UN INOLVIDABLE PAISAJE MARINO, AL SUR DE CUBA

El mar, una corta palabra para un inmenso y extraordinario ecosistema, salpicado de especies valiosas, como los corales, que además de su belleza y colorido hoy nos brindan un recurso sustentable para la medicina ortopédica.

El objetivo principal de la expedición sería monitorear colonias de corales del tipo Porites porites, para su futura extracción, los que serían utilizados en la medicina ortopédica, específicamente para injertos óseos.

Los resultados obtenidos en pacientes necesitados de estas prótesis han sido muy favorables por la porosidad que posee, muy parecida a la de los huesos humanos. Este trabajo forma parte de un macro proyecto que se inició en la zona del golfo de Cazones, en la península de Zapata, Matanzas.

Las colonias localizadas en ese entonces, brindaban por su tamaño y extensión del área poblada, la posibilidad de una extracción controlada. Este tipo de trabajo requiere de permisos especiales, por los valores  naturales de las áreas en que se desarrollan las barreras coralinas.

Las campañas de investigación llevan una larga y minuciosa preparación, para garantizar lo necesario en el trabajo de campo. Cuando se logra armar un buen equipo, el trabajo y la convivencia a bordo se hacen muy agradables y placenteros, como sucedió.  

La zona de trabajo donde se llevó a cabo la expedición, fue el archipiélago de Los Canarreos, al sur de Cuba; fue una larga navegación luego de franquear la entrada de la rada habanera.

La primera escala la hicimos en Puerto Esperanza, lugar que siempre me ha parecido de especial belleza y magnetismo. Era el sitio escogido para hacer noche, como se dice en términos marineros.

La segunda escala la hicimos en la marina Los Morros, Cabo de San Antonio, donde pasamos los próximos dos días debido a una avería sencilla en una de las maquinas del yate Picis, el verdadero protagonista de la odisea que vino después.

Ya listos para retomar la ruta, el mar se mostraba intranquilo, pero nos apremiaba el tiempo. A las 3:00 de la madrugada comenzamos la navegación con rumbo a Batabanó. Atravesar el Cabo de San Antonio y Cabo Corrientes con marejada, continúa siendo una hazaña para buenos marinos.

La travesía fue difícil, el mar todo el tiempo estuvo tempestuoso, pero el capitán supo lidiar por 12 horas seguidas con él, hasta alcanzar el cayo Rabihorcado donde pasamos la noche.

Por fin, después de tanta travesía llegamos al lugar indicado a recoger la lancha auxiliar, la herramienta más importante para el trabajo a desarrollar.

En ese tradicional pueblo de pescadores, Batabanó, pasamos algunos días, debido a otra rotura en las máquinas del yate. Hacía mucho tiempo que no venía al Surgidero. Me pareció realmente grande el embarcadero y bien surtido con diferentes tipos de embarcaciones.

Por primera vez observé de cerca el trabajo de los recolectores de esponjas, y sentí el fuerte hedor que se desprende con la limpieza y secado de éstas, producido por la muerte de los pequeños organismos que viven con ellas.

Después de varios días y de vencer algunos obstáculos, por fin partíamos a la zona de trabajo.

Durante el trayecto atravesamos la pasa cercana a los cayos Aguardiente, rodeada de mangles y zonas muy bajas con arenazos blancos que emergían de las azules aguas: un panorama fantástico. El paso por este pedazo de paraíso, duró unos veinte minutos. Contrastaba la trasparencia del agua en el bajo, con el azul añil de las profundidades.

Del Surgidero de Batabanó a la zona de trabajo, había 80 millas, ésta quedaba muy cerca de Punta del Este, al sur de la Isla de la Juventud. 

Al llegar, lo primero fue tomar muestras del fondo marino y del agua, para realizarle una serie de análisis químicos. Luego comenzó el monitoreo desde la lancha rápida. El equipamiento personal incluía, traje isotérmico, máscara, snorkel, aletas y tablilla para anotar. 

El trabajo consistía en colgarnos de un “patín”: una tabla con forma aerodinámica y asiento, que se asegura a la lancha por medio de un cabo largo, y ser arrastrados por la superficie marina, con la cabeza dentro del agua varias millas por día. Este mecanismo te permite observar con claridad desde la superficie y hacer bajadas de corto tiempo en apnea.

Con esta técnica se recorren largos tramos en poco tiempo, se observa muy bien el entorno marino, se localiza el objetivo sin dificultad y el especialista no se agota nadando largas distancias. Fueron visualizados en los extensos recorridos fondos maravillosos con variedad de especies de increíble belleza y colonias de Porites porites. Anotábamos todos los días cuidadosamente todo lo que veíamos, creando una larga lista.

Durante el trayecto atravesamos la pasa cercana a los cayos Aguardiente, rodeada de mangles y zonas muy bajas con arenazos blancos que emergían de las azules aguas: un panorama fantástico. El paso por este pedazo de paraíso, duró unos veinte minutos. Contrastaba la trasparencia del agua en el bajo, con el azul añil de las profundidades.

Del Surgidero de Batabanó a la zona de trabajo, había 80 millas, ésta quedaba muy cerca de Punta del Este, al sur de la Isla de la Juventud. 

Al llegar, lo primero fue tomar muestras del fondo marino y del agua, para realizarle una serie de análisis químicos. Luego comenzó el monitoreo desde la lancha rápida. El equipamiento personal incluía, traje isotérmico, máscara, snorkel, aletas y tablilla para anotar. 

El trabajo consistía en colgarnos de un “patín”: una tabla con forma aerodinámica y asiento, que se asegura a la lancha por medio de un cabo largo, y ser arrastrados por la superficie marina, con la cabeza dentro del agua varias millas por día. Este mecanismo te permite observar con claridad desde la superficie y hacer bajadas de corto tiempo en apnea.

Con esta técnica se recorren largos tramos en poco tiempo, se observa muy bien el entorno marino, se localiza el objetivo sin dificultad y el especialista no se agota nadando largas distancias. Fueron visualizados en los extensos recorridos fondos maravillosos con variedad de especies de increíble belleza y colonias de Porites porites. Anotábamos todos los días cuidadosamente todo lo que veíamos, creando una larga lista.

Las cabañas de madera se acoplan con armonía a la vegetación. Después de recorrer la playa y las instalaciones, decidimos hacer un poco de snorkel en la barrera coralina, que se muestra abundante y diversa en vida marina. La puesta de sol nos sorprendió en el agua y ya la oscuridad impuso la salida.

Ya solo restaban unos 3 días para el regreso a La Habana. La siguiente noche nos vimos obligados a bajar en Arroyos de Mantua y luego en Santa Lucía, porque el mar no se aquietaba y la distancia era larga.

Han pasado algunos años de esta campaña de monitoreo y aún recuerdo los bellos paisajes marinos, las personas que compartimos esta aventura, la navegación difícil y los detalles de aquellos 20 días de intenso trabajo como si fuera hoy.