quedamos con las ganas de poder caminar más adentro del oscuro antro, pero al menos ya teníamos descubierta nuestra primera cueva del día, y con tan buen augurio, seguro encontraríamos algunas más, pensamos. No hubo contradicciones cuando a alguien se le ocurrió ponerle el nombre: cueva Amigos.

La alegría del momento, la obligatoria parada y el hambre nos convidaron a preparar el almuerzo, si es que podría llamarse así, consistente en galletas de sal, panes y agua. Medianamente satisfechos, continuamos bajando por el accidente orográfico que también llamamos cañón, denominación errónea pero muy utilizada para designar un abra cársica.

La desilusión

El día fue avanzando casi sin darnos cuenta. Bajamos hasta un pequeño hoyo que se bifurcaba en dos. Debíamos tomar un solo camino y dejar el otro por detrás. Después de una exploración a fondo y gracias a nuestra novicia experiencia, decidimos cortar hacia la derecha, pues era la dirección que más al norte nos llevaría; comenzamos a subir nuevamente. Subimos, bajamos, volvimos a subir. Ya la preocupación comenzaba a apropiarse de nosotros.

¿Estábamos en el camino correcto? Nadie lo sabía, pero no quedaba otra que seguir adelante, pues de no llegar dejábamos a nuestros compañeros sin alimentos, y lo que era peor, ellos nos dejaban a nosotros sin cazuelas, y sin agua, pues la que llevábamos se nos estaba agotando.

Al final de la subida, se nos mostró espléndido ante nosotros un majestuoso y profundo hoyo de disolución cársica. Tomamos un descanso para discutir las posibles variantes. Regresar era para nosotros una derrota y la seguridad de no poder llegar ese día al llano, y mucho menos a cueva Geda. Como no sabíamos aún a ciencia cierta si estábamos en el abra indicada, decidimos bajar al hoyo, no sin antes intentar saciar nuestra sed valiéndonos de un viejo truco de exploradores.

Como estábamos cerca de una de las cimas, subimos hasta la zona donde se dan en abundancia los curujeyes. Estas epifitas tienen sus hojas dispuestas de tal modo que al llover, son capaces de acopiar agua, proporcional al tamaño de cada planta.

Bebimos, aunque no todos. Las muchachas se mostraron más recelosas al ver el brebaje casi verde. Para nuestra sed, el agua tenía solo un leve sabor a hierbas y a sedimento acumulado y contenía cientos de larvas de mosquito que de seguro “aportaban” lo suyo. La filtramos como pudimos, saciamos la sed y recolectamos en nuestros pomos.

La tarde comenzaba a caer y las sombras a apropiarse del entorno. En pocos lugares oscurece más rápido que en las fauces de un mogote. Con una última ojeada no avistamos ninguna salida posible. Todo indicaba que nos encontrábamos en el corazón del mismo, o cuando más, en el “intestino delgado”.

Comenzamos a bajar el hoyo. Al principio todo muy fácil, aunque siempre con su dosis de peligro. Poco a poco la cosa se iba poniendo más fea. Bajábamos y bajábamos y aún las copas de los gigantescos árboles anclados en el fondo se veían lejos. Jagüeyes, caobas y palmas reales nos miraban atónitos desde abajo, quizás los primeros seres humanos que con tan poco tino se adentraban en aquel inhóspito lugar. La noche se apresuraba a encerrarnos en aquel abismo, debíamos decidir qué hacer, y pronto.

El fondo del hoyo se nos hacía impracticable y muy peligroso. Tampoco podíamos pasarnos la noche casi colgados de una pared. La cima tampoco estaba cerca y solo contábamos con rudimentarias luces inservibles para todos.

El abismo y la noche

Decidimos subir rápido hasta un pequeño balcón que habíamos dejado atrás, no muy lejos. Por fin llegamos sin ningún contratiempo, casi de noche. Nos distribuimos como pudimos, pues apenas cabíamos los 5. Quién no tomó de almohada alguna piedra la usó para levantar sus pies y descansar como pudo.

Comimos lo poco que nos quedaba y tomamos los últimos sorbos de agua proporcionada por la noble naturaleza, ligada con refresco instantáneo. Ya resignados y “acomodados”, unos mejor que otros, no quedó más remedio que comenzar a hacer cuentos y hacer chistes acerca de nuestra penosa situación. La noche sería larga y era muy temprano para quedar dormidos en camas tan precarias. Alguien sacó unas hojas de papel carbón y nos pintamos las caras, reímos e inmortalizamos el momento con nuestra camarita fotográfica.

Finalmente el cansancio nos durmió. La incomodidad y los sonidos de la noche a cada rato nos obligaban, entre bostezo y bostezo, a recordar lo cómodos que estuviéramos si no hubiésemos salido ese fin de semana de casa.

El amanecer

Como mismo el cansancio nos adormeció en la noche anterior, la mala noche nos despertó al amanecer. Algo habíamos descansado y con nuevas energías debíamos tomar una nueva decisión. Seguíamos adelante o volvíamos sobre nuestros pasos.

La mayoría quería seguir adelante. Si al menos no era el camino correcto, como suponíamos desde el día anterior, creían podríamos salir al exterior por alguna parte.

Conociendo de lo traicionera que se puede mostrar la toponimia de un mogote, los pocos lugares por donde se puede emerger de ellos y lo peligroso que se torna la bajada al hoyo que teníamos a nuestros pies, exhorté al grupo a regresar por donde habíamos avanzado el día anterior; y eso hicimos, justo después de una breve y amigable discusión.

 No siempre la democracia se vuelve funcional, de ahí la necesidad de alguien al frente de una expedición, quizás el que más experiencia tenga, o el que sepa tomar las decisiones más comedidas en virtud de lograr el éxito y salvaguardar la integridad del equipo, que en definitiva es lo más importante.

Además, de seguir adelante corríamos el riesgo de seguir penetrando más aún en el mogote, sin conocer donde nos encontrábamos y sin saber a ciencia cierta la posibilidad de localizar una bajada practicable.

El retorno, cual tropa bien entrenada, fue rápido y sin pérdidas. Volvimos a pasar junto a cueva Amigos. Al menos podíamos dar una buena noticia al reencontrarnos con el resto del grupo, pensamos. De nuevo la vista al valle, de nuevo las piedras sueltas, las plantas de plátanos, la vegetación abundante y los trillos de campesinos y puercos jíbaros. La larga y fácil bajada hasta el llano no fue para nada competencia comparada con la subida del día anterior, y lo mejor, con la certeza de estar en el camino correcto.

Por fin llegamos al llano. Caminamos bordeando la sierra en dirección a El Palenque. Por el camino nos íbamos proponiendo diferentes ocurrencias para justificar nuestro extravío. Una mata de guayabas en el camino fue como encontrarnos un manjar, así saciamos un poco el hambre.

Finalmente llegamos al centro turístico y nos encontramos con el grupo dirigido por Hilario Carmenate. Bebimos agua antes de hacer ningún comentario. En primera instancia solo contamos del nuevo descubrimiento, pero dejándolos intrigados con respecto a nuestras peripecias sierra adentro.

Finalmente llega jadeante y hambriento el equipo que nos esperó toda la noche anterior para poder cocinar. Según ellos sus gritos de hambre debieron haber sido oídos por nosotros por muy intrincados que estuviéramos en la sierra. De nada les sirvieron las cazuelas y tampoco dispusieron de agua, pues esa parte de la cueva estaba seca en esa época del año.

El presidente del grupo, quien iba al frente de este equipo nos recordó a toda nuestra generación por el extravío nuestro y el hambre de ellos la noche anterior. Finalmente contamos toda la historia y escuchamos las de ellos, y reímos.

Debimos regresar en otra expedición a cueva Amigos para hacerle el mapa y percatarnos que posiblemente jamás hubiéramos salido de aquel hoyo y en aquella dirección, pero eso también, es otra historia.

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