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UNA EXPEDICIÓN DEL “CAYO- BARIÉN”

Humberto Vela Rodríguez

Humberto Vela Rodríguez

Miembro Ordinario de la Sociedad Espeleológica de Cuba

Una buena manera de conocer a un colectivo espeleológico es participando en sus campañas, se tendrá así la visión cabal que sólo trasmite un “pateo” en las cuevas o un “vivaqueo” en el monte.

Una buena manera de conocer a un colectivo espeleológico es participando en sus campañas, se tendrá así la visión cabal que sólo trasmite un “pateo” en las cuevas o un “vivaqueo” en el monte.

Quizás por eso alguien, ya instalado en el campamento de Cueva Los Chivos, propuso —y todos aceptaron— que yo escribiera una crónica de aquella expedición, algo que hiciera sentir al lector activo participante, y se incluyera en un número del periódico  “El Explorador” como un elemento conmemorativo más del cumpleaños 30 del grupo. Opuse una sola condición: nada de imposturas ni alardes lisonjeros.

Corría el mes de febrero de 2007 cuando, aun sin haberse sedimentado las euforias de la 67 Reunión Nacional y el II Simposio de Bioespeleología, emprendimos nuestra primera salida del año al sistema cavernario de Cayo Caguanes, tradicional sitio de estudios del grupo junto a Punta Judas y Lomas Las Tasajeras, en el centro norte de Cuba.

Caguanes es pequeño, sólo dos kilómetros cuadrados, pero caminando por él uno puede considerarse casi seguro de estarlo haciendo sobre la bóveda de algunas de sus cuevas. 5 de ellas sobrepasan el kilómetro de extensión  y hay, además, más de cuarenta menores. Antes de 1960 sólo era posible llegar a él por mar, pues lo separa de tierra firme la Ciénaga de Guayaberas, intransitable cenagal cubierto por el mangle de unos tres kilómetros de ancho. En ese año se construyó un terraplén para extraer el guano de murciélagos de la Cueva de Humboldt, la misma donde, por un verdadero milagro, descubrimos en el año 1986 los restos fósiles de un búho gigante extinguido del Género Ornimegalonix, los más completos y mejor conservados hallados hasta la fecha según su autor Oscar Arredondo de La Mata, pues aquel rinconcito, con un inmaculado gours de derrame, donde permanecían semienterrados, había escapado intacto a la acción de los explosivos que rompían los duros pisos estalagmíticos bajo el cual reposaba el  milenario fertilizante.

También aquí nuestro paradigma, Antonio Núñez Jiménez realizó importantes estudios en los murales pictográficos de sus cuevas, exploró y realizó levantamientos topográficos con el resultado de un mapa del cayo, donde aparecen a escala similar todas las espeluncas, y que nos arranca expresiones de asombro cada vez que comprobamos con un sofisticado GPS la exactitud de cada entrada, de cada dolina u otro punto referencial importante.

Temprano fueron llegando los expedicionarios a mi domicilio, devenido con el tiempo centro de contactos entre espeleólogos, casi siempre sazonados con los efluvios etílicos. Aprovecho ahora para describirlos con rápidos brochazos:

Adrián Menéndez. Arqueólogo. 43 años. Carga una sobreviviente mochila rusa donde puede faltar algo pero nunca una cantimplora repleta de alcohol.
Martín Núñez. Espeleólogo. 49 años. Diabético benigno, meteorólogo y licenciado en geografía. Capacitado para producir una perreta pública por cualquier nimiedad.
Ramón Ruiz. Músico. 29 años. Paradójico, puede aparecer para una expedición de completo uniforme espeleológico o en bermudas sandalia y paraguas.
Minerva García. Esposa de Ramón. 20 años. Grácil y vivaracha, bien insertada y útil.
Sandy Rodríguez. Bisoño. 23 años. Con vocación para locomotora entre espinos buscando cuevas.
Javier Pérez. Arqueólogo. 35 años. Utilísimo en todo.
Leonardo León. Bioespeleólogo. 31 años. Acucioso y perseverante.
Tomás M. Rodríguez. Bioespeleólogo. 23 años. Talentoso y precoz, ya con algunos taxones dedicados.
Beatriz Cintrón. Candidata a doctora. 25 años. Esposa de Tomás.
Y yo. Murcielaguero. 61 años. Creído joven pero cargando con el mote de “El Viejo” desde los años 80.

Llegamos a la estación Terminal de mi pueblo, donde hay más televisores que guaguas, y al poco rato abordamos un camión privado hasta Yaguajay, donde fue imposible tomar otro que salió atestado, así que no quedó más alternativa que hacinarnos en un carruaje tirado por un escuálido “jamelgo” rumbo al “punto del amarillo”, donde no había “amarillo”, de modo que sugerí a mis amigos enarbolar al viento un billetito de 10 pesos. Un anciano, que también esperaba, nos advirtió con seriedad que eso allí no funcionaba y que contrariamente si veían el dinero no paraban. El hombre merecía nuestro respeto pero continuamos con la señalada estrategia. Algunos choferes hacían ademanes de brazos que interpretamos de contrariedad, por no ser Mayajigua el punto de destino. Un cañero paró de golpe y su conductor descendió solícito para abrir el pesado portón trasero e ir recibiendo entre estupefacto y feliz los rojizos billetes. Todos contentos —también el anciano— cubrimos los veinte kilómetros. Ahora faltaban ocho más hasta Nela, un viejo central azucarero del que sólo se levanta la enhiesta e inútil chimenea. Allí nos esperaba Lalito, jefe de los custodios del Parque, con un tractor y un trailer para trasladarnos hasta Caguanes. Le entregamos el documento de autorización y partimos.

La máquina corrió el deteriorado camino siguiendo las hundidas carriladas y saltando como un potro salvaje hasta llegar al manglar, cuyas ramas se entrecruzaban por encima, formando un túnel frondoso. Caravanas de cangrejitos huían con pavor y la luz del mediodía rebotaba deslumbrante en las lagunas colmadas de pececillos, que las aves zancudas se apremiaban a capturar, mientras el aire se llenaba con los olores de la prometedora marisma. Caguanes se acercaba, místico y expectante, acelerando el pulso de todos.

De pronto, varió el paisaje. El monótono Rhizophora cambió al versátil bosque sobre calizas y apareció la vivienda de los custodios con su elevada torre de observación. ¡Otra vez estábamos en Caguanes!

Rápidamente nos encaminamos a Cueva Los Chivos por el camino principal. Saltó a la vista un rótulo grabado sobre un rústico tablón: “Sendero las Maravillas de Caguanes”; y más adelante otros: “Playa”; “Cueva de Humboltd” y “Cueva Los Chivos”. Después vendría el indicativo de “Ramos”. Otras cuevas no lo tendrían porque se reservan sólo a los especialistas por sus excepcionales valores naturales: Tres Dolinas, Casco, Grande, Colón, entre otras.

Penetramos a Los Chivos por su entrada principal, una rampa descendente que lleva a un amplio salón con grandes formaciones, iluminado difusamente a través de sus claraboyas, como ocurre en casi toda la galería principal donde es posible andar sin necesidad de recurrir a la iluminación artificial. Así llegamos a la Dolina del Camino para montar el campamento.

Las dolinas son lugares paradisíacos —bien lo saben los espeleólogos—. Salen al exterior en severa competencia por la luz, las ramas de los árboles que arraigan entre las grandes rocas caídas al fondo, y el puntual jagüey descuelga como cortina sus raíces junto a las pétreas paredes, mientras abajo, helechos gráciles y plántulas delicadas acrecientan el sosiego y frescor del lugar, todo envuelto en la amortiguada iluminación tamizada entre el follaje.

A un costado nos instalamos. Se va extrayendo de las gruesas mochilas el equipamiento. Lo de comer se reúne sobre una roca plana, son alimentos que se consumirán fríos, pues los fogones como se sabe atentan contra las cuevas y aquí están estrictamente prohibidos, sólo es permisible un reverbero de alcohol para las infusiones matinales  o alguna tortilla, y se habilita un saco de nailon para depositar hasta el más mínimo desperdicio, el que finalmente se verterá fuera del parque. Se extrae el equipo de trabajo y comienza la labor.

Arropados en holgados overoles y ceñidos por fajas que sostienen las carbureras o armados con las lámparas de leds y cubiertos por los benditos cascos protectores partimos en tres pequeños grupos hacia los objetivos particulares.

El mío lo componen además Leonardo, Minerva y Sandy. Nos dirigimos hacia la Cueva Grande para monitorear la colonia de murciélagos pescadores (Noctilio leporinus mastivus), el mayor de los quirópteros cubanos y el único que se alimenta de pequeños peces que captura en vuelo con sus grades patas. Esta colonia, descubierta y estudiada por Gilberto Silva Taboada, fue considerada la única cavernícola del país hasta 1988 cuando descubrimos una segunda en Punta Judas y más tarde otra en los Mogotes de Jumagua. Desde 1986 hemos realizado estudios en este demo, dilucidando diversos aspectos ecológicos y conductuales (ver revista “Mar y Pesca” nº 272).

Dejamos el sendero principal que lleva hasta la cercana costa y tomamos por un angosto trillo entre malezas hasta llegar enseguida a la entrada principal de la cueva. Penetramos y estamos ya en el Salón del León, así denominado por una figura de piedra que con mucha similitud recuerda a ese felino, continuando después hasta la amplia Dolina del Campamento y el majestuoso Salón del Capitolio. Aquí quedan los amigos y parto sólo hacia el Salón de Los Murciélagos, avanzando con precaución pues el piso se torna resbaladizo y la oscuridad se hace total. Es un gran salón con rebullicio de quirópteros entre los que identifico a Brachyphylla y a Mormoops y donde se abren las siete campanas de disolución que sirven de refugio a “los pescadores”, debajo de las cuales se levantan las charcas de excretas y desperdicios alimentarios con su hedor inconfundible. Me paro debajo de la mayor de ellas y alumbro hacia arriba y lo que veo se traduce en una inmediata alegría. ¡Allí están! Reviso las restantes campanas y calculo hasta cincuenta ejemplares. “¡Bárbaro, volvieron los pescadores!”, articulo en alta voz. Resulta que estos murciélagos habían desaparecido de la cueva desde hacía un par de años y no sabíamos si la causa radicaba en las molestias humanas, en la invasión de esa “fiera” del Género Clarias o de la cruda sequía que padecimos. Antes, cuando empezaron a disminuir, redactamos y entregamos al parque un grupo de medidas: nada de visitas contemplativas, ni iluminaciones excesivas, ni colectas, sólo el esporádico monitoreo visual de una única persona como acababa de efectuar. Regresé hasta donde estaban los otros, comuniqué la buena y rompimos en exclamaciones de euforia que momentáneamente alteraron la quietud de la caverna.

Otro grupito, encabezado por Adrián y compuesto por Ramón, Javier y Martín enfilaron hacia la Cueva de Ramos, descendiendo a ella por la Dolina Central. El objetivo era llegar hasta los murales pictográficos dibujados en las paredes de la cueva, a fin de hacer un análisis minucioso de la posible coincidencia de éstos con la cercanía de fuentes, gours, goteos intensos u otra manifestación hídrica, porque… ¿acaso estos enigmáticos pictogramas no fueron hechos como ofrendas a tan vital elemento, como ocurre en otras culturas aborígenes? Así lo hacían los arawuacos suramericanos de donde provienen los nuestros. Adrián acariciaba esta hipótesis y tenía ya muchos elementos a su favor. Salió sonriente de la caverna exclamando: “Coño… se repite la coincidencia”. Sabía, sin embargo, que faltaba mucho por patear, observar y consultar, más creíase en senda segura y lo acompañaba la fe.

El tercer grupito lo componían dos personas que el destino juntó con acierto: Michel y Betty. Cogieron sus bolsos con los viales, pinzas y preservadores, y se internaron en el bosque. El invierno tocaba su etapa más seca y fresca e invitaba a los muestreos en el exterior. Otra cosa sería cuando llegaran las lluvias y el calor y los mosquitos aconsejaran trabajar al amparo del subsuelo. Ahora, revisan la hojarasca, levantan piedras, descortezan árboles, siempre encontrando algo: una arañita, un escorpión, un coleóptero, un anélido, y mil formas más de vida con colores, tamaños y diseños infinitamente variados. Usan las manos para atrapar algunos; pinzas, pinceles húmedos y aspiradores para otros, que luego introducen en los frascos y matan con pena aplicando el preservador. Comen del maní molido y beben agua de las cantimploras, mientras el tozudo tiempo corre sin que ellos lo perciban, tan abstraídos y embelesados.

Con las primeras sombras de la noche convergen los grupos en el campamento. Se encienden las lámparas recargables y nos sentamos en círculos para comentar lo acontecido. Adrián mira a todos y lanza al aire la esperada contraseña: “¡Bueno quéee …?”, anunciando con ello el descorche de la primera botella de vino. Se preparan las tortillas con atún y queso y fluye la charla que persistirá todavía más tarde lecho a lecho, hasta que el cansancio la sustituya por el aletear de algún murciélago, el canto de las ventorcillas, el goteo de las estalactitas, u otros murmullos ciertos o imaginados en la penumbra del entresueño.

El amanecer llegó pronto metiéndose gradualmente entre la fronda de la dolina. Despierto y observo acostado la irregular bóveda de la cueva tratando de retener el placer de encontrarme allí otra vez. Alguien imita a la perfección el bronco pitazo del camión camagüeyano y otro dispara un estridente “de pie”. Se revuelve el campamento con las cruzadas jaranas, el aseo y la preparación del desayuno.

Hoy es el día señalado para probar en el campo la trampa de arpa construida por Leonardo: Un enredijo de tubos de aluminio y cuerdas de nailon para capturar murciélagos. El ensamblaje de la misma requiere de varias personas, de modo que por eso y por la expectativa del ensayo nos vamos el grueso del personal hacia la Cueva de Colón, donde se instalan grandes colonias de quirópteros. Descendemos a ella por la Dolina del Jagüey y en su fondo comienza la tarea.

El creador original de este medio de colecta fue D. G. Constantine, concebida entonces para capturar vampiros durante una campaña antirrábica en el año 1969. Consistía en un marco de aluminio con cuerda de acero tensada, dando la apariencia de un arpa musical. Los murciélagos chocaban contra las cuerdas y sorprendidos, con las alas abiertas, descendían por ella hasta ser cogidos manualmente. Más tarde, en 1973, Merlin D. Tuttle la perfeccionó adicionando una segunda arpa separada de la primera por unos 10 centímetros, la instalación de una bolsa colectora en su parte inferior y la sustitución del acero por nailon. Los murciélagos ahora podían penetrar por la primera de las arpas pero quedaban retenidos en el espacio entre ambas donde no tenían más alternativa que caer en la bolsa mencionada. Este, justamente, fue el modelo que Leonardo versionó valiéndose de los armazones metálicos de viejos canapés rusos, tornillos, pasadores, prisioneros y cuerdas de nailon, con una pasional y titánica labor de segueta, martillo y amarre.

Ya lista la trampa el problema consistió en su traslado hasta el Salón de Los Majáes, venciendo algunas estrechuras medidas de antemano, pero que exigían verdaderas acrobacias por parte de los cuatro cargadores. Los otros iban detrás, y entre ellos Minerva, que entonaba la marcha fúnebre de Shubert. Llegamos hasta las reducidas arcadas naturales que dividen los salones Majáes y Garrapatas y colocamos allí la trampa. La temperatura había aumentado 12 º C durante el corto trayecto y el sudor nos corría. Indiqué apagar las lámparas y penetré al vasto salón saturado de murciélagos hundiéndome en el blando guano hasta los tobillos y alumbrando los techos para alterarlos y hacer que volaran medrosos hasta la trampa.

Pasado unos instantes regresé. Habían quedado allí los demás para medir el tiempo empleado en la captura y fotografiar el proceso. Observé el interior de la bolsa colectora y pedí a Leonardo cerrarla de inmediato, pues habían muchísimos animales batallando en su interior. Esta fue separada y llevada entre dos a la dolina, mientras el resto quedó disfrutando el espectáculo de los murciélagos embistiendo las arpas e introduciéndose entre ellas para caer después indefensos hasta el lugar donde antes quedaban atrapados. Desarmamos el ingenioso artefacto y retornamos a la dolina.

La bolsa había sido dispuesta para el trabajo de forma tal que evitara la excesiva compactación de los murciélagos. Nos bebimos un buen trago de ron para reanimarnos  y comenzó la tediosa tarea.

Michel y Sandy extraían uno a uno los ejemplares, Minerva me los pasaba para identificarlos y ponerles un anillo enumerado y Leonardo anotaba en su agenda los datos que yo le dictaba. ¿Qué fin perseguía toda esta labor?

Pteronotus quadridens quadridens es una subespecie endémica de Cuba. Cuando llega el período de gestación y crianza uno de los sexos desaparece de su refugio habitual, pero hasta el momento, se desconoce los mecanismos naturales en que operan estas migraciones, incógnitas que desvelaba a Leonardo y había hecho desplegar tanta dedicación y esfuerzo. Eso queríamos conocer.

El tiempo pasaba inadvertido —la captura se elevó a 406 ejemplares— y sólo se escuchaba el parloteo de los datos científicos. De pronto, Sandy exclamó: “¡Contra, verdad que ha sido eficiente este Facundo!”. Nos miramos y comenzamos a reír de buena gana porque el muchacho acababa de bautizar con el más auténtico de los nombres a aquella versión criolla de la trampa de Constantine.

Tarde, entre dos luces, regresamos al campamento. La noche no fue tan eufórica como la anterior y el cansancio nos hizo ir temprano a las camas. Al día siguiente había que madrugar para enfrentar el sortilegio del viaje de regreso.

Finalmente, ya en mi casa, reunidos para el acostumbrado “resumen”, vaso en mano con el licor aparecido, resurgieron las anécdotas bajo el efecto de los tragos y el cansancio benigno producido por las cuevas, felices y agradecidos por tan recompensadora vocación; ya en curso de nuevos planes, bajo la hosca y distante mirada de mi esposa, mascullando por lo bajo.

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Semanario CUBA SUBTERRANEA