TOMÁS, EL GUAJIRO DEL CAÑÓN DEL SANTA CRUZ

El área que bordea el cañón del río Santa Cruz es un sitio muy natural e intrincado, donde los escasos rayos de sol se mezclan con el agua transparente y andariega, y donde se localiza la casa de Tomás, el ángel de los espeleólogos de occidente.

Las piedras del río lucen  resbaladizas, las vistas, bellas e interesantes, el oído se deleita con el trinar de las aves volando entre el verde esmeralda de la vegetación.

Donde el río ha excavado la sierra del Rosario, las rocas se proyectan tan imponentes que hasta se puede leer su estratificación. Los bloques presentan ranuras profundas en diagonal, como si cayeran de un solo lado, lo que aprovechan las plantas más aventureras para germinar casi flotando en el aire.

Los verdes ceibones, las palmáceas y los helechos dan allí prueba de esta resistencia a la ley de gravedad y a las crecidas del río.

Tomás García, el ángel de la guarda de los espeleólogos que se adentran en la aventura de atravesar el cañón del río, nos recibe una y otra vez con  la misma sobrada alegría y una dosis  bien alta de cortesía.

Enseguida ofrece todo su espacio y un café caliente, sus ojos brillan al ver personas de raro aspecto y grandes mochilas.

Recuerdo la primera vez que llegué a su casa, hace más de 10 años. Éramos 9 expedicionarios cansados, con la ropa mojada, las mochilas que se sentían mucho más pesadas, en época de lluvias, de noche  y después de haber atravesado todo el cañón, durante todo el día.

Cuando ya no pensábamos encontrar la casa, subiendo una pequeña elevación, sentimos el ladrido de los perros criollos de Tomás. Aquello fue como sentir los acordes de una bella canción.

Luego de 1 año regresamos con nuestro hijo Diego, cuando apenas contaba con 5 meses de nacido. Su primer puré de malangas lo comió allí. Y parecía casi nieto de aquel bondadoso campesino, pues tienen ambos los ojos del mismo color azul claro.

A pesar de que aquel fin de semana fue intensamente frío y lo pasamos cambiando pañales en vez de explorar cuevas y caminar por el río, fue un gran placer la visita, acompañar a este hombre tan especial que siempre te regala su compañía y espacio sin límites.

Justo 5 años después regresamos, como lo haremos siempre que podamos escaparnos de la agitación de la ciudad. Esta vez sus primeras palabras fueron: “no hay día que yo no hable de ustedes y de Diego, hasta ahora nadie ha roto su record de venir hasta aquí con 5 meses de nacido”.

Claro que esta vez Diego realmente disfrutó más el lugar, sobre todo cuando nos sorprendió el amanecer. En el espacio intramontano, la neblina cubrió por mucho tiempo las lomas aledañas mostrándonos un entorno sin igual.

Cuando los rayos del sol colorearon primero algunas de las cimas y luego irrumpieron en la niebla, nos parecía un sitio de fantasía por los contrastes tan bellos revelados ante nuestros ojos. 

Diego se hizo amigo de su camada de perros perdigueros, ayudó en la recogida de leña, persiguió a las gallinas y a pesar de ser diciembre, se bañó en las frías aguas del río Santa Cruz.

Compartimos con él la cena del 24 de diciembre, y celebramos al ritmo de una agradable conversación, pues siempre coinciden varios espeleólogos que deciden acompañar a Tomás en su cumpleaños. 

Tomás es uno de los tantos campesinos que acogen y ayudan a los espeleólogos en sus exploraciones y descubrimientos. Cariñosamente se les llama guajimapas, pues gracias a ellos se han descubierto muchas de las espeluncas que hoy conocemos y exploramos. Eso sí, casi nunca entran, por un sinfín de historias que se tejen a su alrededor.

Pero luego, cuando salimos enfangados, cansados y hambrientos y retornamos a casa del campesino, ahí nos está esperando con un plato desbordado de yuca o malanga con grasita de puerco por encima y una colada de café, que nos hacen revivir nuevamente.

¡Qué sería de los espeleólogos sin los campesinos! Por eso, que llegue hoy un Felicidades bien grande para ellos en la celebración de su día.