
MEMORIAS POR CINCO PESOS
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Laura Espinel

Habíamos salido hacia Cinco Pesos en los primeros transportes de aquella mañana de viernes.
Justo a las 10:30 hicimos entrada triunfal en las tierras del cafetal de Julián y Sarita, y encontramos que nuestro huésped principal estaba sin compañía. Nuestra llegada anunciaba no tener que cocinar en todo el fin de semana solo para él; nosotros tomaríamos el mando de la casa, invadiríamos cada rincón de cocina, jardín, suelo e incluso camas bien tendidas.

– Muchacho, pal Rocío tienen que salir tempranito en la mañana, y no pueden ir solos, porque “de segurito” que se van a perder.
Primer presagio
Teníamos varias opciones para aquel fin de semana. El Rocío sonaba de lo más interesante, pasando por Cuajaní en Ojo de Agua, donde encontraríamos la Cueva del Taburete, la Cueva de La Vieja, que está en La Majagua del Viro, en la Vereda Larga y la Cueva del Cuajaní. Aquiles, un campesino del lugar, nos llevaría hasta el Taburete, y si teníamos suerte allí y agarrábamos a Rafael en su cafetal antes de que saliera en la mañana temprano a trabajar en su finca, a lo mejor nos llevaban hasta el Rocío, o al menos, mandaba a su hijo con nosotros… que luego que se meten pal monte no hay diablo que los encuentre….
Segundo presagio
Por otra parte, estaba la “requetebuscadísima” y casi sacra “Cueva de los Alzados”, pero eso era buscar una aguja en un pajar. Y el segundo presagio también anunciaba que podíamos pasarnos horas sin encontrarla. Como había ocurrido en la expedición anterior; búsqueda en la cual, incluso el mismo Ra que tiene una brújula natural entre las cejas y el obturador que ese muchacho donde pone el lente caza un gorrión al vuelo, había regresado defraudado luego de varias horas pateando al monte.
Sin mucha discusión salimos buscando el Brazo de la Cueva a eso de las 2 de la tarde, encontrarlo nos llevó una hora más o menos, luego buscaríamos la cascada famosa de aquella foto, y que todo el grupo soñaba conocer. A lo mejor subíamos al segundo nivel de la cueva para ver un poco lo que nos contaba el mapa de campo, extendido sobre el muro de la terraza de Julián antes de salir. Hacía ya varias expediciones habíamos determinado cartografiar la gran cueva en algún invierno de sequía.

A simple vista se podía notar que el acceso al Brazo de la Cueva era bien difícil, dada la cantidad de sifonaduras.
Tercer presagio
Edu se acercó al borde de una furnia, y al asomarse, la piedra de la que se había agarrado se derritió en sus manos como hielo quebradizo y cayó dos metros rasgándose la muñeca izquierda en una herida que no tocó sus tendones, pero luego necesitó de una costurita para sellarse. Suerte que teníamos un rescatista y un médico en el grupo, conocedores de todo lo concerniente a primeros auxilios… segundos e incluso terceros auxilios, pues hasta masaje sabían dar si alguien se cansaba en extremo.

Y mucho ánimo para que comiéramos caramelos todo el tiempo, y eso de mantener el azúcar circulando por la sangre cuando la fatiga comienza a ser vigilada por la sed y aumenta el pesimismo de los iniciados. ¿Falta mucho?, se oía a menudo la voz de Normita, primera vez entre nosotros… y ahora, pues, según el mapa, deberíamos bordear esta loma por la derecha, hasta el río… silencio, ¿no escuchan el agua correr?… teníamos que haber esperado al Bolo, que se sabe todo esto aquí como la palma de su mano… Oye, ¡no puede ser que en un mes el marabú haya cerrado el camino de las reses hacia el río!, y otra voz…, ¡así mismo, pero mira, ellas siguen pasando por debajo del marabú!… Ahorren luz caballeros que nos cogió la noche… lo sentimos, no hay perritos calientes hasta la carretera… ¡Uf! ¡Y cómo falta pa’ la carretera!.
Cerca de las seis de la tarde habíamos encontrado el río casi seco, y nos sentamos luego de bajar quince metros por lo que en tiempos de lluvia debía ser esa cascada inmensa. Estábamos exhaustos, solo habíamos comido un paquete de galletas de sal como ratones por todo el camino, muchos caramelos que nos mantuvieron sedientos y despiertos; y el fielmente abierto paquete de perros calientes que nos levantó el cuarto presagio de que, sin dudas, nos cogería la noche en el monte.
Todavía no sabíamos cómo regresar, incluso ni encontramos el camino más directo para la casa de Pepe Lucas, adonde ya habíamos llegado antes en alguno de nuestros círculos laberínticos anteriores. Esta vez intentábamos volver para recoger agua potable y emprender el regreso. Si teníamos suerte esta vez y estaba en su casa. Pepe Lucas nos llevaría hasta la carretera, y allí no habría pérdida.
Tras nuestro segundo intento con Pepe Lucas, tuvimos una brillante idea que nos salvó de seguir dando vueltas en círculos, sin luz y casi ciegos por la oscuridad de la reciente noche. Comenzamos todos a silbarles a los perros de Pepe Lucas, la casa no podía estar muy lejos. Con sus ladridos los perros nos ayudarían a encontrar la casa en todo aquel marabú.

Luego de un largo rato de espera en el portal nuestro hombre llegó y nos enteramos que había estado fuera por horas para llevar a su familia a la carretera, pasadizo que recorría nuevamente con nosotros hasta ponernos en el correcto camino, que él conocía con los ojos cerrados, auxiliándose solo con una pequeña linterna que en una visita anterior le habíamos regalado.
En ese camino vi el sapo más grande que he visto en mi vida.
Después de “nueve horas” perdidos de la ruta volvíamos a poner pies en el asfalto, mientras todos nos preguntábamos qué tenía aquel último paquete de perros calientes que nos ponía a cantar tan felices mientras volvíamos a casa de Julián, salvos de pasar una noche a la intemperie con hambre y sin más postre que una barra de maní compartida entre diez perdidos.
Acaso,
¿podemos predecir
la palabra que dirá
el esquizofrénico que delira
o el anciano con demencia?
La una
no tiene más probabilidades
Que la otra
Una y mi mula
2=2 y no hay más silogismo posible.
El punto de partida puede variar en el espacio
Azarosamente
Teóricamente
Incierto
En Caos
El punto de llegada puede distanciarse en el espacio
sin diámetro
sin cuerda
sin divisa
La cola de un gato también nos puede engañar…
- Laura Espinel
- September 1, 2020
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