TRAS LAS HUELLAS DE ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ

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Pedro Luis Hernández Pérez

Pedro Luis Hernández Pérez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

¿Cómo comenzó todo?        

Recuerdo las lecturas de infancia en mi pueblo natal de San José de las Lajas, libros como 20, 40 y Medio Siglo Explorando a Cuba me revelaron un mundo desconocido, lejano, inaccesible por entonces.

Las descripciones del Dr. Antonio Núñez Jiménez me transportaban en sueños a una realidad de aventuras. Como muchacho pueblerino, hice mis ídolos a partir de los testigos de los hechos reseñados en las diferentes obras.

Núñez se elevaba por encima de todos, muy cubano y real, entre tantos viajeros y exploradores internacionales que llenan páginas de revistas y libros con sus exploraciones y aventuras.

Marché de su mano por regiones lejanas: Caguanes, el Pico Cuba, el Turquino, Potrerillo, El Toa, el Puente natural del río Bitirí, Mayarí, Cubitas, Sumidero, Guanahacabibes. Todos espacios naturales, convertidos, por la letra bien escrita, en escenarios ideales, embrujados, lejanos, los cuales contribuyeron al deseo de ser como él y algún día conocerlos.

Ese objetivo supremo me marcó de por vida. Así llegue al Pan de Guajaibón, elevada cumbre con insondables espeluncas, huesos de indios y cimarrones, presentación de montaña mágica-real.

La vida quiso, en plena idealización, fuera a vivir a Pinar del Río; era la oportunidad esperada y no la desaproveché, para entre otras expediciones, ascender al coloso y penetrar en sus secretos naturales y su extensa geografía.

En varias ocasiones visité Mil Cumbres y cada día al pie del macizo se me reproducía la imagen del explorador-escritor, quien se agigantaba invitándome a seguirlo. Un día Hilario Carmenate y otros amigos, me invitaron a reeditar el cincuenta Aniversario del segundo viaje de Núñez Jiménez a la cumbre del Pan.

En 1943 cuatro jóvenes amantes de la naturaleza realizaron una excursión de 120 kilómetros, desde el pueblo de Viñales pasaron por La Palma, llegaron a San Juan de Sagua y subieron a la cumbre del Pan de Guajaibón, de regreso vinieron por los paisajes de Mil Cumbres a la Hoyada de la Catalina y de ahí por el camino de Las Yeguas hasta

San Diego de los Baños, lugar a donde llegaron, famélicos, con los pies lacerados, pero orgullosos de su aventura.

Aquel joven alquizareño, fundador de la Sociedad Espeleológica de Cuba en 1940, falleció en La Habana el 13 de septiembre de 1998. Con barba blanca de 75 años, aun exploraba cuevas y escalaba montañas, investigando siempre, y cuando caminaba el mundo, con él marchaba Cuba.

En el 50 aniversario de aquella expedición, el Comité Espeleológico Provincial de Pinar del Río se propuso repetir dicha hazaña. Entre los días 24 al 27 de septiembre de 1993, realizamos el recorrido, no solo rendíamos homenaje de recordación a quienes abrieron el camino, sino también, a la naturaleza y a los seres humanos que la habitan.

Diez fueron los participantes de dos grupos espeleológicos el Guaniguanico y Cimarrones: Hilario Carmenate, Orlando Sotolongo, Alexis Vega, Enrique Gort, Ernesto Suárez, Alain Sánchez, Pedro Valdés y Carlos López y quien esto escribe.

Rumbo al Pan de Guajaibón (viernes 24)

El tramo de Viñales a La Palma se decidió no realizarlo por ser una zona conocida y transitada. Así que al amanecer del 24 un camión nos dejó al grupo en la cima de loma la Yaya, hasta donde llegan las últimas casas del pueblo de La Palma.

En esa cumbre se estableció el puesto de mando de las tropas del lugar teniente general Antonio Maceo durante el combate de La Palma en la guerra de Independencia de 1895. El lucero de la mañana estaría marcando las 6:00 a.m., cuando el grupo entusiasta de nueve jóvenes, mochila al hombro emprendieron la marcha.

A dos kilómetros del pueblo, en el Mameyal, la carretera de La Palma a San Andrés entronca con la carretera de montaña a Mil Cumbres. El entronque está bordeado por las casas de la Cooperativa de Producción Agropecuaria Vladimir Ilich Lenin.

Es un batey donde se combinan casas de madera y guano con las de mampostería y placa, a la derecha del camino el círculo social y el Consultorio del Médico de la Familia modulo dos plantas pintadas de blanco. Típico de las viviendas locales, como en todos los campos de Cuba, son los jardines donde abundan las matas de marpacífico y rosas de diferentes tipos.

Aquí se encontraron los jóvenes con Hilario Carmenate y José María González Murguía (Mireyo), guardabosque que sería guía hasta San Juan de Sagua. Abrazos y expresiones de alegría, rompen la rutina de los campesinos, obreros y maestros que se levantan al aclarar para aprovechar los primeros camiones y tractores que transitan, pues la falta de combustible ha interrumpido el ómnibus (guaguas) de transporte público.

Definido con el guía el trayecto a seguir, reemprendimos la marcha con rumbo este, dejando atrás el batey en su despertar. Sobrepasamos la loma los Frijoles y bajamos la del Sitio, al norte se levanta un solitario mogote que llaman de Felipe, nombre de antiguo dueño de estas tierras Felipe Díaz. ¿Tiene cuevas?; -pregunta enseguida algún espeleólogo — Sí, hay dos, probablemente arqueológicas—. respondió Hilario y, quedó pendiente una exploración de él y Mireyo con Lino Lemus (Yeyo), conocedor de la zona y vecino del Sitio.

Pasamos frente al caserío de la Cooperativa de Producción Agropecuaria. Miguel Betancourt: casitas iguales a las anteriores. Al camino llegan las sintonías de radios y la música de una grabadora (reproductora); es raro un techo sin antena de televisión.

En la puerta de un aula de preescolar la joven maestra está en la puerta, varias cabecitas en las ventanas miran pasar a los intrusos, devuelven adioses con sus manitas. Una escogida de tabaco da empleo a las mujeres que viven en los alrededores, quienes procesan el tabaco que siembran sus esposos y familiares o amigos, todos vecinos en total unidad. A Ambos lados de la carretera ondulantes, de poste a poste, los tendidos eléctricos y telefónicos.

A las nueve de la mañana cruzamos el puente del río Maniguas, donde los exploradores del 43 se bañaron y almorzaron. Núñez Jiménez describe la triste escena de campesinos cruzando el río con un enfermo en camilla de sacos, a pie hacia el pueblo… Por suerte, escenas como esas son solo el mal recuerdo de tiempos pasados, contados por abuelos de la región.

La granja Forestal y agropecuaria abarca tierras de, El Sitio, Caimito y Sagua. Espacios fértiles aun sin la necesaria y posible eficiencia agrícola. Una puerta corrediza con un venado y un tocororo pintados, señalan la entrada a las oficinas de la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y la Fauna Mil Cumbres.

Nos detenemos por diez minutos, las camisas ya sudadas, el calor comienza a elevarse. En una pared, rotulado en letras grandes: “Los flojos respeten, los grandes adelante” –frase martiana-. En la pequeña cafetería que tiene la empresa tomamos cocimiento de caña santa.

No pudimos tomar el camino antiguo de Pino Solo, porque la presa Héroes de La Palma, cubre un tramo del mismo; hay que seguir la carretera un buen trecho, dando un rodeo por el este.

Cruzamos otro puente sobre un arroyo que bordea por el sureste otro mogotito aislado. Ya vamos saboreando las guayabas silvestres o cotorreras agridulces, pero buenas al paladar que crecen a orillas de la carretera. Al sur el bosque corona la sierra de Mil Cumbres, con potreros y reses a media falda y más abajo tierras aradas.

Si se presta atención al canto de las aves se pueden escuchar –y ver- tomeguines del pinar, judíos, arrieros, negritos, sabaneros, chichinguacos, totíes, sinsontes, bijiritas, pitirres, tinguilillos, palomas, cernícalos, zunzunes, bobitos, carpinterosel “falcón” y el ruiseñor cuando la carretera se adentra en los pinares. Al escuchar el concierto de las aves, demuestra ser un área más conservada, más natural.

A las 9:30 a.m. pasamos por loma de Mongo Hernández -o loma del Azufre-, con una altura al nivel de la carretera de 110 metros sobre el nivel medio del mar. En este sitio se hizo un pozo de 149,35 metros y apareció agua sulfurosa, pero contaminada con otros minerales que la hacen nociva a la salud humana. Un hilo de agua mantiene activos algunos charcos que pintan de gris azulado el suelo e invaden el aire con su olor fuerte a huevo clueco.

Una colmena de abejas zumba sobre la carretera, la hilera de cajas a la orilla, y Mireyo comenta que la producción melífera ha bajado por la falta de azúcar que necesitan en estos meses de menor floración. ¡Hasta ellas, tan trabajadoras son dañadas por las carencias del período especial!

Se desciende al norte y se cruza el puente de río Puercos, con su bosque ribereño de pomarrosas, y poco después el del arroyo Corral, donde la presa “enseña el bigote” pues hasta allí llegan sus aguas y nadan tilapias, camarones de agua dulce, quienes bajan por los arroyos desde las montañas circundantes.

Curiosa la decisión de la naturaleza de no criar camarones que bajen por los ríos hacia el sur, excepto, el río Cuyaguateje, donde una trastada geográfica le juega una mala pasada a la natura, ya que desde un inicio el río corre al norte, pero al penetrar en los valles intramontanos toma rumbo oeste y finalmente va al sur ¿tendrá que ver en esto la posible cuenca del río Palmarito, donde suponemos existe un doble cauce?, y es porque los manantiales y cañadas donde nacen están al norte del parteaguas central ¿Qué línea divisoria impide que elijan vivir al sur? ¿Qué condiciones?

Mireyo comentó que en este rio soltaron parejas de peces parchis –que pueden alcanzar hasta setecientas libras-, enviadas por Fidel Castro para su reproducción. A unos cien metros del puente hay un campamento de pioneros exploradores que realizan excursiones por los alrededores de El Burén.

Al norte de la carretera se observan siembras de arroz, en lugares bajos, con bullangueros bandos de totíes; algunos cultivos de viandas, y pequeñas tumbas recién abiertas, como tumores en el bosque.

Son tierras de la Empresa Municipal Agropecuaria (EMA). Al sur las tierras pertenecen al área protegida Mil Cumbres, “que de protegida tiene muy poco” –según expresión de Mireyo. ¡Él nos cuenta de un negrito “el diablo” … un día hizo una caldosa con cuatro pichones de gavilán, ranas y cativos!  -y nos enseñó el pino y la altura hasta donde subió para coger los pichones.

Entre cuentos, cantos de pájaros y guayabas, saneando nuestros pulmones con ese aire puro de los pinares, llegamos a loma la Cuaba a las 10:25 a.m. Sobre el horizonte verde de pinos, todavía a diez kilómetros al este, se nos presenta en azul oscuro la primera vista del Pan de Guajaibón, la mayor cumbre vueltabajera, imagen captada por Alain con su cámara que va de la vanguardia a la retaguardia, de un lado a otro inquieto.

Volvía así la alegría a los cansados rostros de los caminantes, aún no sabían todo lo que faltaba, pero la mayor elevación del occidente de Cuba eleva el espíritu y la moral de la expedición. De esta forma seguíamos tras las huellas de Antonio Núñez Jiménez.

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