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Datos interesantes de cueva La Mina

Su entrada es una gran dolina de corrosión y desplome que crea un farallón de más de tres metros de altura, a través de una pendiente inclinada. Tiene un desarrollo lineal de 165 m, con 911 m cuadrados. En su interior hay un gours de 10 m de largo y 4 m de ancho, que llega alcanzar, hasta un metro de profundidad, ubicado al suroeste de la dolina, con agua permanente.

En la pared norte de la entrada se observa una pictografía aborigen, bastante cubierta de carbonato de calcio. Enrique Alonso e Hilario Carmenate definieron que son dos motivos que cubren unos 0.20X0.30 m, consistentes en círculos concéntricos uno de ellos.

El otro en una enigmática figura circular con algunas líneas en sentido radial. Ambas hechas en color negro de 1 cm de ancho. En la cueva aparecieron evidencias aborígenes: piedras molederas, majadores, percutores líticos, restos de conchas marinas y terrestres, así como algunos fragmentos de huesos humanos.  

Al sur de la dolina y junto a su entrada observamos indicios de lo que pudo ser un gran montículo residual, destruido para ser usado como relleno de veredas y hornos de carbón. Fue reportado científicamente por Hilario Carmenate y Enrique Alonso en 1970 y se le atribuye pertenecer a la etapa preagroalfarera de la historia.

Cueva de La Campana

Luego de un almuerzo frugal, se recoge el campamento para partir. Antes, se decide echar un vistazo a una espelunca que se encuentra al norte de la vereda de La Mina. Posee varias pequeñas entradas o claraboyas. A través de ellas se desciende en caída libre, alrededor de unos siete metros.

Raudel, Hilario Carmenate Rodríguez, el Tropa y Oney, descienden a la cavidad. Es una cueva freática; aún, no se le ha desplomado el techo. La bautizamos como cueva La Campana. Posee en el salón principal forma acampanada, con un par de claraboyas en su extremo sur, separadas entre sí por un tabique calcáreo, que crea un efecto de luz, bueno para hacer fotografías, lo cual aprovechó Raudel.

La cueva está desaguada hasta la sección sur. Pudo ser explorada hasta otra pequeña claraboya cuyo suelo está inundada, hasta ahí llegó la exploración por falta de equipos adecuados. En el interior del lago se encontraron dos botellas bien conservadas, pertenecientes al período neocolonial.

Mudos testigos, como escribiera el historiador Ramiro Guerra, de una etapa triste para la región de Guanahacabibes. ¿Cuánto de historia esconden esas dos piezas, hoy arqueológicas? ¿cómo llegaron a este sitio tan inaccesible? ¿fueron de alguien que se ocultó en la cavidad por un crimen, un robo o la rebeldía ante el maltrato de los capataces?

Quizá solo acompañaron el triste andar del hachero y carbonero que inundaron, literalmente, esta comarca, para enfrentar las más duras condiciones humanas y poder llevar el mísero alimento a su casa. Quizás no lo sepamos nunca, pero algo sí es cierto, el ser humano transitó por encima o por el interior de esta espelunca y se llevó su historia a la tumba.

El tiempo de exploración se alargó más de lo pensado y decidimos quedarnos en cueva La Mina y explorar hasta la costa en el resto de la tarde.

Ensenada de La Mina

Tomamos el camino sobre suelos rojos, con un carso semidesnudo, nos conduce por sobre el diente de perro modelado por el paso de rastras y el andar de hombres y bestias, a lo largo de extensa historia.

La vereda de La Mina, va paralela a su igual de Los Yayales, hasta un punto en que se bifurca la nuestra al sur. A ambos lados del camino observamos sitios de dolinas, cuevas, casimbas y otras. Una gran cantidad de cangrejos nos sale al paso.

Es el cangrejo rojo, algunos dicen que es dañino al ingerirlos. Hilario Carmenate exponen que es un manjar exquisito. En una expedición de pintores, consumieron tanta cantidad, que casi todos tuvieron que ser ingresados por días y sometidos a sueros y otros tratamientos por la intoxicación masiva que les produjo.

A cada paso se siente el salitre, indicador indiscutible de la costa cercana. A poco más de un kilómetro aparece el azul del mar, precedido de un carso desnudo. Es el farallón en contacto directo con el mar.

En su porción superior una estrecha franja de arena de playa, donde se desarrolla el camellón de tormenta, con palmas (Trinax sp.), uva caleta, así como incienso de costa, boniato costero… que tienen una perfecta adaptación y resistencia al salitre.

El encuentro con este espacio lo relató después en sus memorias el más intrépido de la expedición: Oney, quien escribió en su diario:

Para un espeleólogo en formación sería como estar en un paraíso, donde no me percataba de lo que vendría poco después de los momentos que vivía, yo dividí el viaje en dos partes en esta segunda llegamos a la costa, la vista cambió, teníamos ante nuestros ojos el paisaje que muchas veces vimos en fotos, películas o en la imaginación, abriendo los sueños y los deseos de estar algún día en tales lugares.

Farallones de siete a diez metros de altura, con rompientes, grandes contrastes de colores en el fondo marino, abundantes en peces y el permitir, tal escenario que la vista se prolongara al infinito en el horizonte.

Una ensenada, La Mina, al igual que la cueva y la vereda. La majestuosidad del espectáculo nos dejó estupefacto a todos. Por sobre mi cabeza vuela en el aire Oney demostrando un clavado de olímpicos.

Llamo a la prudencia, pero fueron imparables: Hilario Carmenate le seguía en un escalón inferior, y así todos los hombres fueron entrando al agua, mientras unos pescadores fortuitos, hacían los cuentos a las muchachas, de las personas desnucadas al lanzarse desde esa altura.

El azul del cielo, apenas con nubes, el agua se confundía con la espuma de las furiosas olas al estrellarse en los rompientes costeros, creando un espectáculo sin igual. Espectáculo impresionante.

Caía la tarde y la prudencia llamaba al campamento. Nos vamos retirando, cuando uno de los oficiales del puesto de guardafronteras, de recorrido conversa con nosotros y muestra su alegría de que hayamos ingresado al monte. Con él acordamos vernos al otro día en su campamento.

Todos juntos, alegres, regresamos a la cueva de La Mina, donde ya estaba la espaguetada hecha por Boligán. Luego de un baño con el agua de la cueva, nos sentamos a comer y hacer cuentos de los acontecimientos del día.

A las 10 pm el campamento estaba a oscuras, el silencio era roto por el concierto de los animales del bosque y el batir de las ramas. Era una noche fresca con brisa marina muy placentera.

A mis recuerdos llegan los primeros viajes al monte en mi San José natal y como soñaba con ser un gran explorador, hoy al paso de los años y con el cansancio que tengo, la idea fue bonita. Bienaventurados los que lo son. Artemisa pesar de los dos días transcurridos todavía seguimos en cueva La Mina.

De Cuba Pasaje de la Naturaleza.

Guanahacabibes XXIII