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HISTORIAS DE LA ESPELEOLOGÍA EN CAMAGÜEY. (2)

Foto: GEGEM
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Con independencia de las visitas ocasionales realizadas a las cuevas camagüeyanas con anterioridad al siglo XIX, fue a partir del 1800 cuando estas comenzaron a disfrutar de popularidad, más como destino de diversión y curiosidad que como estudio científico. El auge económico de Puerto Príncipe en los inicios de ese siglo levantó ingenios y extendió haciendas ganaderas por las inmediaciones de la Sierra de Cubitas permitiendo ampliar conocimientos sobre el territorio y con ello el de las cuevas más accesibles, por lo que no pocas excursiones campestres visitaron la región.
Hasta ahora el más antiguo autógrafo data de 1812 dejado en la cueva María Teresa. También en la cueva de Antoñuelo, una inscripción en pintura roja nos dice que “La intrepidez en las heroínas Doña Caridad de Quesada y Doña Manuela de Socarrás que con el corazón apartado del espíritu pusilánime bajaron a esta como en otro tiempo lo hizo el hijo de el Ulises en busca de este a los infiernos. Esta hazaña fue ejecutada el día 16 de diciembre de 1837”
En 1844, a solicitud de Don Antonio Pezuela, el notable bibliógrafo español que por esos años reunió datos para su Historia de Puerto Príncipe, el gobernador civil del territorio organizó una comisión para que reuniera apuntes necesarios. Entre los documentos aparecen referencias de los dibujos parietales atribuidas a los indios cubanos.
En 1853, un esclavo de la hacienda el Infierno, propiedad de Don Pedro Rodríguez Socarrás, descubrió una cueva a la que se dio el nombre de El Circo,. Con los años ese nombre se trastocó y devino en El Circulo. En sus inicios a la caverna se le calcularon unos 1 400 metros lineales y fue, hasta la década del 1930, la mayor conocida en el país.
Era Don Pedro, un hombre de luces, hizo varias exploraciones al lugar y levanto mapas y cursó documentos al Ayuntamiento para que El Circo fuera declarada Monumento de la Naturaleza. Finalmente el 19 de agosto del 1870 tuvo lugar el inédito bautizo de esta espelunca, pues ese día, “Bendijo con toda solemnidad esta sublime obra del Creador, el Presbítero Capellán Julio Villanana, siendo padrinos el benemérito descubridor Pedro Antonio Rodríguez y Dolores Domínguez del Risco, a la presencia de una gran concurrencia”. Esta curiosa acta reproducida con pintura roja sobre una gran roca a la entrada de la cueva, se mantuvo en el lugar por muchos años.
Es a partir de la segunda mitad del siglo XIX y debido a la presencia de exploradores y viajeros que hicieron escala en el país y realizaron cortas expediciones científicas, el tema cobró auge a trasvés del desarrollo de la imprenta y el prestigio alcanzado por la Sociedad Económica de Amigos del País, que como lo hizo con el comercio y las artes, impulsó la ciencia.
En 876 el geógrafo e historiador español Miguel Rodríguez Ferrer, quien en varias oportunidades visitó en sus estudios la Sierra de Cubitas, publicó en Madrid una voluminosa obra titulada Naturaleza y Civilización de la grandiosa isla de Cuba, en ella el investigador anotó importantes observaciones geográficas, geológicas y arqueológicas, incursionando además en ramas tan diversas como la Naturaleza, Salud y Economía de nuestro pueblo.
Por esa época, con nuevos aires en la educación abierta a la comprobación y al análisis, obstaculizada hasta entonces por los más rancios apegos de la oscura Edad Media impuesta por el gobierno de España, jóvenes estudiantes del Colegio San Calasancio, importante centro que mantenía en la ciudad de Puerto Príncipe la orden religiosa de los escolapios, así como alumnos del Instituto de Segunda Enseñanza, visitaron cuevas cubiteras para estudiar sobre el terreno geografía y geología del subsuelo.
Con los preparativos para la contienda de 1868 el uso de las cuevas en Camagüey dejó de ser meramente contemplativo. Con el pretexto de paseos y excursiones familiares, numerosos criollos comenzaron a sostener reuniones conspirativas en ellas. La cueva del Indio, por ejemplo, devino en salón de reuniones masónicas presididas por Salvador Cisneros Betancourt, quien en el curso de la guerra fue dos veces presidente de la República de Cuba en armas.
Fue por ese especial aporte que el 10 de abril de 1924, en conmemoración del 55 aniversario de la Asamblea de Guáimaro, la MRL Camagüey coloco en el interior de la espelunca una tarja con la siguiente inscripción: ”A los masones y no masones; los amantes de la Libertad no duermen, y de vez en cuando repiten sus actos precursores de las grandes autoras del 51, el 68 y el 95”
En la mañana del 27 de diciembre de 1868 echó anclas en el pequeño puerto de La Guanaja, en la bahía interior de La Gloria, norte de la provincia de Camagüey, el Galvanic, embarcación que trajo la primera expedición insurrecta llegada a Cuba luego del inicio de la contienda el 10 de octubre de ese mismo año. Al frente del contingente llegó el Mayor General Manuel de Quesada, quien luego de librar alguna escaramuza y rechazar a la tropa española que quiso oponerse al desembarco, envió gran parte del alijo hacia Tibisial, punto inmediato al desfiladero del Indio, en la Sierra de Cubitas. Todas esas armas se dislocaron en el interior de las cuevas del lugar, se abrieron trincheras para su defensa y se monto un cañón de hierro manejado por artilleros expedicionarios.
. En el curso de la contienda el Mayor General Ignacio Agramonte convirtió a Cubitas en segura retaguardia, estableciendo una efectiva red de aseguramiento logístico que permitió sostener la dura campaña en el territorio camagüeyano, utilizando las cuevas como almacenes, fabricas, talleres y hospitales.
De Najasa se hace imprescindible hablar de la cueva de Rosa la Bayamesa, abierta en las alturas del Chorrillo y lugar donde radicó de forma inexpugnable durante toda la guerra por la Independencia, el más famoso hospital insurrecto dirigido por la capitana Rosa Castellanos; este centro hospitalario fue visditado en diferentes oportunidades por Máximo Gómez y Antonio Maceo. No lejos de allí radicó la famosa prefectura de Los Callejones del Infierno, red de desfiladeros que desembocan en la cueva La Puerta del Infierno, en cuyo interior radico un importante taller de talabartería para la confección de monturas, fundas de machetes y revólveres, cananas y polainas, entre otros artículos. En la cueva de Santa Agueda radicó, parece, una panadería y no lejos de ella, en El Perico, una herrería; la cueva de Gaspar Najasa sirvió de campamento a numerosas familias insurrectas.
Hacia el centro del territorio, por Maraguán, no son pocas las espeluncas que guardan el paso insurrecto. De esa zona se relacionan las cuevas La Raíz, La Tumba y la de Díaz, lugares donde se encuentran restos de frascos de medicamentos, casquillos de proyectiles y vasijas de barro.
Hacia la costa resultó celebre la cueva de Nuevas Grandes, amplia gruta abierta en la terraza marina situada junto a la bahía de Nuevas Grandes, punto de desembocadura del río Las Cabreras y lugar seleccionado por los revolucionarios para recibir o expedir correspondencia y personas en un flujo casi regular que se mantuvo con Las Bahamas.
A la conclusión de la guerra de 1868 el interés por el conocimiento de las cuevas no parece haber decaído entre los camagüeyanos a pesar de la desastrosa situación económica y la dispersión social de la población, prueba de ello es que en el 1889 el escolapio catalán, Antonio Perpiñá Máucher , luego de una extensa expedición por nuestro territorio, publicó en España una obra titulada El Camagüey: viaje pintoresco por el interior de Cuba y sus costas
En este libro anecdótico y descriptivo, redactado de forma amena,, Perpiñá, que al parecer fue audaz y aventurero a diferencia de lo que podría suponerse de un sacerdote de la época, dedicó todo el capitulo XV, bajo el titulo de Las Cuevas de Cubitas, a narrar sus aventuras en las diferentes espeluncas visitadas, incluyendo por supuesto el descenso y recorrido por la cueva del Circulo
A Perpiñá debemos los primeros apuntes espeleomorfológicos y espeleométricos de esta monumental cueva, pues con independencia de la detallada descripción que hace, procede a medir con la ayuda de su amigo Don Rodríguez, casi todos sus salones y galerías confeccionando un croquis para que se tuviera idea de sus dimensiones. También levantó un plano con el trayecto del eje central que hoy no se aparta de los mapas contemporáneos.
Otro geógrafo de la época, el padre Pío Galtes, recorrió por esos años esas mismas cuevas, pero presto mayor atención a observaciones paleontológicas. A él se debe precisamente el primer informe realizado sobre el yacimiento de arboles fósiles en la sierra del Chorrillo

Eduardo Labrada Rodríguez

Eduardo Labrada Rodríguez