TORMENTAS Y HURACANES DESDE LOS INICIOS DE LA HISTORIA EN CUBA

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Pedro Luis Hernández Pérez

Pedro Luis Hernández Pérez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

Los términos modernos que se le dan a los ciclones, tormentas y huracanes, tienen una voz general con que lo conocían nuestros aborígenes: «juracán«.  

La existencia de ese término lingüístico antiguo, arahuaco, se sustenta en una experiencia de conocer ese fenómeno desde hace más de 6000 años de historia precolombina. Ello indudablemente les aportó a generaciones de los primeros habitantes del Archipiélago cubano, elementos que le permitieron entender las señales que enviaba el cielo y cuya experiencia oral, debió pasar de generación en generación.

De curandero en curandero de behique en behique, de jefe de tribu a otro, de anciano a anciano. Es un tiempo muy largo de convivencia de aquellos hombres y mujeres que estuvo marcado cada cierto periodo de tiempo, estable, por fenómenos que muchas veces se achacaban a la furia de los dioses y castigos divinos.

Algunas piezas arqueológicas decoradas y símbolos dibujados o rallados en las paredes de las cuevas han sido interpretadas por los científicos como elementos expresivos de los juracanes.

Un ejemplo de cómo los aborígenes entendían la presencia de fuertes tormentas y huracanes y de cómo sobrevivir a ellas la describe Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien, en su viaje a la conquista de La Florida, como tesorero, junto al gobernador Pánfilo de Narváez, narra lo que le ocurrió cuando estaba anclado con 2 barcos en el puerto de Casilda de Trinidad, en espera de abastecer sus naves:

 […] A una hora después de yo salido la mar comenzó a venir muy brava, y el norte fue tan recio que ni los bateles osaron salir a tierra, ni pudieron dar en ninguna manera con los navíos al través por ser el viento por la proa; de suerte que con muy gran trabajo, con dos tiempos contrarios y mucha agua que hacía, estuvieron aquel día y el domingo hasta la noche.

A estar hora el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto, que no menos tormenta había en el pueblo que en la mar, porque todas las casas y iglesias se cayeron, y era necesario que anduviésemos siete u ocho hombres abrazados unos con otros para podernos amparar que el viento no nos llevase; y andando entre los árboles, no menos temor teníamos de ellos que de las casas, porque como ellos también caían, no nos matasen debajo.

En esta tempestad y peligro anduvimos toda la noche, sin hallar parte ni lugar donde media hora pudiésemos estar seguros. Andando en esto, oímos toda la noche, especialmente desde el medio de ella, mucho estruendo y grande ruido de voces, y gran sonido de cascabeles y de flautas y tamborinos y otros instrumentos, que duraron hasta la mañana, que la tormenta cesó

Daños ocasionados por el Huracán Isaías a finales de julio en Baracoa, al oriente de Cuba. Foto: Rubén Ajá/Facebook/Archivo.

Se le debe a Cristóbal Colón la primera descripción que aparece en su Diario de Navegación los días 19 y 21 de mayo de 1494. Aun siendo muy escueta, al compararse con el testimonio del cronista Pedro Martyr de Anglería.

Los efectos descritos no dejan lugar a duda de su magnitud, porque arrancó de cuajo grandes árboles y estuvo acompañado de penetraciones marinas. Ese tipo de ciclón es clasificado como extemporáneo, al ocurrir con antelación al 1 de junio, fecha en que da comienzo la temporada.

Pero ese mismo año, en el mes de septiembre, Colón volvió a enfrentar los rigores del clima del archipiélago, que no por esperado, dada la experiencia adquirida, según narra el cronista Herrera. Quien escribió:

Vieron un pez grande como ballena. Traía en el pescuezo una concha grande como una tortuga, que es poco menos que adarga. La cabeza que tenía fuera era casi como una pipa o bota. La cola, como de atún y muy crecida. Y con dos alas muy grandes en los costados. Por la muestra de este pez y por otras señales del cielo, conoció el Almirante que el tiempo quería hacer mudanza y procuró de entrarse en una isleta […]

Retomando el accidentado viaje a la Florida, se observa que en otras tres ocasiones por el sur de Vueltabajo fue azotado por tormentas del sur, una de ellas da a conocer como en fecha tan entrada en el siglo XVI

El piloto que de nuevo habíamos tomado metió los navíos por los bajíos que dicen de Canarreo, de manera que otro día dimos en seco, y así estuvimos quince días, tocando muchas veces las quillas de los navíos en seco, al cabo de los cuales, una tormenta del Sur metió tanta agua en los bajíos, que pudimos salir, aunque no sin mucho peligro. Partimos de aquí y llegados a Guaniguanico, nos tomó otra tormenta, que estuvimos a tiempo de perdernos. A cabo de Corrientes tuvimos otra, donde estuvimos tres días; pasados éstos […]

En tal sentido Pánfilo de Narváez volvió a pasar el día 19 de febrero de 1528 por la hacienda Guaniguanico, buscó refugio ante dicha tormenta local del sur, luego de su sufrido navegar por la costa de Cuba, en su expedición en la conquista de la Florida.

Otro punto de la región de Vueltabajo tocada por esta expedición fue Cabo Corrientes, en su bahía se refugió tres días de otro huracán, al parecer entre el 23-24 del propio mes, dichos expedicionarios doblaron Cabo de San Antonio, recorrieron la costa norte hasta unos 40 km del puerto de la Habana, para girar hacia la Florida, a la cual arribaron el 11 de abril del propio año:

[…] Partimos de aquí y llegados a Guaniguanico, nos tomó otra tormenta, que estuvimos a tiempo de perdernos. A cabo de Corrientes tuvimos otra, donde estuvimos tres días; pasados éstos, doblamos el cabo de Sant Antón, y anduvimos con tiempo contrario hasta llegar a doce leguas de la Habana; y estando otro día para entrar en ella […]. 

Estos datos dan idea de cómo las tormentas y huracanes desde los inicios de la historia en Cuba, han marcado la vida de los cubanos y de sus viajeros.

Habitantes de La Habana caminan por una calle inundada tras el paso del huracán Irma.
Efe

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