SORPRESA EN EL CAMINO

Ruta al sol

El sol declinaba hacia el oeste. Teníamos deseos de quedarnos a estudiar Los Yayales. Pero se decidió reanudar el camino en busca del encuentro con el grupo de Raudel en el campamento Los Cocos.

Se avanza en dirección este. Una vereda amplia sirve de ruta, sembrada de árboles forestales: ocujes, majaguas y caobas a ambos lados. Se observan pequeños ranchos temporales y tierra roja dentro del carso semidesnudo-desnudo.

Los limpios han sido recientemente labrados. Los campesinos que viven más afuera del monte, siguen cultivando algunos espacios de la región. El grupo arriba a una vereda central, que llega hasta Manuel Lazo.

Nuestra dirección es contraria, hacia el sur buscando el mar. Comienza una odisea. La vereda está perdida en el monte. Todas las rutas que tomamos terminan en abandonados sitios de carboneros.

Tantos plantes para hacer carbón han hecho un efecto nocivo en el bosque. Desaparecieron todas las especies del bosque semideciduo mesófilo y solo ha sobrevivido un árbol, el humo o guayabito.

El humo (Pithecellobium lentiscifolium C. Wright.): es abundante, perteneciente a la familia de las Mimosáceas. De mediano tamaño, tortuoso y con espinas; hojas compuestas por foliolos muy pequeños, al igual que sus flores; su fruto es alargado, siendo una legumbre larga y delgada.

La corteza de este árbol es lisa, gris verdosa y muy parecida a la del guayabo.

Se desprende con facilidad en grandes tiras. La madera es amarillo-dorado con viso aterciopelado. Es muy resistente y se utiliza para postes de cercas.

Esta especie ha colonizado este territorio porque: desprende al ser quemado, un humo tóxico para el hombre, que produce abundante lagrimeo. Incluso sirve para espantar grandes plagas de jejenes y mosquitos en verano. El carbonero local ha popularizado una expresión: “dar un humazo”.

Al cerrársenos el camino siempre retornábamos sobre nuestros pasos hasta encontrar otra vereda. Una de ellas se cerró en el mismo punto donde se abre la boca de una claraboya de una gran cueva. Resultó ser la cueva del Queso. Su exploración preliminar indicaba que ese sería el objetivo del siguiente día.

Las sombras del atardecer anunciaban la caída de la tarde. Se dejó inconclusa la exploración para intentar llegar a la costa, rumbo a Los Cocos. Marcamos franco sur y cuchillos en mano comenzamos a despejar un espinoso bosque de breñal costero sobre roca caliza desnuda. Al final el enmarañado bosque de guano de costa. Salimos en un punto de la costa con farallón. Reynier se destacó por ir creando sus famosos morteros.

Ya con el sol casi tocando el mar en el horizonte caminamos sobre un hermoso paisaje marino de acantilados y dunas, con desarrollado camellón de tormenta y sobre el farallón los conocidos huracanolitos. Descritos por Antonio Núñez Jiménez, son grandes bloques, hasta más de 20 m de alturas, arrojados sobre las costas.

Hilario Carmenate, como si fuera un lindo parque para niños, comienza a correr sobre el diente de perro, hasta la costa, poco antes de llegar cae de bruces, para alarma de todos, pero hace una seña de que no ha pasado nada, todos se calman. Al llamarlo, de nuevo viene corriendo.

Su pantalón está manchado de sangre en la parte inferior del pie y es sólo ahí, que se da cuenta que ha recibido un gran piquete en el pie. De inmediato se le aplica un torniquete para evitar que continúe brotando la sangre. Rápido nos dirigimos al campamento de Los Cocos, distante aún, alrededor de un kilómetro.

La llegada del grupo de exploradores, despejó las preocupaciones de los restantes miembros del Staff. Muy contentos invitan a todos a darse un chapuzón en la ensenada de Los Cocos o de Los Yayales. Antes socorremos a Hilario. Mario el Alemán saca su experiencia y botiquín de primeros auxilios para socorrerlo.

La ensenada de Los Yayales o Los Cocos es un gran entrante en la roca, como si fuera cortada a pico, a través de suave pendiente se permite llegar hasta el mar; para bañarse es necesario descender unos 25 m.

Una bonita poza, con langostas bajo una piedra, con agua calida, por los rayos solares, da la sensación de ser una bañera persona, solo es necesario entrar con zapatos para evitar el contacto directo con los erizos que pululan en su fondo.

El batir incesante del oleaje, crea un intercambio natural de agua con esta piscina que hace aún más placentero el baño puesto que también sirve como hidromasaje al bañista.

Todos disfrutan del Mar Caribe y sacan una conclusión, entre el infierno y el paraíso solo hay un pequeño espacio Guanahacabibes que siempre nos depara sorpresas en el camino.

De Cuba Pasaje a la Naturaleza

Guanahacabibes XXVI