POR LA RUTA DEL PASADO

Traducir
Pedro Luis Hernández Pérez

Pedro Luis Hernández Pérez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

Cada vez más cerca

En la primera casa del asiento La Cuaba vive un matrimonio joven y después de varios kilómetros que no veíamos civilización, vuelve a aparecer la antena de televisión, sobre el techo de guano, aparato que informa y divierte, del cual el cubano se ha aferrado, al mismo tiempo que va borrando información, entretenimientos y cultura tradicional.

¡Qué raro es ver hoy un guateque en nuestros campos! Entre el monte y árboles frutales se ocultan otras tres casas, y dos grandes ceibas, hermosas como todas (el árbol es sagrado, como lo fue para las tribus aborígenes y los negros africanos y libres, en la colonia y la república; aun hoy, muchos las respetan. Entre sus raíces algunas parejas furtivas en campos y montes, fortalecen el amor.

Tres kilómetros al norte, en lo alto de la altiplanicie de Cajálbana de aprecian: la torre de televisión y los edificios del Instituto Tecnológico Forestal “Invasión de Occidente” Recordando los años de becados, imaginamos a los alumnos estudiando y enamorándose entre los pinos.

Al descender hacia El Burén, se deja la carretera unos cien metros antes del puente sobre el río Tortugas, y rumbeamos por trillos con rumbo norte para coger el camino viejo de la costanera de Cajálbana, por donde pasaron los exploradores en 1943.

Sobre la vereda, conversamos con “Pipe” Pedro Robaina, quien hace un alto, que agradecen los bueyes, con que ara la tierra. Hacia el este, con 79 metros sobre el nivel del llano, se destaca la loma del Chino, nombrada así por el dueño millonario de estas tierras antes de 1959, que le decían chino Can Can. Elevación recién desmontada, de roca caliza en la que sobresalen grandes árboles aislados testigos del antiguo bosque que la cubría.

No entramos al batey del Burén, con unas 70 casas más o menos dispersas en el lomerío, en él viven familias con apellidos: Cruz, Pérez, Naranjo, Murguía, Valdés y Martínez… Unos diez matrimonios jóvenes se han quedado a vivir allí, en parte por los beneficios del Plan Turquino, quizás más por las ventajas que ofrece la montaña en estos momentos críticos por los que pasamos.

El sendero a veces rojo a tramo amarillo, desciende sombreado por helechos arborescentes y altos pinos, con guías de bejuco colorado que al rozar la piel hacen un rasguño superficial ardiente como quemadura.

Al sur baja el monte en pendiente abrupta y sube de lo profundo el rumor del río Tortuga, que corre entre rocas en forma de semicantos rodados. Llegamos al hoyo de Andrés, vega de Andrés Martínez Pimentel, quién llegó a este lugar a trabajar a los ocho años y va por noventa y tres.

Conversamos con Marino Martínez, de cuarenta y nueve años, hijo adoptivo del viejo Andrés, quién heredó el don del trabajo en este hoyo que ha sostenido a la familia por más de ochenta y cinco años, sitio situado al sureste y al pie de loma del Gato.

Subiendo las estribaciones de dicha elevación por trillo poco transitado, observamos sembradíos de yuca y frijoles en tumbas recién abiertas –hay tocones de árboles aun negros por la quema- y tierra aradas, rojas, como si sangraran cada vez que la yunta les pasa por arriba y de un solo tajo apolcan la piel de su cuerpo.

Llegamos a la cima y vemos hacia la noroeste loma Peluda –la que han pelado y no precisamente a maquinita de barbero- y descendimos al norte bordeando la loma del Gato por el sureste.

Bajo pomarrosas caminamos la orilla oeste del río Tortugas, de tramos anchos y profundo, y lo cruzamos por un vado sobre cantos rodados y brincando de roca en roca. Es el río que Núñez y compañía denominaron Caimito (nombre que se mantiene en las cabezadas al norte de Las Catalinas).

En su diario describió: “el más bello de todo el trayecto”. Ha disminuido el caudal, pero sigue alegre y limpio entre piedras multicolores, atravesando entre loma Peluda y Cajálbana en su viaje hacia el mar.

El camino de la costanera viene de los Magueyes, al oeste. En sus alrededores debió estar el ranchito de leñadores donde Núñez y sus compañeros se guarecieron de “un diluvio”. Caminamos sobre cascajos de las rocas metamórficas que predominan en la base de esta elevación aplanada en su cima; que, en sus laderas, en especial al sur, da lecho a interesantísima flora con especies endémicas y plantas comunes achaparradas, que reúnen condiciones particulares en forma de bonsái japonés, aun aquellos árboles que en otros sitios alcanzan más de veinte metros de altura.

Aquellos jóvenes, en su paso al pie de Cajálbana, se sorprendieron al ver “un gran salto de agua, de aproximadamente 100 metros de altura”, que parecía “un hilo de plata en la verdura de los pinares”. Para verlo ahora hay que serpentear por el cauce y las márgenes del arroyo, en ascenso fuerte, y llegar hasta la base de las varias cascadas que lo integran, a la sombra de altos pinos, copeyes, cuajaníes, almácigos, moruros, ocujes, macurijes, guanos manacas y espinosos, que defienden con sus raíces el borde escarpado del arroyo en las crecidas estacionales.

En el arroyo Carlitos, afluentes del Tortuga, merendamos pan con azúcar y naranjas y descansamos media hora bajo granadillos y pomarrosas. Pedro Luis aprovechó para mostrar los cantos rodados aún con bordes angulosos, indicios de la cercanía de las cabezadas del río. Algunos refrescamos bañándonos en una pocetica, entre guajacones y camaroncitos asustados.

A las 12:50 pm continuamos camino. Cruzamos tres veces el mismo arroyo Carlitos y otros dos más, casi secos, con cantos con huellas de óxido rojo, y pisando nuestras sombras. Cuando no hablamos escuchamos el silencio de la hora: solo el zumbido suave de los pinos y el pst pst de un tomeguín.

Al borde del camino vimos una orquídea terrestre, con dos hermosos ramos violetas: no más ejemplares. Atrás se quedan Alexis y Alain, quien le dice “que no te vea Hilario”, cuando el botánico se dispone a colectarla, pero lo vio:

  • “Coño Alexis, precisamente tú… Al menos espera a comprobar si hay otros ejemplares en la zona”.
  • “Alabao Hilario, con lo difícil que resulta ahora hacer coincidir una expedición con la época de floración de estas especies, no puedo perder la oportunidad. Además, ahí quedaron varios hijos y no afectará su conservación”.

Hilario quedó atrás, molesto, pensando en aquella enseñanza de su padre –él tendría unos diez años- todo un código de ética: “cuando vayas a hacer algo, piensa: ¿qué pasaría si todos lo hicieran? Si el resultado fuera bueno, hazlo, pero si fuera malo, no lo hagas”.

Delante sobresaliendo del saco colector del botánico, y moviéndose de un lado a otro al golpe de los pasos sobre las rocas, va la espiga triste, como diciendo adiós, quién sabe si a su “ignorante” defensor o al entorno que ya no volverá a respirar…

(Después de la expedición, al clasificarla, resultó ser una especie terrestre, la Bletia purpurea, especie abundante en distintos medios geográficos. ¡Menos mal! Pero ¿y si hubiese sido una especie escasa?… ¡Tal Vez se conservaría en un patio!).

Dejamos el interior del bosque atrás y desembocamos en la carretera central de montaña –construida en 1980-, en un tramo de quinientos metros sin asfalto: le habían pasado bulldozer para arreglarlo, y llegó el período especial.

Pero lo inaceptable es que quién conducía al aparato aplastador (¿y quienes lo dirigían?), destruyeron dos hileras de hicacos, ya nacidas, sembradas por Mireyo. Con el amor de un guardabosque de vocación, nos llevó a una matita superviviente, de un metro de altura, y nos dijo: “nació el 12 de marzo de 1985” ¡Quedan doce de mil cuatrocientos!

Al lugar donde arribamos le denominan “loma del Arroyo del Muerto” (y hubo 1 388 muertes, bulldozeadas por desconocimiento o indolencia). La carretera, que asciende desde el suroeste atravesando una zona de cultivos y potreros, dobla al este y va entre pinares.

Sobre las copas de los pinos vemos la cima del Pan, ahora con la imagen del radar que la corona. Una corriente de aire proveniente del nordeste surge apretada entre las montañas del Pan y de Cajálbana, y obliga a empujar e inclinar un tanto el cuerpo hacia delante para avanzar.

Entre el zumbido del viento y el chirriar estridente de las chicharras en los troncos de los pinos, Mireyo nos habla de un área de autoconsumo de la forestal allí, en El Cayo. Tomamos agua en la poceta abierta por el chorro que sale de la alcantarilla en las crecidas del arroyo del Muerto, afluente del río Las Vueltas. ¡Es agua refrescante y sabrosa de las cañadas en los pinares! aun con limo verde ondulante, entre cantos de tonalidades oscuras y cientos de caracolitos negros.

Al fin Sagua

Por la carretera Hilario va comiendo frutitos de guasimilla. Llegamos a San Juan de Sagua a las 2:45… ¿Qué le dará ese sabor especial a este lugar y su nombre? ¿La belleza y variedad de los paisajes que lo rodean? ¿La majestuosidad del Guajaibón? ¿el aire cargado de olor a monte? ¿cierta sensación de lo antiguo? ¿o el ritmo de “san-juan, sa-gua, y el agua de Sagua?… Debe ser todo junto al mezclarse en nuestros sentidos y percepción.

Desde el puente sobre el río Las Vueltas observamos su poco caudal y las líneas estratificadas plegadas en su lecho de rocas. Dejamos la carretera y bajamos al batey de Sagua. Hay un gentío comprando en la bodega y el consultorio médico vacío, blanco y verde, bonito.

En el portal del comedor obrero de la EMA, soltamos las mochilas y nos tiramos en el piso a descansar los pies adoloridos, tras veintidós kilómetros –medidos en la hoja cartográfica 1: 50 000, donde no se cuentan las mil vueltas que se dan en el terreno, ni lo que se sube ni lo que se baja.

Mientras nuestro leal guía buscó y contactó con Felipe Martínez Alfaro guardabosque y compañero suyo, que nos acompañará en lo adelante, porque Mireyo tiene que regresar, al Mameyal. Todo el grupo, uno por uno se despidió de él, agradecidos.

También por gestión de Mireyo llegó Ada, Cocinera de la E.M.A. en San Juan de Sagua. Delgada de 34 años con hijo de 16, activa y tratable. Nos preparó un almuerzo riquísimo: arroz, coditos con jamonada y queso y yuca que trajo Felipe. Almuerzo reparador, y después el estimulante mejunje de Hilario Carmenate con pimienta cimarrona, cáscara de cuajaní, jengibre, hojas de naranja, toronjil de España y caña santa.

Así llegamos a San Juan de Sagua buscábamos la huella de quienes nos precedieron, aun el día no terminaba y sorpresas faltaban por llegar en este camino por la ruta del pasado.

Login with your Social Account

Mantente Informado, Suscríbete

Semanario CUBA SUBTERRANEA