UN CERRO A LA VISTA Y UN PUERTO ESCONDIDO

A unos 450 m sobre el nivel del mar, está la elevación más alta del municipio Pinar del Río, el Cerro de Cabras. Este reserva para los exploradores, en la cima, una visión a 360 grados a la redonda y cerca un bello paisaje escondido con nombre de puerto.

Una nueva aventura se imponía a más de 160 km de La Habana, mochila a la espalda como tantas veces y un largo y accidentado camino por recorrer.

La capital del carso cubano

A la provincia de Pinar del Río, se le llama la capital del carso cubano, posee los dos sistemas cavernarios más grande de la isla, Palmarito, y la princesa de las espeluncas cubanas, Santo Tomás,  ambos en Viñales,  también la elevación más alta del Occidente, el Pan de Guajaibón, y el Cerro de Cabras, la más alta del municipio Pinar del Río, entre otros tesoros más. 

A las 9:00 de la mañana salió un camión hasta el km 5 de la carretera de Luis Lazo, pero faltaban 3 km para llegar al 8, donde realmente está la entrada de acceso que lleva hasta el pueblo de El Guayabo.

Por suerte después de un breve descanso, un antiguo ómnibus Girón, recogió a todo el personal que se dirigía al caserío. Al avanzar el transporte cuesta arriba, ya se veía a lo lejos el Cerro de Cabras,  bien empinado y visible por encima del resto del paisaje.

Bajamos frente a las ruinas de una construcción muy antigua; el ancho de sus muros, que aun sostenían parte del techo y los materiales de construcción visibles por los faltantes en el repello, dejaba ver el mampuesto y las piedras, daba la imagen de haber retrocedido 3 siglos en el tiempo.

Después de una breve merienda, quedaban por recorrer 6 km hasta la base de la elevación. El equipo multidisciplinario compuesto por espeleólogos, estudiantes y pedagogos especialistas en  topografía, como rama de la geografía. Mantenían un paso constante, pero  la marcha se detuvo varias veces para analizar qué tipo de roca adornaban los senderos transitados.

La clasificación a vista y el mineral, demostró que geomorfológicamente, caminábamos sobre rocas de origen metamórfico, donde se encuentran los esquistos pizarrosos terrígenos.

Este tipo de actividades compartidas con equipos variados siempre se aprovechan mucho más en conocimiento y  aprendizaje de los espacios visitados, que cuando solo asisten especialistas de la misma rama.

La subida

Ya al pie de la elevación, se veía claro el sendero de ascenso, no era muy empinado y sí matizados con  helechos y culantrillos de pozo. A medida que subíamos, la temperatura se hacía más fresca por el microclima, adecuado para los prehistóricos helechos arborescentes, acompañados de varias especies de pinos.

La cima, asomó muy descampada, cubierta de una hierba verde claro, no muy alta, y algunos arbustos de la conocida guayabita del Pinar; con rocas muy duras  formando una  unidad metamórfica, lo que ayuda a que la erosión a esa altura sea menor.

El cielo se presentaba nublado, pero se avistaba bien a un lado la presa del Guayabo, a otro la ciudad de Pinar del Río y más cercana, la loma de Juana la Pelá, panorámicas fantásticas, un verdadero regalo  para la vista después del esfuerzo entregado en la subida.

En esta cima, hace algunos años, se colocó un busto de José Martí. Hoy solo queda la base con la fecha grabada, rodeada por la hierba.

El descenso y una larga caminata

Después de hacer algunas fotos, y descansar, comenzó el descenso, siempre más fácil y placentero. Aún quedaba un objetivo por conocer, de inigualable belleza según contaban los que estuvieron ahí antes.

La noche la pasaríamos en Puerto Escondido, un lugar ideal para campamento, recorrimos otros senderos, el cauce fósil de un río ya desaparecido, atravesamos un arroyo enmarañado de vegetación, donde ya no existía camino.

La noche nos alcanzó rápido, pero no antes que el cansancio,  había que seguir, amenazaba con llover y solo había un lugar adecuado para acampar.

Hasta que al fin dimos con él. La tropa rápidamente se puso en función de cocinar espaguetis, la comida rápida de los espeleólogos. Nada más nos sentamos a comer y ahí mismo cayó el aguacero que amenazaba desde la tarde.

Concluyó la noche con una botella de vino para algunos y un té para otros, intercambiamos experiencias y cuentos de otras expediciones, hasta que el sueño por fin se impuso.

Amanecer en Puerto Escondido

Lindo fue el amanecer, pues al llegar la noche anterior, nada se podía apreciar de la belleza del sitio. Salimos dispersos a caminar y a hacer fotos a las tranquilas aguas del río El Feo, nada que ver su nombre con la belleza que ostenta.

Un salto de agua de tres metros y una poza transparente y profunda, invitan al baño, nada más de verlos, además de recodos con flores silvestres y rocas coloridas. Todo en completa armonía para brindar al visitante un deleite único a la vista.

Esta belleza natural alberga tocororos, bijiritas, caos, cartacubas, sinsontes, zorzales, ratones de campo, lagartos de río, aves nocturnas y murciélagos, entre otras especies que escasamente se dejan ver.

Después de estar toda la mañana en este paraíso, retomamos el camino de regreso, muy bonito y variado, con guayabales salpicados de frutas muy dulces, limones y unos carteles muy bien ubicados que llamaban al juicio de los humanos sobre no fumar ni encender fogatas para evitar los incendios forestales.  

Justo antes de salir nuevamente a la carretera, atravesamos el río El Rancho,  no tan bello como El Feo, aunque parezca ilógico, pero real. Ahí casi acababa nuestra expedición, y por suerte el transporte nos favoreció en el regreso a casa.

Con el paso de los años regresamos nuevamente a subir el Cerro de Cabras, esta vez con la familia y una bulliciosa escuadra de niños, que alcanzaron la cima mucho antes que los adultos, puro entusiasmo. Todo estaba idéntico para suerte de los nuevos visitantes, que disfrutaron su excursión más de lo que imaginábamos.